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Tijuana. Baja California, 17 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 9 minutos

Un joven de aproximadamente 20 años fue ultimado a tiros en el bulevar 2000, casi a la altura de la calle Las Aguas. El responsable le vació el cargador en la cabeza, dejando el rostro sin oportunidad de ser reconocido.

Una llamada al 911 alertó la presencia del cadáver, aproximadamente a las 22 horas de ayer. El denunciante fue un vecino que escuchó un grito cerca de la escena. De acuerdo con el testigo, al asomarse por la ventana distinguió a una figura de casi dos metros de altura, que se presume era un hombre en situación de calle que vestía harapos.

Se maneja la versión de un asalto, pues cuando los peritos de Semefo levantaron el cuerpo este no tenía pertenencias ni identificación para darle nombre a la víctima. Miembros de la Policía Municipal desplegaron un operativo para dar con el responsable, pero hasta el momento no hay resultados positivos.

*

Tecleas el punto final y algo en el fondo de tu garganta se retuerce. Tenía tu edad, el crimen ocurrió en la colonia donde vives. La conclusión es simple: ese podrías haber sido tú.

Tus compañeros de la redacción hacen chistes en el cuartito de la cafetera mientras tú tienes que leer cómo mataron a alguien con una saña inexplicable. Cada vez que publicas una noticia parecida te invade una culpa de la que no puedes escapar. No incluiste cuál era su color favorito, o qué música le gustaba. No tenías forma de saberlo, y aunque la tuvieras, esos detalles no importan. El qué, cómo, cuándo, dónde, eso es periodismo.

Piensas en un título para la nota. Le das muchas vueltas y te decides por: Asesinan a joven en Las Aguas; lo dejan irreconocible. Funciona, sin embargo, sientes que le falta algo.

*

El flujo del trabajo se calma por un momento, lo suficiente como para buscar en tu mochila la novela que estás leyendo y despejar un poco tu mente. Sacas el tomo de Frankenstein, no terminas de encontrar el separador que indica dónde dejaste la lectura cuando tu jefe, a quien notaste mirando en tu dirección, te llama desde su escritorio.

–¡Víctor! Aviéntate este comunicado. Es de tu rancho, en la Zona Este.

–¿Donde matan gratis? –se burla uno de tus compañeros.

–De seguro siempre ha de andar armado por si le salta un cabrón.

Otro compañero hace la mímica de navajear el suelo para intimidar a un enemigo imaginario. Todos ríen, incluido el jefe. Sonríes como tonto, no celebras la broma pero tampoco la rechazas. Te intimida un poco estar ahí, y sí, andas armado, al menos con un taser. Ellos cubren temas políticos o deportivos, acuden a conferencias, llevan años afilando el colmillo, pero tú aún sigues estudiando la carrera de literatura.

Cuando buscaste empleo, no dudaste en aceptar el puesto que te ofrecieron en el medio El Límite, pues necesitabas un salario urgente ya que tu padre dejó de darte dinero para pagar el transporte público hacia la universidad. Esa fue su forma de demostrarte que debías estudiar informática, como él quiso, y no algo sin futuro. Luego de estos dos años te preguntas si te contrataron porque querían sangre fresca e inocente para encargarse de una sección tan agotadora como la nota roja.

Suspiras, vuelves a guardar el libro y te frotas la nariz, ignorando a tus compañeros y tus pensamientos. Regresas al comunicado, se trata de otro delito. Si hay algún detalle jugoso tendrá su propia publicación, de lo contrario irá en el recuento de ‘Matan a (cierto número) de personas en Tijuana en las últimas horas’. Así es esto, hay que seguir. Se te iría la vida si guardaras un minuto de silencio por cada muerto en México. Redactas el caso de una pareja en Ensenada que violó y mató a una bebé. Editas el texto de un hombre que acribilló a un vendedor ambulante en la garita de San Ysidro. Conforme trabajas te asalta una duda: si alguien te asesina, ¿cómo narrarían tu muerte?

*

Entras a la Agencia Apro en tu computadora y descargas la primicia: Otro periodista asesinado: Fredid Román fue atacado en Chilpancingo; suman 15 en 2022. Te es imposible no pensar en Margarito Martínez, el ex corresponsal y fotógrafo de nota roja de un montón de medios en la ciudad, incluido el tuyo. Nunca se vieron en persona, pero conociste su voz.

–Parejón, esta mañana se movilizaron policías por la presencia de un masculino atacado con arma blanca en la Presa Abelardo L. Rodríguez por lo que al lugar acudieron elementos de Cruz Roja que trasladaron a la víctima al hospital más cercano además de que capturaron a un sospechoso del crimen… ¡POW!

