Una ventana inmensa: Adrián Martínez
Poemas del autor del libro Le vendí mi alma al demonio del copyright© y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar.

Poemas del autor del libro Le vendí mi alma al demonio del copyright© y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar.

Por Adrián Martínez
León, Guanajuato, 17 de julio de 2025 (Neotraba)
Agujero en la educación básica*
La matemática me enseñó que si dividía entre cero no se acababa el mundo, pero
se acababa la oportunidad. La biología me enseñó que crecer es doloroso, pero es peor crecer y no darse cuenta de que nunca terminas. La física me enseñó a qué velocidad puedo caer desde diez pisos, pero nunca me enseñó a evitar los pensamientos suicidas.
La química me enseñó cómo está compuesto el alcohol, pero nunca cómo me descompondría por dentro. La educación física me enseñó a seguir corriendo, ahora debería mostrarme de quién hacerlo. La historia me enseñó todo lo que no debía olvidar, ahora quiero saber cómo olvidar la mayoría de las cosas.
La cívica me enseñó cómo ser un buen ciudadano, pero se olvidó de enseñarme a ser uno feliz. Y el español me enseñó a leer a los clásicos, pero nunca podrá enseñarme a escribir como ellos.
Le vendí mi alma al demonio del copyright ©
Le vendí mi alma al demonio del copyright. Tiene en su oficina un papel rotulado que vale menos que el título obtenido en la universidad y sirve para menos cosas aún. Se la vendí porque los mesías de creative commons no me hacían creer en que podría pagar mi propia renta. El demonio del copyright tampoco pagará por ello, pero me ofreció quedar registrado para siempre y en este punto me agrada más cualquier oferta que me salve hoy, aunque me condene mañana.
Ya antes había vendido mi alma.
Al demonio de la dieta omnívora, pero más carnívora que otra cosa.
Al demonio de la alt-lit, aunque él pudo haber sido parte de una alucinación con DXT.
Al demonio del borderline, que rompió el contrato cuando yo terminé con ella.
Al demonio del Lumen; me identifiqué con su logo en forma de emoji triste y rojo.
Al demonio del verano, que me ofreció sexo y me dio resfriados.
Al demonio del cinturón de seguridad, que no se llevó mi alma, pero me dejó lisiado.
Al demonio del mezcal, que era un gusano muerto y olvidó volver con el vómito.
Al demonio de la juventud, que me arrancó el pelo porque los veintes son los nuevos treintas.
Al demonio de Ushuaia que, oculto en el hielo, me enseñó el fin del mundo.
Al demonio de la popularidad, que ya había pasado de moda como lo harás tú.
Al demonio de la poesía, que me dijo ahí estaré, pero nunca me dijo cómo era.
Cuando muera y releamos el contrato todos los demonios y yo juntos, se darán cuenta de cuánto los jodí. Los registré a todos a mi nombre y luego los vendí.
Nochebuena
A Nilo Ortega
Es un hábito pensar en quién estará primero en el funeral del otro. Llegué en la caja de una camioneta conducida por un presidiario. En nochebuena con quemaduras por el frío y el campo y la asfixia del aire limpio. “Era inhumano”, dijeron. Dejarte en el campo, en la intemperie. “Lo natural”, dijeron, “es encerrarlo hasta que las raíces lo rompan”.
Es un hábito pensar en los procesos inmediatos a la muerte. La terquedad no es hábito, es innata. Tú habrías preferido noviembre y yo habría preferido adelantarme, jamás habríamos estado de acuerdo en firmar reportes forenses, obviar las causas y buscar notas para asegurar la inocencia de una biblioteca que podría herir al más grande optimista
y admirar los glaciares de polvo deshaciéndose en las memorias coaguladas de lo que fue el banco inagotable de hierro.
“¿Quién lleva el nombre de un río?” Reíamos, y en una noche de -2° C, el Nilo se congeló. Los pies rompiendo hielo y cráneo. “¿Quiere hacerse a un lado? No querrá ensuciarse, nosotros estamos habituados”.
No quiero una hora aproximada, ni el calibre, número de serie. Tengo el hábito de recordar los números.
“¿Está mejor ahora?, ¿está seguro de esto?, ¿podemos hacerle unas cuantas preguntas?
¿qué relación guardaban?, ¿cómo lo conoció?, ¿había advertido sobre esto?, ¿tenía motivos?, ¿cómo es que está tan seguro?, ¿dónde estaba cuando sucedió?, ¿pudo haberlo salvado?”
Es un hábito hacer estas preguntas. No quiero pensar en habituarme a responderlas.
Maniobras limítrofes
Oh, there is a house
A wonderful lover
And what do you care?
Four or five years ago
I wouldn’t believe it
I wouldn’t recieve it
—Sufjan Stevens.
1. Las buenas memorias
En Cuévano hay una casa de espejos rota de la que nadie se hace responsable. Nosotros adoptamos este nombre momificado con las ficciones de otros. Sin un guion; el cariño está en esas cosas que ahora nos hacen diferentes, en los extremos que nos ofrecimos como bestias catatónicas listas para despertar y matarnos frente a una audiencia cervantina (qué enfermos estamos todos todo el tiempo).
Nos encontramos aguardando el impulso correcto; que provoque (aplausos,
o risas, o abucheos, lo que sea, por favor) a la audiencia entre límites personales. Sabemos que en algún rincón nuestro fracaso es motivo de culto.
