El Recargón
Evelina Iniesta nos presenta El Recargón, un cuento donde una app pone a Mariposa y Monito en un encuentro en un baño en reparación...

Evelina Iniesta nos presenta El Recargón, un cuento donde una app pone a Mariposa y Monito en un encuentro en un baño en reparación...

Por Evelina Iniesta
Ciudad de México, 2 de septiembre de 2025 (Neotraba)
¡Vaya!, parece que hay alguien cerca de aquí: Monito. Aunque si Rebelde está disponible, prefiero repetir con él. Tuve suerte en encontrarlo en mi primera vez, es un garbanzo de a libra: limpio, cabello bien cortado, ropa cara, muy educado y el resto… ¡delicioso!
Mmmm… ¡ni maiz, paloma! Rebelde hoy no está activo. A ver si ampliando la cobertura lo encuentro… ¡Jajaja! Ya estoy hasta Satélite. Nadie llegaría ni en dos horas hasta Coyoacán. Regreso al sur. Apareció alguien más. ¿Roedor…? No, no me inspira ese nombrecito. Ya sé que aquí todos estamos checados y tatati tatatá, pero mejor no… Monito suena más de fiar. Ahora, a ver qué piensa Monito de Mariposa. ¿Me habré pasado de cursi con el nombrecito? No creo, he visto una Fountain Fairy, una Princesa Grace y, en el otro extremo, una Leila Dinamita y una Big Mamma; tampoco me vi vulgar, como estas dos.
A ver: Monito anda por la Albera Olímpica. De ahí al zócalo de Coyoacán, donde estoy, debe hacer unos quince minutos cuando más. Otros quince para nuestro asunto y estaré libre temprano. Me queda bien. Y si él se está anunciando ahorita, es que tiene tiempo también.
¡Ahí va mi solicitud de contacto! Esta app debería tener una opción para enviar las propuestas de repetir encuentros a usuarios anteriormente contactados. Total, de todos modos, no se sabe nada sobre ellos, claro, si sigues los lineamientos. Quizá pasa como en Uber, que quieren evitar que los usuarios después se arreglen por su cuenta, por fuera de la app. ¡Qué cuates!
¡Ya respondió! Que dónde propongo… ¡Uff! ¡Ya sé! Una compañera de yoga me dijo que en la Casa de la Cultura que queda a tres cuadras a veces se encierran algunos en el bañito del segundo piso para fumar marihuana. Mantienen cerrada la puerta y todos piensan que hay limpieza o que el baño está fuera de servicio y se van a los sanitarios del primer piso. Es temprano. No debe haber gente por ahí ahorita. Digito en la pantalla: “E n el b a ñ o al f o n d o d e l p a s i l l o d e l s e g u n d o p i s o d e l a c a s a d e l a c u l t u r a”.
Recibo su respuesta: “Llego en 10 minutos, voy en bici”. ¡Qué bien! No tendrá que buscar dónde estacionarse. “Traigo puestos una playera de Guns n’ Roses y pantalón de mezclilla”. ¿Guns n’ Roses? ¿Pues cuánto años tiene este cuate?
Casi corriendo, llego antes que Monito. ¡Puf! ¡El baño está en reparación! La puerta está desmontada, a un lado de la entrada. Las losetas que ya retiraron del piso están amontonadas a un lado. Hay una cinta amarilla para impedir el paso. Antes de que pueda pensar qué hacer, siento pasos al inicio del pasillo. Volteo y veo un abdomen crecido debajo de un estampado: una pistola y unas rosas en un fondo color paja.
Su rostro moreno refleja de inmediato su desagrado al ver el tiradero. Pregunta:
–¿Mariposa? –asentí.
–¿Monito? –asintió.
–¿Qué pasa aquí? ¿No sabías de esto?
–¡No!
–¡Pero está en los lineamientos! Debes verificar el lugar antes de confirmar la cita. ¡No lo puedo creer! Bueno, esta casona se ve muy grande, recorramos todo el lugar. ¿O tienes una mejor idea? ¿Hay algo más adecuado por aquí?
