La Barranca no siempre calma, casi siempre, incendia
Ni una nota ha sonado y ya sientes como todo en tu interior se fractura. La Barranca recorre cada una de tus grietas, tienes que contarlo, sin miedo. Una crónica de Clars

Ni una nota ha sonado y ya sientes como todo en tu interior se fractura. La Barranca recorre cada una de tus grietas, tienes que contarlo, sin miedo. Una crónica de Clars

Texto y fotografías por Clars
Monterrey, Nuevo León, 17 de julio de 2025 (Neotraba)
Que nunca vuelen acechando sobre ti estos cuervos
Que se llevan en sus picos nuestros días
Que se llevan en sus garras los recuerdos
Ni una nota ha sonado y ya sientes como todo en tu interior se fractura. La Barranca no siempre calma, casi siempre, incendia. Recorre cada una de tus grietas, tus cicatrices. Todo en el exterior te engulle, tienes que contarlo, sin miedo. El estruendo del mundo allá afuera se te cuela, se filtra sin permiso, se enrosca en esas lánguidas ganas que tienes de seguir. Retumba en lo más hondo de ti como un mal acorde que no se desvanece.
Estás y no estás del todo. Inerte, te diluyes al calor, a la noche, entre risotadas, alaridos y cuerpos. Un bochorno que te produce temor y te asfixia. Monterrey es el infierno que aborreces y amas. Te consume y casi siempre renaces. Casi. No debiste salir, te reclamas. El aire se torna denso, irrespirable, por eso prefieres la insípida constante de cotidianidad a la que no tienes ganas de renunciar a pesar de que te estrangula de manera violenta, te extingue. Ahí donde todo duele, sí, pero a tu ritmo. Afuera, en cambio, las sombras de otros te alcanzan, te raspan, te laceran, no hay protección.
Caminas, son las cantinas, los transeúntes, la hora pico, los más de 35 grados, la sed, mirar el sol caer, el cerro de la Independencia a lo lejos, entre destellos de las farolas que iluminan los callejones angostos y rasposos. Voltear a todas partes al cruzar las calles, cuidarte las espaldas, ser consciente del entorno; te persigue, te pisa, te atrapa. El andar de La Purísima al Pabellón M parece no tener fin. Sudas incesablemente.




Apenas unos restos de luz sostienen tu cuerpo al borde, suspendida sobre el abismo, a las fauces del infierno. Lo que te mueve, de pronto ya no significa nada, y no entiendes de qué forma todo se ha venido abajo. No quieres salir, ni siquiera por la música, por todo lo que has trabajado, eso por lo que has sacrificado tanto. La tristeza se te ha enraizado. Se siente espesa, dolorosa y honda. Llegas con la necesidad de encontrar en su voz un refugio o algo que te recuerde las cosas por las que aferrarte. Eso por lo que empezaste y alguna vez te sostuvo. Fue una crónica de La Barranca, hace dos años, con la que te adentraste a escribir sin miedo, más allá de ti. A contar historias entre multitudes que se entrelazan con la tuya. ¿A dónde se ha ido todo? Te preguntas.
Hace calor, tienes el cabello humedecido, el sudor se desliza por tu rostro, entra en tus ojos, te lastima, arde. Percibes interminables combinaciones de aromas alrededor. Cerveza, el humo del cigarro impregnado sobre sus prendas, lejanas notas de frescor en sus perfumes, algo empalagosos para tu gusto. Recuerdas el Vetiver penetrante de un hombre mayor que se ha sentado junto a ti en el metro de camino al centro. No lo toleras, inhalas hondo con la cabeza hacia arriba, necesitas respirar. Se desplazan de un lado a otro, en repetidas ocasiones cruzan a la barra para saciar su sed, a la espera. Te empujan y procuras no mirarles. No son ellos, es tu angustia. Una mujer acompaña a su esposo, él frente a ti, sobre la valla, ella a tu lado, de cálida fragancia. Desde su lugar, adelante, él busca alcanzar con el zoom de su móvil una fotografía del setlist de la noche, lo consigue, el setlist cambia. Hacer fotos entre los asistentes te pone insegura. No pretendes ser inoportuna.



