Creo en el género negro como la literatura de la desesperación: Nicolás Ferraro
Óscar Alarcón entrevistó a Nicolás Ferraro sobre su nueva novela El cielo que nos queda, recientemente publicada en México por Nitro Press y la BUAP

Óscar Alarcón entrevistó a Nicolás Ferraro sobre su nueva novela El cielo que nos queda, recientemente publicada en México por Nitro Press y la BUAP

Por Óscar Alarcón (@metaoscar)
Puebla, México, 6 de agosto de 2025 (Neotraba)
“Nicolás Ferraro: el silencioso”, es como titulé la reseña que en 2020 escribí sobre El cielo que nos queda, novela que se publicó en 2019 por la editorial Revólver. Para este 2025 esa novela hiperviolenta se publica en México de la mano de Nitro Press y la Dirección General de Publicaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
Para no re escribir la reseña es que mejor se realizó una entrevista al ganador del Premio Dashiell Hammett por su novela Ámbar, publicada por las mismas editoriales señaladas arriba.
En esta entrevista platicamos sobre El cielo que nos queda y sobre el western, el noir y lo policiaco.

Óscar Alarcón. Con la aparición de El cielo que nos queda en México te puedes dar mejor cuenta de lo que ocurre en el continente en el género noir y policiaco: a partir de ello, ¿consideras que hay temas hegemónicos en América Latina?
Nicolás Ferraro. Creo en el género negro como la literatura de la desesperación y entiendo que toda esa desesperación es más palpable en regiones como la nuestra, como que la herida siempre está más expuesta o que nunca se termina de cerrar del todo. Que se vive con otra urgencia. Acá no abundan las novelas de tipos que quieren dar el último golpe, de bandas superprofesionales, de gente que se quiere agarrar esa montaña de plata e irse a vivir a Italia.
Acá tenés el criminal por desesperación más que por deseo. La violencia termina siendo el lugar donde detona todo eso, donde todo eso se vuelve visible, la discrepancia entre las clases sociales, la corrupción, la justicia y la ley o la ausencia de las mismas. Ese termina siendo un rasgo distintivo. Y de la mano de eso, está situación cotidiana de vivir en el filo –y que eso te desangre– de una, o de manera rutinaria.
Creo que estas son las aristas sobre las que gira el género en América Latina: violencia e inseguridad. Inseguridad no solo de delito, sino sobre qué va a ser el futuro nuestro, qué cambio nos va a dar de lleno el día de mañana. Después el escritor elegirá un miedo y una seguridad, y construirá un relato sobre eso.
ÓA. En Ámbar y Dogo es notoria la preocupación por el uso del lenguaje. Sin embargo, me parece que en Cruz y en El cielo que nos queda, el lenguaje se vuelve un elemento fundamental para entenderlas. ¿Por qué consideras importante dotar del habla nativa a tus personajes y no hacer adaptaciones al habla literaria?
NF. Uno antes que escritor es lector. Me encanta leer a los autores que cuentan su propio lugar con el habla que brota de esa propia tierra, de su propio asfalto. Aunque se me escape alguna que otra palabra, pero entre ese entender o que quede todo claro, hay mucho que está en juego en la literatura.
En ese campo se define parte de que haya un texto vivo o un texto anestesiado. A mí me apasiona ver de qué manera la gente nombra a las cosas, la imaginación a la hora de terminar comunicándonos. Y eso, de alguna manera, la voz narrativa es lo que uno tiene para ofrecer. cómo contar una historia que muchas veces ya fue contada infinidad de veces –y bastante mejor por otros–, pero es la voz que cada uno lleva como autor aquella que le imprime su distinción a la historia. Lo que hace que en cierta manera no parezca algo viejo. Son esos pequeños hallazgos del lenguaje los que me motivan.
ÓA. ¿Consideras que El cielo que nos queda es tu novela más violenta?
NF. No, si bien considero que la violencia, como decía al principio, tiene diferentes niveles y aspectos desde los cuales manifestarse, no solo desde lo físico. También lo mental, lo verbal son aspectos que capaz por ser más subterráneos o poco pirotécnicos pierden fuerza frente a una persona disparándole a otra, destrozándole la cabeza cortesía de una bala calibre 45.
Sí creo que es la novela más desesperanzadora de todas las que he escrito, pero obviamente, esa verdad al final va a ser de cada lector.
Hay gente que me dice que Ámbar les pareció mi novela más violenta, por ejemplo, por todo el abandono familiar que atravesaba la protagonista y en algún punto te das cuenta de que cada novela tiene un lector detrás.
Hay violencia en aquello que es dejado de lado por el sistema, hay violencia en el desempleo cotidiano, en la incertidumbre, hay violencia también en volverse viejo, en ser cada vez más obsoleto.
Pienso en el personaje de Reiser, un viejo ya, en que el cuerpo y sus ganas ya hace rato que vienen desasociados, en el que se cuerpo sea cada vez menos tuyo. En que cada vez seamos menos nosotros y más lo que los otros quieren; que seamos descartables, por edad, por necesidades del capitalismo o de la política de turno. Todo eso es una violencia primitiva, imposible de no tener en cuenta a la ocasión.
Y en lo que se refiere a lo que acostumbramos a llamar violencia, la física, siempre mantengo la misma ética. Sea la violencia que sea debe ser honesta. Uno corre riesgo en edulcorar la violencia, algo de lo que pasa en el western o en el noir de los ’40 o ’50; un balazo a las tripas, el hombre se agarra la panza, se retuerce, rueda por la escalera, y el héroe sonríe. Eso sí no me interesa. Tampoco caer en la pornografía de la violencia, pura amputación gratis.
Me interesa mostrar las consecuencias de la violencia. Lo que realmente sucede si le disparan a alguien, lo que es convivir habiéndole disparado o matado a alguien, cómo duele pegarle a alguien, lo difícil que es desmayar a alguien a trompadas. Todas esas consecuencias espero que estén ahí.
Sé que es fácil quedarse con el primer pantallazo, y sé qué también es difícil para algunos lectores atravesar eso, pero espero que al final haya recompensa, para ambos, poder entendernos de otra manera, aceptando que gran parte de lo que somos envuelve diferentes matices de la violencia.

