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Tijuana, Baja California, 28 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 11 minutos

No saben cuán lejos han llegado. La desesperación los cruje, pero no hay otro camino para encontrar a sus hijas perdidas que pegar carteles con la imagen y descripción de señas particulares. Los perros se unen a la búsqueda, un dálmata y pastor alemán, mascotas de algunas desaparecidas. Algunos padres y madres, en medio de la tristeza, alcanzan a sentir la compañía de los rayos solares, un paréntesis de quietud, una palmada de la naturaleza para decir que en algún lugar sus descendientes están y estarán bien.

Paula, 28 años, cabello rubio, ojos cafés. Delgada, 1.57 cm. Tiene un lunar en la mejilla derecha. Un tatuaje en el hombro que dice Alondra el nombre de su hija adolescente, ella estira el cartel en el poste cuya ubicación desconoce. La abuela le dice con cuidado y reitera que Dios la cuida, aunque por dentro ella misma no tiene la certeza. Si estuviera con ellas irían al parque a recolectar huevos de pascua y después por un pastel a la cafetería de la esquina. Pediría uno de chocolate con nieve de vainilla y un rato después, un café grande. Pasarían la tarde coloreando mandalas y dibujos animados de monstruos con gestos tiernos.

Danna, 40 años. Cabello negro lacio. Mirada oscura. Robusta. 1.65 cm. Su novio observa el cartel pegado en el poste, por un instante desconoce lo que sucede, luego vuelve el lapsus de realidad, duele mucho más que antes. El hombre se arranca a llorar y le lanza un puñetazo al poste, le pregunta al retrato donde estás, y le reclama por qué se ha ido.

El calor de mediodía se estremece. De frío a calor en un santiamén. El sudor atravesando su piel no impide que más familias peregrinen en busca de sus mujeres y que cuelguen anuncios de búsqueda con la fotografía más nítida y reciente.

Perla, 19 años. Ojos rasgados. Cabello castaño rojizo, chino. Su altura sobresale al promedio: 1.75 cm. Delgada. Tiene una perforación en la nariz, un punto plateado que se realizó después de viajar a la India a un encuentro de yoguis en el que presume, volvió a nacer. Tras encontrarse privada de los placeres mundanos y aislarse en rituales de meditación constantes, su percepción de la vida no fue la misma. Hace quince días volvió de su viaje.

*

Ya no cabe en su habitación en penumbras, iluminada solo con velas, pero no se resiste a colocar la cabellera en una de las varias cabezas de maniquí, instaladas en el tocador de madera. Lucila observa su nueva adquisición pelirroja, una obra de arte hecha por la naturaleza, pero también por ella al unir las piezas en una máquina de coser. El resultado, una chica irlandesa. Acaricia los rizos que la inspiran a ponerse un vestido largo de escote cuadrado que serviría de indumentaria para una tarde de té con algún miembro de la realeza al que pretende seducir con miradas inquisitivas y risas que acaparan miradas. A solas comienza a bailar un vals, al son de Tchaikovski, toca su cabellera y se deja llevar por el ritmo pausado de cada nota.

Después imagina que vive en la playa. Mueve esa cabellera que horma con soltura en su cabeza. La mayor parte del tiempo camina en la arena, alejada de la gente, acaparando miradas de vez en cuando por la naturaleza de su hermosura. Puede ser una y miles. Recrearlo le fascina.

Lucila no recuerda cuánto cabello ha acumulado, pero sí el sosiego que le causa ser coleccionista con una clasificación amplia desde: pelo humano, de perro, gato, pelucas, muñecas e incluso extensiones de una sola cortina que abarca mucho volumen. Contemplar todo eso le da la sensación de compañía, de un apego que apenas logra entender y su instinto la lleva a buscar otras esencias, otras yo, un marco para su cara, una personalidad para su biografía, un no sé qué, capaz de completar un rompecabezas con una pieza perdida.

Su colección no permanece quieta. Ella busca y juega. Cuando es rubia de pelo largo y suelto, Poly aparece y sonríe a todo mundo. Acapara toda la atención en la alfombra roja. Se coloca lentes oscuros, evade las luces reflectoras de los reporteros que buscan la exclusiva: el morbo en la anécdota. No quiere dar entrevistas ni hablar de un romance en peligro de extinción con un cantante de rostro tatuado con las iniciales de cada mujer con la que ha tenido sexo. Poly lo extraña, pero sabe que el mejor camino al desamor es la distancia. Se concentra en la promoción de su nueva película.