Entonces ocurre, se alzan, de par en par, los mantos grises que cubren el escenario. Su voz es un fuego incesable. Percibes desde el inicio que quizá no existe consuelo. Al destello de las luces la oscuridad se disuelve. Las siluetas de sus cuerpos sobre el escenario aparecen. Los primeros acordes desgarran el silencio que se aprecia apenas unos leves segundos al verlos. Te limitas a grabar un poco, para la nota, piensas. Recurso audiovisual que llegará al fondo del olvido con el paso del tiempo.
José Manuel Aguilera se erige al frente, con su guitarra, de una elegancia y presencia inconfundible, su voz rasposa se funde de a poco con cada instrumento y marca el inicio de la noche. Al paso de los años conservas el recuerdo de la primera vez que lo escuchaste en vivo. Te parece que su voz proveniente del pasado, pesa, como si trajera encima ecos de otras noches, de otras voces, de ti. Su voz como un puente en el tiempo. Ya no emerge desde una bocina vieja, una radio grabadora descompuesta, el sonido de un disco que se desgasta entre las paredes cansadas de tu casa y tus escombros, retumba frente a ti, tan enigmática como la primera vez. Al fondo, Yann Zaragoza, con una elegancia formidable, sus cabellos rojizos, y una camisa de cuello victoriano que realza su peculiaridad impenetrable, desde los sintetizadores, aporta finas texturas que elevan la experiencia de La Barranca en vivo. Ernick Yoshua en el bajo, con una base sólida en cada una de las pulsaciones de sus cuerdas, consigue brindar un equilibrio en conjunto. Con destreza, una concentración y ejecución magistral, Abraham Méndez, tras la batería, emana una energía contenida pero poderosa al marcar el ritmo de cada pieza. Jorge Chacón complementa la armonía, sus acordes se entrelazan con los de Aguilera, consiguen una atmósfera envolvente, profunda, le brinda a la banda un amplio rango sonoro con su set de pedales y efectos, de manera muy tenue, en ratos, puedes distinguir su guitarra ligeramente por encima de la mezcla general y sientes como se desvanece la inmersión a la que te sometes. Te retorna a la estridencia, persisten las formas de escupirte al exterior, de arrastrarte a la superficie, al mundo, a no olvidarlo siquiera desde el naufragio musical, donde buscas calma, te recluyes.



Se resquebraja la tranquilidad, existen apenas ínfimos refugios fugaces. O quizá, tu calma se trastoca desde la cercanía, y entonces, cualquier desequilibrio, forma parte de la ruta sobre la que eliges naufragar y disolverte. Probablemente solo fue tu tensión arrastrándose, distorsionada, te acercas demasiado, es preciso cambiar las perspectivas, desplazarse.
Resulta imposible, te anclaste con firmeza, casi involuntaria. Poco pronuncian tus labios el mínimo verso de alguna o las muchas canciones que se han adherido a los pliegues del tiempo, a ti, a tu piel. A las tardes bochornosas fregando platos, el inodoro hasta la más recóndita partícula de mugre o el piso encharcado de recuerdos que preferirías no volver a clavarte bajo las plantas de tus pies. Te mantuvo la cadencia de alguna canción y hoy no eres capaz de mover tu cuerpo ante la melodía viva que se expande frente a ti. Por dentro algo revolotea y acelera el pulso, alguna sustancia alterada en tu cerebro se transforma, sonríes, y sientes ganas de llorar. No puedes.




Conforme avanza la noche, las canciones, el sonido, las melodías, cada vibración… te traspasan. Poco más de la mitad del repertorio tardó, por un breve instante, para atravesarte enteramente, medularmente. Tu cuerpo comienza a ceder, tus labios se rinden a las melodías arraigadas en tu memoria. La voz de José Manuel Aguilera te perfora, remueve y deshace amargos recuerdos de un pasado. Algunas lágrimas caen en silencio, mezclándose con tu sudor y el murmullo nocturno de los más de trescientos asistentes. Comienzas a sentirte vulnerable, no ante los demás, ante ti. Quieres ponerte de frente al miedo, avanzar entre las multitudes sin paralizarte, salir y volver a sentir felicidad de la música frente a ti, música viva que despedaza tus emociones para reconstruirlas a lo más alto. Más allá de una pastilla, una simulación, una sensación de vacío, como estar atrapada dentro de un frasco donde una blanca nada te acaricia y te hace creer que la felicidad solo es posible a través de un pequeño comprimido. La calma artificial no puede estar por encima del incandescente estallido de la música.




Quizá no sea el alivio lo que necesitas, tal vez el movimiento, el estruendo, sentir que aún puedes desmoronarte, que eres frágil, y a pesar de ello, seguir.

