Una ventana inmensa: Mar Alaffita
Poemas de la autora del libro Transgresiones Divinas y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Poemas de la autora del libro Transgresiones Divinas y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Por Mar Alaffita
Puebla, México, 13 de noviembre de 2025 (Neotraba)
Las parejas abominables tienen criaturas terribles, infancias indómitas que retienen en sus diminutos cuerpos el caos. Nacen carentes de buen semblante: ojitos vidriosos agazapados en sus cuencas; mejillas cenizas de poco abultamiento; cabellos más finos y delicados que las cabezuelas de los dientes de león; pecas que se multiplican como insectos y otorgan a sus carnes translúcidas un ápice de fragilidad.
Destinados al olvido, crecen entre sombras. Siempre cerca de los rincones u ocultos en sus recamaras. Muchos de ellos terminan aborreciendo al sol. Sus cálidos rayos se sienten como tarántulas que irritan la piel al mínimo contacto con sus pelos urticantes. Otros deciden hacer voto de silencio. Cuando se vive arrullado por la nada, lo más conveniente es no hacerla enojar.
Tienen sesiones de juego al anochecer. Puntualmente, las sombras les tiran las cobijas cinco minutos antes de las dos. Por ser tan escuálidos, el frío les sube por las piernas, se les inserta en las espaldas, levantándoles de un salto cuando pasa por sus nucas. En los primeros años de vida, sus visitantes deben ser cuidadosos. Las madres, aunque malas, dejan atiborradas las habitaciones con cruces y tijeras; tapan los espejos con pañoletas y los visten con las prendas al revés.
Con el paso del tiempo, los infantes huyen de esas mañas. Voltean las cruces y cierran las tijeras; se miran frente al espejo, repitiendo tres veces el nombre de alguna aparición; se disfrazan de diablos y brujas; esperan el llamado para ponerse a jugar. Destripan ositos bajo la cama, guardan cadáveres de ratón en los cajones. Apuestan, frente al hombre del sombrero, quien resulta más aterrador. Y se reúnen en círculos con niños fantasma para abrazarse en la oscuridad.
Pero crecer entre monstruos tiene su precio: uno termina pareciéndose a ellos. Ya no tiemblan cuando escuchan pasos, se vuelven el ruido. Ya no lloran a discreción, se vuelven el miedo. Aprenden a andar de puntitas y a desaparecer. Devoran el corazón de sus madres y atraviesan, inocentemente, los ojos de sus padres. Salen del encierro, vagan perdidos y excitados por la novedad de sus travesuras más siniestras. Saltan rayuela a luz de las farolas, hasta toparse y reconocerse entre sí, por los dedos pegajosos y el olor espeso, tibio, de la sangre a medio coagular.
Los cosquilleos sorpresivos son remedio de placer a quien los experimenta. Dejarse absorber por ellos nos navega al clímax de la risa, orillando a las entrañas a luchar por la contención de todo tipo de líquido: saliva, lágrimas, orina. Si bien nos toman desapercibidos, es raro que pongan un semblante taciturno en el rostro. Mas cabe una minúscula posibilidad de ser un pobre diablo y sufrir la mala suerte.
Las infancias, por ejemplo, hacen de este acto un juego. Un puente para generar complicidad con quien ejecuta o recibe.
Se sabe que las capas delicadas que cubren sus huesos confabulan con el asombro aún tibio de habitar el mundo, de modo que los objetos alrededor pueden proporcionar algún tipo de cosquilleo.
El problema comienza cuando de la risa se pasa al llanto. Al sentir que de las carnes brotan arañas e inyectan sus venenosos besos alrededor de la herida, lo que transforma el cuerpo. Los pequeños macabros son más propensos a esta situación. La perpetua estancia en los rincones, hace que las sombras sean culpables de esos cosquilleos.
Con el tiempo, les anidan las manos y los pies. Pasadas tres lunas rasgan la tela translucida y mutan al portador.
Cuando los arácnidos salen, se les posan en los ojos y los ciegan con una pegajosa telilla blanca que aminorar su destreza. Una vez entorpecidos, se escabullen en la oscuridad nasal. Abordan el cerebro y colonizan cada uno de sus surcos.
