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Ciudad de México, 23 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 6 minutos

Carta a la adolescencia en prisión por Fabiola Arellano

Si ustedes se parecen tanto a los niños que juegan a las atrapadas en los patios de escuela a la hora del recreo, ¿cómo es que llegaron aquí luego de ser perseguidos por los policías?

¿Cuándo comenzó la historia de violencia que los trajo a este centro de detención? Si sus familias saben que están aquí, ¿por qué tardan tanto en llegar? Tal vez no pueden ayudarles a salir, así como ellas tampoco han sabido cómo salir del dolor que les ha dejado marca y que les ha sido heredado. Si ustedes son de los que tuvieron suerte, además les ha sido heredada la moto con la que salen a robar. Los regalos con intenciones bondadosas a veces nos llevan a escarbar un poco más para enterrarnos, creyendo que más abajo encontraremos la puerta de salida.

Mi estómago se retuerce cuando presumen el orificio de entrada, cuando nombran a sus amores asesinados, cuando recuerdan a sus hijos que están en alguna institución o con los suegros que tienen miedo de permitir visitas.

¿Dónde están las enseñanzas de autocuidado? ¿Las olvidaron? ¿Jamás ocurrieron? ¿Sucedió tan poco que es irrelevante y no pasó al resguardo de la memoria del cuerpo? Sus miradas son sombrías, casi muertas.

Al hablar con las familias de los compañeros que ustedes no conocieron pero que estuvieron encerrados aquí antes, básicamente he encontrado dos tipos de respuestas: llanto de conmiseración o autoritarismo cauteloso. Extremos sin repertorios. Puntos opuestos que no conviven con otras posibilidades. Sin flexibilidad ni ideas alentadoras.

Pienso en las familias que como lugares de nacimiento nos marcan con sus enseñanzas, nidos que pertenecen a contextos con historias e ideologías reproducidas.

¿Quiénes les mostraron las maneras de hacer las cosas a los que llegaron antes? ¿Todos han sido adultos frustrados? ¿Personas con historias de prisión, muerte y drogadicción? ¿Trabajadores con horarios laborales interminables y salarios insuficientes? ¿Abuelos cansados y tristes? ¿Podríamos decir que algunos destinos son más desoladores? ¿Cuál ha sido la cantidad de fuego con la que han llegado a esta vida? ¿Qué hacen para que las brasas no les quemen?

¿Qué hacemos con ustedes, menores de edad, cuando han cometido algún delito? Darles un manazo que reprime al fuego, manazo que es un tremendo golpe que continúa consolidando las historias de violencia que tienen sus raíces en las estructuras de poder que obligan a que pierdas la libertad aún antes de estar en prisión. Manazo que atiza al fuego. La opresión limita y condiciona. Les violentamos para recordarles que no es bueno violentar. Sociedad mediocre que resuelve afirmando que el castigo más fuerte es el determinante. Nada soluciona que ustedes siempre pierdan y que además se crean la historia de que ustedes se lo buscaron. Ojo por ojo. ¿Qué fue lo que les enseñó a golpear sin detenerse? ¿Qué sucedió para que estuvieran en las calles del barrio, aprendiendo a consumir drogas, buscando ser los chingones que son respetados en lugar de ser los pendejos que son lastimados? ¿Dónde estarían si hubieran nacido al otro lado del mundo? ¿Cuánto dinero se necesitaba para que desde el inicio tuvieran las condiciones necesarias que les ayudarán a vivir en calma? ¿Cuál habría sido su vida si tuvieran otros apellidos? ¿En quiénes nos convertimos cuando decimos que ustedes los delincuentes merecen lo peor para pagar por todo el daño que hicieron? El daño que hacen es similar al que recibieron.

Deseo que no estuvieran aquí, encerrados aprendiendo a cultivar esa risita sarcástica que les ayuda a sobrevivir a tanta violencia. Los he escuchado decir que, en la próxima ocasión, correrán más rápido. Les he dicho que ojalá que no haya próximas ocasiones y luego he renegado de sentirme una señora regañona que habla desde el privilegio. Les he explicado a lo que me refiero, no sé si lo he logrado. Las personas generadoras de violencia y las víctimas son las mismas, pero en temporalidades diferentes. Repetimos lo que aprendemos. Podemos aprender distinto. Aunque seamos empujados a ocupar algunos sitios, algo diferente podemos hacer. Soy necia. Sigo decidiendo creer que es posible.

Cada vez que vengo a verles les digo que deseo que se salven. He visto sus gestos. No me entienden. Me pienso como una marciana hablando en marciano y me esfuerzo un poco más. Deseo que se salven de las historias que duelen, si es necesario, salir del barrio para llegar a otro barrio teniendo otros vínculos, tomando distancia de lo que hace daño. Aprender no tiene que ser traumático. Me los imagino cuidando su vida, reconociendo lo valioso de su tiempo. Me siento egoísta: ¿quién soy yo para desear que se salven? No soy nadie, lo sé. Lamento que ustedes, adolescentes con rostros de infancias, estén detrás de las rejas, con los pies sin calcetines, con tenis sin cintas, piel pálida, sin ganas, con hambre, sin ventanas, sin baño privado, cama de cemento, sin reloj, ni libros.

Soy una señora cuarentona que piensa que las vidas de 16 años merecen tener un patio de juegos, cantar juntas, bailar en una tardeada en la escuela, tartamudear al coquetear, sudar al sentir, ser fuego que enfocado, tiene la potencia de crear. Ojalá que sigan a tiempo de escapar de las violencias de los barrios, que puedan alejarse de las sustancias adictivas que son un camino certero al deterioro, que el resentimiento no los mate, que aprendan a defenderse sin tener que convertirse en monstruos, que no les gusten las armas, que sepan que estudiar no es aburrido, que trabajar aclara la mente, que mostrar gratitud, alivia. Ojalá que celebren todos sus cumpleaños, que sepan que no es suficiente la voluntad de dejar de ser el oprimido sin convertirse en el opresor, para lograrlo necesitarán redes nuevas, condiciones sociales que contribuyan a que esto suceda, tener soportes distintos, saber que no tienen que ser sacrificados para ayudarnos a fingir que la violencia se solucionó.

¿Aún recuerdan quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Qué les gusta hacer? ¿Pueden decirme cuál fue la última vez que sintieron que no tenían que luchar para merecer vivir en paz?


Fabiola Arellano Jiménez brinda acompañamientos en Terapéutica Colectiva, colabora con La Lleca Colectiva brindando acompañamientos a personas en contextos complejos (penitenciarias y okupas), es docente, psicoterapeuta independiente, mamá de mini Cookie Monster come libros, compañera de un loco amante de los perros y de un gato llamado Fiasco.


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