Talento sin esfuerzo
Son los años '90 y los récord Guinness es uno de los programas más vistos en la TV, pues se proponen curiosas actividades. ¿Alguien obtuvo el récord por leer una novela? Un texto de Juan Rivas

Son los años '90 y los récord Guinness es uno de los programas más vistos en la TV, pues se proponen curiosas actividades. ¿Alguien obtuvo el récord por leer una novela? Un texto de Juan Rivas

Por Juan Rivas
Puebla, México, 30 de julio de 2025 (Neotraba)
“El chico es un natural”
-Lugar común de las películas de vaqueros.
El joven héroe tira al blanco sin haber disparado un arma jamás en su vida.
Cuando era niño no tenía cable. En los noventa todavía se consideraba un lujo. Veía a veces el canal 3, que era la televisión local; es decir, lo más abierto de la tele abierta. En una de esas emisiones pasaron un capítulo del programa de los récords Guinness.
En ese episodio, un tipo obtuvo el récord por dar la patada voladora más alta jamás registrada. El hombre llevaba entrenando desde la infancia. Había conseguido cinturones, trofeos y medallas. Pero en el camino se desgarró músculos, sufrió esguinces, se dislocó huesos. Veintitantos años de trabajo duro que ahora eran recompensados y transmitidos por todo el mundo hasta la televisora local de Puebla, para que lo viera un niño lector de cómics y aficionado a las películas de Van Damme como yo. El hombre era un gran atleta. Yo no.
Traté de replicar la patada y sentí un tirón espantoso que me hizo aceptar adolorido mu lugar frente a la tele. Había que verlo medir el objetivo elevado, desplazarse grácilmente y asestar el soberbio patadón.
Pero en Quamba, Minnesota, alguien más vio esa emisión original. Entre botellas de pop soda y bolsas de frituras, un tal Abner dijo: “¿Siete punto ocho pies? Dos punto cuatro metros. Eso suena fácil”. Entonces se paró frente a la pared, midió junto al marco de la puerta de su casa y, con toda la facilidad del mundo, no sólo igualó sino que superó la marca. Sin mucho problema, ensayó la patada y alcanzó tres metros. Llamó a toda su familia para que lo atestiguaran.
Lo grabaron con una Handycam en H8 y le mandaron el video al buen señor Guinness. Dentro del programa hicieron una especie de reportajes paralelos en los que, mientras se mostraban clips del dolor y el esfuerzo del titular original del récord, pasaban también escenas del nuevo ganador tirando la hueva en la sala de su casa. Era granjero, jugaba Sega Genesis todo el día, tomaba Ginger Ale y había dejado la prepa trunca. Sencillamente, podía patear muy alto sin esfuerzo.
Como si no bastara con el sadismo del cerebro conservado en formol del señor Alec Guinness, los productores del programa organizaron una especie de torneo. El primer detentor del título llegó a defender sus dos metros cuarenta, vestido con su orgulloso traje negro de karateka y sus cintas multicolores en la cintura y la frente. Todo para que luego Abner, el granjero de Quamba, con jeans y una playera, diera tres saltos gráciles y rozara con el dedo pulgar del pie izquierdo los tres metros con siete centímetros, una nueva marca incluso para él.
Yo me pregunto si ese principio podría aplicarse a cualquier disciplina. Si un narrador o un poeta o un pintor pueden ser, como aquel vaquero proverbial del spaghetti western, un talento natural. Talento sin esfuerzo. ¿No es así como se forman los súper villanos en los comics? ¿No son finalmente la ciencia y el conocimiento tan sagrados que, para Eva como para Prometeo, detentarlos sin autorización divina derivó en el castigo eterno? Hay que dedicarle horas nalga, sí. Pero cuidado si este discurso nos presenta la dedicación y la constancia como cualidades intrínsecas al carácter y no supeditadas nuestro entorno socioeconómico.
“Creo en la inspiración, pero la espero frente a mi escritorio ocho horas diarias”, dijo alguien con la existencia resuelta, que no necesitaba dedicar sus mañanas a conseguir para pagar la luz o la renta.
Y cada vez que veo pasar uno tras otro premios y concursos literarios que no gané, me pregunto si será posible que un granjero de Quamba, o algún chavo ingenuo de una colonia popular de Puebla, le robe inesperadamente el primer lugar al tipo que leyó la Ilíada desde el kínder y escribió su primer soneto mientras sus compañeritos afanaban verle los calzones a la maestra. Que lo entrevisten tragándose sus chetos. Que salga diciendo que leía comics, que veía películas de acción y que simplemente diga: “No sé, un día leí la novela que ganó el premio Alec Guiness y pensé: chale, igual yo podría hacerlo mejor.”
