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Puebla, Puebla 4 de octubre de 2025 (Neotraba)

Es hora de empacar. Debo abandonar el hogar que construimos juntos y no puedo evitar sentir dolor al hojear el gran álbum de fotos: el picnic, la noche de luciérnagas, el viaje a la playa, la boda, el coche… Todo está ahí. Había sido creado para recordar los buenos momentos a tu lado, pero ahora, mientras las lágrimas caen sobre tu rostro inmóvil en ese pedazo de papel fotográfico, no puedo evitar preguntarme qué será de tu vida, dónde estarás o qué nuevas aventuras estarás viviendo… sin mí.

Sin embargo, es hora de partir, de soltar lo que duele, de incendiar el prado oscuro de incertidumbre y maldad que dejaste tras desaparecer de mi vida.

Tomo lo importante del viejo baúl, libero a los animales de la granja para que encuentren su propio destino y tiro la ropa vieja junto a los zapatos que adornaban los estantes de roble. Veo tus perfumes, esos que tanto me enamoraban cada mañana después de tu baño caliente, recordando nuestras bromas sobre el agua infernal con la que te cubrías el cuerpo. No puedo evitar sonreír… pero también me deshago de ellos. Nada que sea tuyo puede acompañarme en este nuevo mundo, uno en el que ya no estás y del que ya no quiero recordarte.

Esta es la última vez que estoy frente al amor tan despreciable que me tenías. Frente al café amargo de las noches eternas en las que escribía para ti; frente a las flores que sembraste con tanto ahínco y que Rito, nuestro inquieto perro, destruía cada vez que tenía hambre. Es la última vez que camino por el largo pasillo que conectaba nuestra recámara con la habitación vacía del bebé que nunca llegó a nuestra vida. La última vez que me detengo frente a los ventanales que me obligaste a construir para que pudieras observar los atardeceres sin salir de casa.

Ya es hora de partir y dejar todo lo que me unía a ti.

Salgo de la casa y la observo. No hay duda alguna de que es preciosa: blanca como la pureza de tu alma, grande como la ausencia de tu amor, perfecta como tu piel, vacía como tus palabras. Era la casa de tus sueños, por la que trabajamos juntos y en la que vivimos nuestros mejores años… hasta el día de tu gran abandono.

Ahora esa hermosa casa guardará solo los ecos de las exasperantes risas, los malditos gritos de las peleas interminables, los gemidos de las noches largas, el llanto de la terrible pérdida, los murmullos de las visitas irritantes, el tono dulce de tu voz amorosa y las burlas crueles de la ignorancia. Solo quedará el crujir de madera o un golpe de concreto, un montón de tierra entre miles de montones más.

Nuestro sueño ha terminado. Los días de triunfo se han agotado.

Me cuesta abandonar este lugar, y tal vez se note demasiado. Pero ¿qué caso tiene seguir mintiéndome a mí mismo? Mil veces me dijeron que era mejor morir de amor que morir solo. Dijeron que era mejor humillarse, entregarlo todo y explotar hasta el último átomo del cuerpo amando a una persona. Pero ¿qué hago yo, si ella no está? ¿Morir solo? ¿Morir de amor? Simples preguntas con respuestas simples. Respuestas que la gente interpreta y cambia a su conveniencia. Yo no.

Ya es hora de esfumarse entre las nubes que esconden las astillas de mi corazón roto. De abandonarlo todo… junto contigo.

Enciendo el último cerillo de la casa y, siguiendo las manchas aceitosas del suelo, despierto al fuego en su forma más salvaje. Lo contemplo consumirlo todo, ardiendo y destruyendo el pulso de lo eterno, envolviendo lo último que me queda de ti. Lo último que queda de nosotros. Lo veo arrebatando la historia misma. Ahí, en completo silencio… como si incluso el fuego huyera de mí.


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