Poly Poly voltea para acá, acomódate el cabello hacia al frente, así, así. Vamos, otra sonrisa, mira que hermosa.

Lucila al salir de bañarse se mira todos los días hasta el hartazgo. En ciertos días del mes llora y lamenta la realidad de su aspecto. Luego de pesadumbres, encuentra los vellos en crecimiento en su ceja y bigote. Pelos donde no debería haber. Después busca signos de envejecimiento prematuro: se jala la cara, se pellizca formando pliegues, aún nada, si acaso ligeras líneas de expresión en la frente. Luego toca su cabeza, apenas se atreve a prestar atención al desierto de cabellos que enmarcan su rostro, un estilo mucho más corto que el pixie, uno improvisado que no crece ni volviendo a nacer y le provoca un llanto desgarrador, una vergüenza, hasta que recurre al consejo de una compañera en preparatoria: la belleza cuesta. A Lucila le costó dejarla sin vida y poseer su primera peluca humana.

Se hicieron amigas. Lo que más le gustaba era cepillarle el cabello y ver como su tacto le daba forma: lisa, con esencia lavanda. Cada vez que la peinaba, imaginaba como sería lucir esa melena oscura o de qué manera podría obtener esa frescura floral y que sus facciones suavizaran su rostro. Ella estaba condenada a usar pelucas baratas, pashminas o boinas, tenía tan poco cabello que le avergonzaba mostrarlo. Te ves atrevida Lucila, deberías lucirte. En ese momento pensó en lo inconcebible, en lo que no podría nombrar ante nadie, pero había deseado obtener y no sabía cómo. No, no podría, hacerlo, al fin tenía una amistad y no podría dejarla con vida y sin cabello.

Una noche, Lucila pasó la noche en casa de su amiga. Platicaron, escucharon música hasta la medianoche. Dio vueltas en la cama hasta que se levantó, miró su cabello con devoción y pasó sus dedos sobre él, se imaginó con las hebras en su cabeza, sería otra. Ahí comenzó el impulso, besó su frente, le dijo adiós en voz baja y la almohada aplastada en su cara trazaba el final de una historia y el comienzo de otra.

*

Las familias avanzan su recorrido. Bajan el ritmo. Caminar entre calles empedradas, subidas y bajadas resulta agotador y más en agosto, cuando el sol no perdona. Llevan dos horas a pie, se alejaron del centro y las multitudes. Algunos del colectivo de búsqueda toman asiento en la banqueta. No piensan más que en la comodidad de parar un poco y en la tristeza de tener que ser ellos los que se muevan a buscar a sus mujeres.

El dálmata ladra de un modo distinto, como si llorara al mismo tiempo y no se detiene hasta que una señora se acerca a dónde está: un pequeño barranco cerca de un parque. Un grito ensordecedor rompe con la rutina de búsqueda. No puede creer lo que sus ojos miran, desearía que fuera una pesadilla o un mal filme de terror, pero no hay cosa más terrible que la realidad.

En la tierra reposan unas tijeras plateadas, a un lado yace el cuerpo de una mujer rapada, con cabeza perforada por un golpe. Tiene los brazos extendidos, un gesto de duermevela que con la boca ligeramente torcida, rompe con la ilusión de que murió dormida o se quedó aparcada en el enjambre del sueño eterno y a un lado su perro la cuida y coloca sus patas en los hombros como un modo desesperado de despertarla.

Al observarla más a detalle notan que la víctima trae un arete en la nariz y ropa holgada de color blanco.

Es la chica que acababa de volver de la India. Que lamentable terminar sus días así. Ella no se lo merecía, menciona una de las mujeres del grupo.

Lucila escucha el grito del perro con atención, se quita el ornamento de la cabeza con el que jugaba y busca apresurada una de sus pelucas recién adquiridas de una forma tétrica: la castaña. Corre en dirección al grito del dálmata. Se detiene a unos metros de los buscadores. A la distancia, observa a la gente rodeando al cuerpo tirado en el barranco. Por un momento siente el deseo de acercarse victoriosa, como si en su cabeza portara lo que resta de la víctima que ahora le pertenece.