ÓA. La edición que este año aparece en México de El cielo que nos queda es igual a la edición que publicó Revólver en 2019. A lo largo de la historia de la literatura sabemos de gente que re trabaja sus textos para diferentes ediciones ¿Crees en las re escrituras?
NF. Sí, creo en la reescritura de los textos. Soy de decir que cada novela es hija de un momento particular en la vida de uno, y eso es imborrable.
Claro que hay cosas modificables. Y siempre fui muy abierto a eso, como lo he sido a la hora de haber trabajado tres novelas con Iñigo Amonarriz para Editorial Revólver. Esa mirada de un editor, de una persona que vea el texto de afuera y sepa potenciar lo que hacés bien, y limitar lo que uno hace mal o tiene más dificultades. Cuando se dio la oportunidad de publicar tanto Cruz como Ámbar en Estados Unidos, las editoras me fueron sugiriendo algunas ideas para potenciar el texto, o cosas que le interesaba que explorara, cosas que en el momento de gestación de la novela hubiera incorporado sin dudar, pequeños detalles claro, una escena con una página más, detenerme un momento en tal capítulo para lograr otro impacto o presentar un personaje con más contundencia. Es una negociación, siempre. En donde no ceder porque creés que funciona mejor así, y saber escuchar qué puede potenciar la historia.
Lo importante es no traicionar el espíritu original ni a uno mismo. Además, me divierte esa idea de que haya diferentes versiones del texto dando vueltas.
ÓA. Esta es una pregunta que siempre he querido hacerte: ¿cómo seleccionas tus temas para tus novelas? Me refiero a que cuál es el punto decisivo que te lleva a decir “voy a escribir sobre esto” y que al finalizar digas “No me equivoqué, acerté en lo que quería escribir”.
NF. Tiene que aparecer una escena que me seduzca, que me dé ganas de investigar qué sucede antes, qué sucede después. En lo posible que sean tres o cuatro, mejor. Cuatro escenas que me permitan tener una guía sobre la cual orbitar.
En el caso de El cielo que nos queda recuerdo que estaba en lo mi abuela, temprano –en ese momento no madrugaba, las 8 de la mañana eran la madrugada para mí, estoy hablando hace más de diez años– y estaba la tele prendida, infaltable en la casa de una abuela y en el noticiero –es siempre eso o un canal de cocina, bueno, hoy en día también las plataformas. Y vi una noticia acerca de una avioneta y una caída de cocaína. Creo que titulaba “lluvia blanca” o algo así. La tele estaba sin sonido –otra cosa típica de casa de abuela, que cuando alguien llama, ponen la tele en silencio– entonces no entendí bien de qué iba la situación, pero en mi cabeza era: wow, hubo un tiroteo en una narcoavioneta.
Después, a los minutos, me enteré de que en realidad hablaban de una modalidad para dejar un cargamento de cocaína sobre un campo. Aburridísimo, ja. Pero yo ya me había hecho la película, tiroteo, cinco mil pies de altura, escopetas, merca cayendo. Y dije: bueno, acá hay una historia. Pero durante mucho tiempo fue eso.
Pero me faltaba algo más, así que el proyecto durmió en el cajón con el título de Cosecha Blanca. Hasta que encontré lo que necesitaba para contar, algo que me motivara, y fue encontrar como protagonista a un personaje mayor, que saliera de lo que acostumbraba, y al mismo tiempo, que tuviera su contraparte en ese sicario desquiciado, el Zupay, lo más parecido a la encarnación del mal y el caos que alguna vez escribí.
Los temas van apareciendo por estas decisiones o por el contexto: el tráfico de madera, de cocaína, las redes de trata, la tercera edad, el desempleo asfixiante. Todo eso viene dado de la tierra donde ambientás y es materia prima narrativa. Y uno puede creer en esa idea, pero es un constante confiar. Escribir es un acto de confianza o de locura. El pensar “tengo que escribir 60.000 palabras para contar lo que quiero contar” puede ser aplastante. El saber que incluso eso que escribís pueda no ser bueno.
Yo soy de ir trabajando mucho sobre la marcha, corrigiendo mientras escribo de manera que una vez que pongo punto final, esa versión es bastante parecida a la que, si tengo suerte, se publica. Pero en el caso de esta novela, el primer borrador tenía 40.000 palabras. Yo sabía que había una historia ahí, pero le faltaba vida. Así que me senté, le metí dos o tres cartuchos de dinamita al archivo y dinamité cerca de la mitad de lo que tenía y, así y todo, habré escrito otras 35,000 palabras nuevas, con más desarrollo de personaje, con otros finales para cada uno.
Le di una humanidad o drama que antes no estaba. Y ahí sí, después de todo eso, llega la idea de “no me equivoqué”. Hay que confiar, incluso en lo que uno solo ve.