Los niños araña muerden las extremidades de sus madres. Se sabe bien que sus cuerpos impolutos se sacrifican para ser el primer alimento de sus bebés.
Solo una chispa tuya bastará para calmarme. Mantra de los pirómanos que maldicen la claridad tras las cortinas y veneran el fuego que transmuta la penumbra en calidez.
Nacidos de vientres enfermos y esperma condenado, matan el tiempo en la negrura y desconocen toda relación con el lenguaje de la luz: abrazos de arrullo, consolación de pena, besos fugitivos y compañía.
Son bultos gélidos. Tiritan nanas desconocidas; hacen de los bichos su fuente de calor; rondan pegaditos a la pared para mantener el cuerpo ocupado; roban fósforos de la cocina y descubren por las malas que el calor puede doler.
Un día, todos despiertan con el mismo deseo: abrasar. Una bochornosa muestra de afecto que vuelve a poner frente a los suyos motivos para no dejarlos solos.
Se dice que el voto de silencio es porque a las infancias terribles les ha comido la lengua el ratón. Se quedan patidifusos conspirando juegos perversos tras los ojos, mientras quienes les rodean esperan con impaciencia una señal de interés.
A veces, los parsimoniosos gestos muestran una vitalidad indiferente. Otras, su silencio corrosivo crispa los nervios de los padres. Entre el ser y no ser, cada cual adquiere una destreza para morder la afonía.
La iniciación de este ritual comienza a los dieciocho meses. Cuando el balbuceo no sacude los corazones de las madres: invoca bolas de fuego alrededor de la cuna. Posteriormente, los demonios de debajo del colchón les enseñan a morderse los labios para que las gotitas de sangre coagulada sirvan de sellante.
Al tercer solsticio los krampus celebran Ostara: un sacrificio del habla con tijeras. En adelante, la paz reinará.
Los niños sumergidos en el silencio bailarán enmudecidas danzas con los suyos. Todas las noches deleitarán el sosiego con la nada. Llegado el momento, saldrán a compartir esa bendición a los demás.
En el sexto cumpleaños los demonios develarán el primer par de tijeras. Corte tras corte se acercarán a la ominosa bendición de callar al mundo. Cuando salgan del letargo, correrán donde sus padres y, ante el asombro, cortarán sus lenguas.
El error consentido en el cuerpo, consagra el vientre al abismo. Algunas madres abominables, asediadas por el mal augurio, temen que su karma dudoso contamine la vida de sus infantes.
Infusionan brebajes de ruda y perejil, juegan con las cabezas metálicas de los ganchos para ropa, se tiran bocabajo de las escaleras o esperan el momento justo para rebanarse las entrañas. Deshecho el vestigio, retornan a sus melancólicas vidas a renegar de la posibilidad que deja el placer por multiplicarse.
Por desgracia, no todas poseen la fuerza de sellar el destino de alguien más. Sus putrefactos retoños se enraízan en sus sueños. Cuerpos desdibujados que se transforman en pesadilla. Bestias silenciosas que les devoran el interior mientras duermen.
A algunas las persiguen con tijera, a otras se les cuelgan del cuello con los brazos impregnados de arañas. Las menos afortunadas son abatidas en la hoguera.
Sin importar la ocasión, sus hijos estarán ahí: con una sonrisa en el rostro y un “te perdono” a medio pronunciar.

Mar Alaffita (Veracruz, 1994). Poeta, editora y gestora cultural. Fue premiada por parte de la liga Peace and Love del Circuito Nacional de Poetry Slam en 2020 y reconocida por el Senado de la Republica por su obra y trayectoria artística en 2023. Directora del Festival Nacional de Poesía Joven, Puebla. Participó en la antología de poesía infantil Bestiario (2022). Editó y compiló las antologías poéticas Ruge como Niña vol. I y II (2024, 2025), así como Entre jacarandas y versos. Maratón poético 2025 (2025). Representante de México en el segundo encuentro Wine and Poetry (Chile, 2024). Actualmente coordina el círculo de lectura Amanoche y es Maestra en Estética y Arte. Libros: Transgresiones Divinas (2024).