No fue tan difícil, una vez que comenzó a hacerse de cabelleras reales, terminar con la vida de otras resultó ser menos complicado, en especial porque apenas las conocía. A la yogui la vio en un café y su melena le impactó al llegarle a la cintura. Se inscribió a clases de meditación con ella, se hicieron amigas y después la invitó a su casa.

Respira agitada, la traiciona la risa. Se abofetea con fuerza. Pronuncia en voz baja unas frases ininteligibles. Tiene deseos de acercarse, decirles que hasta el último minuto la mujer intentó salvarse de una manera tierna con una verborrea de amor al prójimo, hasta le ofreció un abrazo, pero los navajazos pudieron más y el hurto fue más fácil. No puede sucumbir al deseo de confesión, sabe que si lo hace el juego pudiera llegar a su fin. Ella no quiere que termine, solo que se detenga esa carga de tristeza ajena. Tal vez la única forma de enmendarlo, sea escribiendo una nota.

*

El mejor arrullo para Lucila es la imagen de un cepillo dando un paseo en cualquier cabellera larga, de preferencia lacia, le brindaba quietud la búsqueda de orden en los cabellos, ver como toman forma, cual cascada en el sendero, le relaja. Pocas veces pudo vivirlo mientras su madre le contaba historias y le daba las buenas noches con un beso en la frente.

Esa felicidad duró poco tiempo. Toda su infancia. Fue en un otoño hace ocho años. Ella y su madre dormían en la misma habitación, hasta que un calor abrasador y el aroma del fuego las despertó. Al tratar de salir, el fuego atravesó la cabeza de Lucila. El daño fue tan severo que perdió casi todo su cabello que tuvo que aprender a sustituir con pelucas baratas, gorros y pañoletas que simularan su carencia o recordatorio de esa noche en que perdió lo que más le gustaba de sí misma.

*

Alondra:

Tu mamá se encuentra a la salida del pueblo, a la orilla de la carretera sobre el kilómetro 36.

Lo siento

El colectivo se dirige con prisa a la ubicación escrita en la nota que reposaba sobre el cadáver de la chica yogui. Esta vez el traslado es en caravana, hasta la policía participa, más que como héroes, vienen de observadores casi fuera del asunto, pero ante la prensa son los intermediarios que acercan a familias con sus desaparecidos.

Sobre el pastizal seco, alejada de los carros que con velocidad irrumpen en la carretera, se encuentra el cuerpo de Danna con una nota visible en el bolsillo del pantalón. Su piel es cruce de paso para las hormigas o carroña para los curiosos. No ha pasado tanto tiempo. Aún conserva el tatuaje con el nombre de su hija que al ver a su madre en estado de descomposición se rompe a llorar y golpea en el pecho a uno de los policías que acompañan al colectivo de búsqueda.

¡Su cabello, su cabello se lo han cortado! grita Alondra.

El humo de la taza de chocolate caliente se desvanece. Lucila acerca la bebida a su boca. Calcula que a esta hora encontraron el cuerpo de otra de sus víctimas, a la que recuerda con fervor porque puso resistencia pese a estar herida.

En honor a ella, se coloca la peluca negra que acaba de terminar de coser. Se mira al espejo y no puede evitar mirarse con insistencia. Admite que el negro es su tono favorito y contrasta con su piel, en especial cuando se pinta los labios rojos y siente un arrebato que la impulsa a buscar un pañuelo y colocárselo en la cabeza, como actriz de los años cincuenta, se mira al espejo y sale de la casa.

Lucila conduce a toda velocidad. Enciende la radio y canta No regrets de Edith Piaf. En la guantera busca si lleva hojas de papel y pluma, pero lo que más le urge encontrar son las tijeras.


Marta Alicia González Castro es una escritora, narradora y ensayista mexicana, nacida y radicada en Tijuana, Baja California. Maestra en Apreciación y Creación Literaria, Licenciada en Comunicación. Docente en nivel medio superior y tallerista literaria. Border Women, mujeres al borde, es su primer libro de cuentos. Su obra también ha sido publicada en antologías nacionales e internacionales. Algunas de ellas: Historias mínimas en Dendro Casa Editorial Independiente, Lados B de Nitro Press y Extrañamientos, coordinada por Elma Correa.


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