ÓA. Regresando a El cielo que nos queda, me parece que hay mucha influencia del western en la novela: háblanos un poco de cuáles son tus westerns favoritos.
NF. Sin duda, Sam Peckinpah es amo y señor. The Wild Bunch, una película que muchas veces suele ser vista bajo la luz de “muy violenta”, es profundamente desgarradora y emocionante más allá de su coreografía de balazos. Hay todos estos otros códigos, estos personajes que se aferran a un tiempo que los va dejando obsoletos –qué más violento hay que eso, qué más violento que los tiempos te expulsen, que el propio cuerpo cada vez vaya siendo menos tuyo y más de la vejez, de la guadaña, como te comentaba más arriba. Ver a esos tipos que aun con toda la desventaja del mundo todavía se siguen aferrando a un código moral que los hermana, que los une. Algo por lo que vivir y algo por lo que morir.
Obviamente, los más clásicos, Sergio Leone, John Ford. Después ya más cerca en el tiempo toda esta corriente del neo-western: Hell or Highwater o Wind River, dos películas escritas por Taylor Sheridan, y de las mejores de los últimos tiempos para mi gusto.
ÓA. ¿Observas al noir como evolución del western o los consideras como géneros distintos?
NF. Muchas veces se ha hablado de la evolución del western –o la transformación– al género negro. Ambos están forjados sobre cierta idea de mitos. Y al mismo tiempo se caracterizaron por tener personajes solitarios tratando de imponer una ley en un lugar sin ley. Es interesante ver cómo el western, salvo el crepuscular, siempre ha sido visto como un género de valores positivos, la conquista del territorio, la libertad, mucho más luminosos que los noir de los años ’40 o ’60, donde es fácil ver las diferencias, casi como luces y sombras.
Sin embargo, en la actualidad aparece toda esta corriente del neo-western y también donde el rural noir, que potencian la desolación, esta idea del espacio como otro peligro más, esta tierra de “estás en la tuya” y te tenés que salvar como podés, donde el estado no está para ayudarte ni para darte una mano. Y ahí creo que bien se conjugaron el espíritu de ambas.
Quizás hay más relación entre el western y el policial, que entre el western y el género negro. Ya que en el western el protagonista está luchando contra un ambiente hostil sobre el cual tiene que imponerse. En el género negro, el conflicto del hombre muchas veces es contra sí mismo, contra la perdición que cada uno lleva dentro y tiene que tratar de controlar.