–No que yo sepa. Igual, busquemos. Le sugerí que bajáramos, explicándole que hay unas oficinas al fondo del jardín y otra área grande de salones. Encontraríamos algo. Respondió entre dientes:
–Más te vale.
–¿Cómo?
–Es un día muy importante para mí, no sé por qué vine.
–No, pues qué manera tan eficaz de ponerme en el ánimo correcto.
–Bueno, es que yo también estoy encontrando difícil tomar a la ligera tu estupidez. Tengo que estar en una hora en Anzures en una firma de compraventa.
–¿Sabes qué? Si tanta es tu prisa, pues ya vete. Se te está haciendo tarde, ¿no?
–Ya mero… Me hiciste venir y ahora me cumples.
–Pues ni que trabajara de eso…
–Mira, ojalá encontremos un lugar adecuado, terminamos con esto y cada quién a sus asuntos, Ma-ri-po-sa, –añadió, sarcástico.
–De acuerdo, Mo-ni-to, –le devolví en el mismo tono. Y añadí: –Y pensar que el nombrecito me inspiró confianza…
Cruzábamos el amplio jardín hacia una construcción pequeña, dirigiéndonos hacia una hilera de salones frente a unos cobertizos donde se anunciaban los talleres de batik, emplomado y cerámica. Las ventanas de los salones estaban cubiertas con carteles, No se veía al interior, pero no se oía ningún ruido ni ninguna voz. La hilera de salones terminaba en el muro que da a la calle lateral.
–Mmmm… Aquí está bien, mira, no hay clases ahorita y éste es el último salón.
–¿Estás segura?
–¡Sí!
Entramos y volvimos a emparejar la puerta de madera. Monito se bajó los pantalones y me desabrochó la blusa.
–No me descompongas tanto, ¿qué tal si viene alguien?
No hubiera proferido esa invocación. En ese momento, se asomó uno de los trabajadores, en uniforme azul obscuro. Nos gritó:
–¿Qué hacen aquí?
¡Casi me da un infarto! En lo que reaccionamos, el hombre levantó el celular que traía en la mano y hubo un sonido clarito de algunas tomas rápidas.
–¿Qué te pasa?, le gritó Monito, reaccionando con energía.
–¡Así no van a poder negar esto ahorita que los reporte en la coordinación! –dijo el tipo de uniforme. Se giró y empezó a caminar rápidamente.
–Yo me encargo, dijo Monito, quien se había abrochado los pantalones, y salió como bala.
Me arreglé la blusa, me acomodé un poco el pelo y salí. Alcancé a distinguirlos frente al café, al otro extremo del jardín, discutiendo. No sabía qué hacer. Seguía asustada. Me quedé petrificada, observándolos.
La agitación con que hablaban fue bajando. Vi que Monito sacó algo de su bolsillo. Creo que le entregó algún billete al trabajador, quien parecía ahora darle consejos. Me tranquilizó que Monito se hubiera arreglado ya con ese hombre, pero estaba segura de que iba a recalar conmigo. Ya había tenido una muestra de sus reclamos groseros. Esa certidumbre me puso de nuevo en ascuas. En ese momento, abrieron el portón de mi lado del jardín para que entrara una pick-up con un tinaco. Sin pensarlo, aproveché para salir por ahí y corrí hasta mi coche. Mientras arrancaba, me dije a mí misma, sonriendo:
–A este Monito ya se le fue la paloma.
Tuve que reconocer que mi intento de galán supo cómo salir del paso. Ya no había riesgo de que nos reportaran. Y si seguía enojado conmigo, me protegía el anonimato de la aplicación. ¡Maldito Recargón! Se me hace que así te engancha: la primera vez que usas esta app, durante la prueba de cortesía, te muestra sólo contactos bien calificados. De ahí en adelante, te puede tocar cualquier monito.