2. Escalinatas
Aquí en el deslave de los cerros se erosiona la presencia más persistente. Este pueblo es una paleta de colores diseñada para el engaño. En este lugar existe una cascada hecha de todos los impulsos irreprimibles y nos llevará a todos.
Algo va a sobrarnos esta noche, incredulidad, camelias, túneles, predilecciones por los cabellos rubios, observar la vida pasar. La muerte de las cosas sin vida, la tristeza de lo inanimado, la transfiguración y las cosas que solo suceden en la cabeza o en la teoría. Subimos la escalinata en forma de una migraña persistente; la bajamos en fenómenos panópticos.
3. La Atenas de por aquí
La cantina más grande del mundo se apropió a Cervantes para sí misma, para celebrarlo cayendo por la falda de la Mina del Cubo ahogándose con una llave de gas mal cerrada cada año, sin excepción hasta la fecha.
Todos aquí han sido puestos en la cárcel o encarcelados por un puesto burocrático;
arrebatados de sus posesiones o poseídos por sus arrebates, agentes de caos; picados por alacranes y curados por su propio veneno. Alacramyn 3000: una fórmula orgullosamente panza verde.
Atenas reía en la brisa de los callejones más angostos, en una congestión camino al Pípila.
Seguimos acudiendo porque necesitamos la mala fortuna exagerada y dramatizada por los eventos artísticos; vernos desinteresados en los ojos de los estudiantes de artes, diciendo que nunca nada sale bien para los artistas. Lo creímos, pero ahora lo defendemos con piedras en los riñones, como al gato amado que siempre vuelve a casa.
El archivo del edificio central guarda en algún lugar una tesis sobre las relaciones
entre personalidades pasivas-agresivas y limítrofes y sus efectos en la narrativa oculta
de turbulencia Paz-Garro o la correspondencia de friendzone Pizarnik-Cortázar.
Hemos pensado si algún día pasaremos de ser la Atenas para ser la Alejandría.
*De Le vendí mi alma al demonio del copyright© (Suicide Editors, 2015 / reeditado en 2024).
Antes que el SAT nos mate
Al Conta
Dejemos claros tres puntos fundamentales:
1. Este poema goza de una tasa cero.
2. Su buzón tributario exhibe un historial limpio, sin exceder el yo lírico permitido por el RIF.
3. La declaración anual a la que pertenece fue dictaminada, y ahora espera su devolución en ejemplares impresos.
Con esta addenda, volvamos al régimen que nos matará antes de ser uno entra tanta gente dos tres famosilla, que no se ahoga al escuchar la palabra factura.
Rindamos tributo al cover inesperado que la app del SAT nos exige cantar para justificar nuestra existencia, a la e.firma; el niño Jesús que nos obliga a volver una vez al año a sus oficinas, a los datos biométricos que mantienes vivos, pero le pertenecen al estado
Se sabe, que el ISR debería ser ISE: Impuesto Sobre la Existencia. Que al fisco le daría igual cortar el 60% de tu salario que cortarte la cabeza. Se sabe que el SAT odia a todos, a cada uno de los poetas (en esto no es muy diferente al resto de las entidades del mundo).
Que entre los contribuyentes, los poetas contribuyen poco o nada (los ricos en el lobby de la poesía como ocio no cuentan). Que ni siquiera lo intentan, pero viven en la opacidad y la evasión, en las áreas grises que enervan a la Hacienda pública… Hasta que el plaquetteo y los juegos florales no son suficientes.
Se sabe que las agencias creativas son neko-cafés para poetas con deudas o vicios o hambre. Por eso joven, una voz aterra al poeta. Tiene que presentar su RFC y constancia. Y entonces la poesía, sin catalogar, inclasificable, queda dentro del sistema.
La poesía gravable. La poesía que aporta al gasto público de unos cuántos. La poesía resultado del ejercicio anual de sobrevivencia. La poesía que trae consigo una multa a plazos generosos. La poesía que flaquea para no levantar la atención de la UIF. La poesía que está encerrada en una oficina buena-onda. La poesía de 9 a 5. La poesía con timbrado quincenal. La poesía con estado de cuenta. La poesía que necesita morir para liberarse de un círculo asfixiante de servir como materia prima de copy’s y comerciales, de adornar discursos de campaña. La poesía que debería ser trueque, regalo, ocurrencia, no exigencia.
Escuchamos que es difícil encontrar a un buen editor de poesía. Aceptemos que el mejor editor de poesía quizás ni siquiera es un editor sino un buen contador.

Adrián Martínez (León, Guanajuato, 1992). Estudió la Lic. en Cultura y Arte en la Universidad de Guanajuato. Editor de Editorial Montea (2013-2020). Fundador y editor de Sindicato Sentimental (2020-). Ha participado como editor y poeta en ferias y eventos como FeNaL, FIL Zócalo, FIL Monterrey y FIL Guadalajara, Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea, Poesía por Primavera, POEMM, entre otros. Parte de su obra se encuentra en la antología Ballenas en hormigueros: Antología hispanoamericana de minificción (Ojo de pez, 2014). Libros:Le vendí mi alma al demonio del copyright©.
