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Ciudad de México, 5 de octubre de 2025 (Neotraba)

Nos citamos como era la costumbre de cada año; un día de verano, la misma hora, el mismo lugar. Aquel día al verte, volví a sentir la misma emoción como aquella primera vez. Ya eran 6 años que repetíamos la misma dinámica para no perder la costumbre.

La cita, cerca de la estación del metro Insurgentes; nunca nos habían faltado las muestras de cariño, la esperanza de volver a vernos. En esta ocasión algo invadió mis sentimientos y mis lágrimas empezaron de emanar. Esos primeros minutos nos los olvidaré, fueron palabras sin sonido de mis ojos. Te veía diferente. “Vamos, pasemos”, fue lo primero que escuché de ti, como si el tiempo no hubiese pasado.

Entramos al mismo café, un lugar lleno de colores y espejos, muchos espejos por todos lados eran fieles testigos de nuestras reuniones. Era increíble que aquel lugar con el paso del tiempo podía mantenerse vivo con tantos golpes económicos de cada año, pero ahí seguía, dispuesto a recibirnos y escucharnos.

Nuestras miradas se cruzaron varias veces. Algo raro noté en ti, había algo que no podía descifrar. Me estabas ocultando algo, pero ¿qué era?

Yo estaba feliz de volver a verte y tú estabas triste, no había duda. Tus movimientos, tus manos, tu cara, toda tú te percibía diferente. De la nada comenzaste a llorar, era un llanto entre mezcla de tristeza y dolor, así lo percibí.

Seguía sin entender, estaba perpleja, como si mi mente y mi cuerpo se hubieran desprendido y la cabeza daba vueltas por todo ese rincón sin poder entender lo que pasaba, era extrañamente una sensación ya conocida. “¿Qué tienes?” susurré al tomar tus manos. Me dijiste que te sentías sola en el mundo, que no entendías lo que estabas viviendo, que tu mente estaba lejana a la realidad y te sentías muy mal, que no tenías ganas de vivir.

Separé mis manos de las tuyas y después de un breve silencio te dije: “Te entiendo perfectamente”, fue una respuesta lacónica. Levantaste la mirada y era cruel pero más crueles tus palabras… “me intenté suicidar”. Mi asombro fue el más profundo e increíble que había vivido. Mi cabeza volvió a girar alrededor de ese lugar, desconectando nuevamente mi mente del cuerpo. Tomé mi cara con mis manos y cerré los ojos pensando que ello me haría alejarme de la realidad que estaba viviendo. Eso no podía estar sucediendo, hasta hace un año, era la chica más risueña, la niña más curiosa y ocurrente, la mujer más feliz que caminaba por la vida sin dolor y pesar, que vivía como la hija amada, que se rodeaba de amistades envidiables, ¿en qué momento todo cambio?

No, no, no, gritaba dentro de lo más profundo. Pero regresé a la realidad y con la misma frialdad con la que me soltaste la noticia, yo te pregunté “¿Por qué lo hiciste?”, no me respondías, bajabas la mirada. Te odié, y deseé como nunca no volver a verte, estaba decidida a que ahí acababa nuestra amistad, nuestra cercanía. Realmente me llené de coraje                                   y de tristeza a la vez, no podía creer que dentro de mi había una dualidad emocional muy contrastante: odio y amor. Quería caer del precipicio imaginario en el que me encontraba, pero no, debía mantenerme en pie. Respiré profundo, respeté el tiempo de silencio y tomé espacio para que pudieras hacer lo mismo y poder hablar. “relájate” me repetía a mí misma.

Te dije lo mucho que te amaba y lo que valías para mí. No dejabas de llorar y eso me llenó de rabia y desesperación y levantando la voz te dije “no pensaste en las personas que te queremos, si yo te busco y me dicen que ya no estas, ¿pensaste en lo que yo sentiría? ¿No pensaste en mí?, Y no solo en mí, en la gente que te ama, los que te amamos”. Al escuchar esto tu semblante cambio y bajaste la cabeza sin dejar de llorar. Volvieron los minutos en silencio. Levantaste la mirada. Pasaron tres horas de largos silencios y platica intermitente, y al final solo dijiste “tengo que vivir”.

Nos volvimos a separar “hasta luego amiga, vamos adelante”.

Pasó un año más, el mismo lugar, la misma estación, el mismo café, los mismos espejos. Habían pasado 365 días llenos de historias y mil y un cosas que habían sucedido. Al mirarte lucías radiante, lucías feliz, lucías como nunca, pero en esta ocasión yo estaba deprimida, no triste, ¡deprimida! No entendí como llegué a esa cita si era lo que menos deseaba, pero quizá algo de esperanza estaba oculto en esa reunión. Nos abrazamos como en cada ocasión y mis lágrimas no pararon de fluir y te dije “me quiero morir”, no soltaste mi abrazo como si supieras que eso era lo que necesitaba, las palabras no eran necesarias. Y así pasamos tres largas horas en el mismo café contándote las razones de mi estado, mi mal estado de ánimo. Me dijiste “¿No pensaste en las personas que te queremos, si yo te busco y me dicen que ya no estás?”, “¿pensaste en lo que yo sentiría?” “¿No pensaste en mí?”, “y no solo en mí, en la gente que te ama, los que te amamos”. Mis lágrimas cesaron y nuestro semblante cambio. Dijiste “son las mismas palabras que me dijiste el año pasado que nos vimos, ¿recuerdas?, me las llevé tatuadas en mi ser, ahí estabas para apoyarme, ahora estoy yo para escucharte y apoyarte”.

Traté de decirte algo, pero mi voz se escondió. Agaché la cabeza llena de pena. Estaba frente a la amiga que tenía muchas ganas de vivir. Y nuevamente, después de tres horas de charla y silencios, llego la despedida.

Así cada año, el mismo día, la misma hora, el mismo lugar, me encuentro yo en mi cita con mi propio yo, recordándome lo que debo hacer para vivir, para salir de la depresión, para recobrar la esperanza, para tener compasión de mí misma, para enfrentar la lucha de seis largos años con este malestar. Cada año repitiéndome la misma frase para no lacerar mi cuerpo en espera del final. Aún me queda la esperanza de que uno de esos encuentros no sea el final de mi propia historia.


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