Así eran los audios que mandaba y de los que transcribías los hechos. Siempre le envidiaste su habilidad para lanzar una ocurrencia, alguna broma, un remate al final de cada audio que te robaba una sonrisa, sin importar si el hecho que reportó era un encobijado, una cabeza cercenada o una balacera. Por momentos creíste que se volvió inmune a la violencia, ahora comprendes que su sentido del humor era su manera de enfrentarse a lo atroz.

Casi a diario lo escuchabas, hasta que la tarde del 17 de enero se registró un homicidio en la colonia Camino Verde. Sus colegas le mandaron mensaje para que brincara esquina con las fotos. Ese fue el único caso que Margarito no pudo cubrir, pues el cuerpo baleado era el suyo. ¿Amenazas del narco? ¿Disputas personales? Ninguna respuesta a la incógnita de su homicidio fue suficiente. Las fotografías que tomaba Margarito resultaron ominosas: una cinta amarilla de no cruzar, patrullas, y el cuerpo cubierto por una manta. Un plano general de la tragedia. Su deceso fue retratado por otros de la misma forma en la que él capturaba las escenas, intentando no perder ningún detalle.

¿Esto debería sorprenderte? Al “Gato” Félix Miranda se le acabaron sus nueve vidas cuando una camioneta le cerró el paso mientras se dirigía al Semanario Zeta en los 80s. En los 90s le dispararon a Blancornelas junto a su guardaespaldas. Años después de eso, reportar asesinatos es tan rutinario como dar el pronóstico del clima. Que si Belinda dejó a Nodal, que si Bad Bunny se besó con un hombre, que si Piqué engañó a Shakira. Eso es lo que jala vistas, pero, ¿eso es periodismo?

*

Como siempre te dejan más trabajo del que te toca, eres el último en la oficina. Sales y tomas un taxi de ruta a la 5 y 10. De ahí harás un trasbordo en otro taxi a la periferia, donde vives. Abres Spotify en tu celular. Selena Quintanilla, tu cantante favorita, te acompaña de vuelta a casa. Yo tenía una esperanza en el fondo de mi alma que un día te quedaras tú conmigo.

En el segundo transporte aprovechas para leer, retomas el capítulo en el que el monstruo, amasijo de músculos y piel de pergamino, discute con el protagonista y le pide crear una hembra para sentirse menos solo, pero este lo rechaza. Por más que lo intentas, no logras concentrarte, excepto por un diálogo que se te queda grabado por la fiereza con la que está escrito: Vengaré mis sufrimientos; si no puedo inspirar amor, causaré terror; y principalmente a ti, mi enemigo supremo, porque eres mi creador, te he jurado odio eterno.

Luchas contra el peso de tus párpados y admiras los tonos de lila que ofrece el atardecer. Es como si fuera un regalo para la vista, ya que ese es el color que más te gusta. Ver el cielo provoca que te relajes y accedas a descansar, aunque sea por un rato.

*

–Hey, hasta aquí llego.

Te incorporas volteando en todas las direcciones. Logras reconocer el Oxxo en la esquina y los autos cruzando el bulevar. Le pagas al chofer y te bajas. Idiota, tomaste el taxi que no era, ya ni modo. Queda buen tramo hasta tu casa, no muy lejos está la base de taxis libres, de esos que cobran caro. Barajeas tus opciones, todavía sin despertar completamente. Caminar el resto del viaje retrasaría tu llegada a casa, donde te esperan reproches de tu padre porque no aportas lo suficiente. Total, ya anduviste por este tramo de terracería antes, en horas más profundas de la noche, cuando te ibas de antro en los primeros semestres. A pie es un recorrido de unos veinte minutos, nada del otro mundo.

Llegas al punto en el que se acaba la banqueta y comienza el suelo de tierra. No hay postes de luz, pero aún quedan los faros de los autos que vienen en sentido contrario. Todo lo que está fuera de tus audífonos se escucha como un murmullo. Notas su presencia y te los quitas. Es un hombre alto, al que confundiste con una sombra, el que te cierra el paso. Se queda quieto, expectante.

–Te pregunté si traes la hora.

Lo primero que piensas es que ya valiste, te van a asaltar. Un auto pasa, con su luz alcanzas a reconocer la figura. Los harapos y el cabello largo, negro y grasiento cubren su piel amarilla y abultada por los músculos unidos unos con otros, con sus ojos acuosos que se hunden en las órbitas te mira y sabes quién es: la criatura que creó Frankenstein, el monstruo salido del libro. Tiene que ser mentira.

Antes de que alcances tu taser él ya sacó una pistola. Sueltas una risa histérica. Ahora lo entiendes. Esta es la parte que necesitabas para completar el título de la nota.

Me asesinan en Las Aguas; me dejan irreconocible.

Segundos antes de que jale el gatillo, solo atinas a gritar:

–¡POW!


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