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Por Melissa Nungaray

Hermosillo, Sonora, 16 de junio de 2022 [12:25 GMT-7] (Neotraba)

En el vacío de la palabra

Om sri saraswatai namah

1

Nombrar al viento y ser tormenta, sumar la luz a los instantes antes de que caiga el rayo, distancia que se dispara sobre el cuerpo y lo derrumba. Las palabras tienen la fuerza sobre ti, pero no el itinerario. El espejo abre un bucle de la versión de los hechos. Me repito mil veces en el eco del sinsentido. Yo, que no sé lo que soy, subsisto escondida entre montañas. Ando y desando lo que seré hasta llegar al lugar más próspero, lejos del miedo, donde la noche puede jugar con libertad. ¿Es demasiado tarde para escuchar la estela del vacío que se mueve entre los zarzales? La serpiente zigzaguea un nuevo comienzo y vuelven a cantar los cardenales, pero todo es igual, nada cambia, son otros los personajes. Los semáforos intercambian rumbos indefinidos, cruzas la calle y se repite incansablemente un estribillo lleno de espejismos que aletea en el sueño de ánimas eclipsadas por la desaparición. La oscuridad es la única verdad, todo se pierde para ganar el silencio. Hay noches que sólo permanecen a expensas de lo vivido para dejar quebradizas figuras, rostros evanescentes…

2

En la puerta llaman y no contestan. Los álamos cimbran los frutos del cielo, que recónditos caen en la boca enfurecida, en la esperanza de estar siempre presente. El televisor continúa encendido a pesar de los años, los canales se desvían, el futuro se anuncia después de una larga interferencia. No se sabe qué esperar, se restaura la conexión y trasmiten un comercial de un objeto no identificado. La palabra es lanzada al espacio exterior y detona atómicamente, cada ensamble de la casa estelar se desmorona en menos de un segundo. El televisor se apaga abruptamente. La fuerza de la naturaleza desata los rieles del caos. Afuera el movimiento oculto de la vida ondea la bandera de la hermandad. Los días son tan calmos que las aguas dialogan para entrar nuevamente a las entrañas del planeta. La flores marchitas vencen el tejido de las voces no escuchadas, parpadea el ocaso contenido, ojo del vértigo que derrama semillas de galaxias entre los soles del tiempo.

3

El todo es ahora y nada más. ¿Algo tuvo importancia? Las llamaradas del encuentro alcanzaron la cúspide de una soledad compartida. Las ventanas se cerraron al más mínimo respiro, la habitación se apoderó del nombre en sus equivalencias y desvaríos que, inoportunamente, advirtieron lo que debía suceder. Las manos se acalambraron en la marabunta crepuscular, en el susurro de los sauces. La fragancia de lo desconocido exaltó imposibles, guiando el trazo inhóspito de la memoria. Tan solo un soplo voraz en la marea bastó para sentir la espesura de las huellas, el peso uniforme de lo escrito.

4

La presencia está cayendo, difumina los sentidos en la lluvia; la presencia no está, rehúye de los acontecimientos; la presencia es brisa de otoño, oculta las llaves del verso; la presencia resuena en los incontables latidos del adiós; la presencia crece como árbol sin sombra; la presencia guarda el secreto; la presencia, la presencia, se esconde y nadie la encuentra. La ausencia de la presencia desgarra el deseo presentido, ahogado en sí mismo. En el comienzo solo el vacío de la palabra fue testigo de nuestras miradas. Detrás de los céfiros alguien está observando con atención al gentío que pasa desapercibido en su cotidianeidad limitante, a deshora siempre del éxtasis, del frenesí inagotable. Entre los vagones de cada día pervive la ausencia colmada de ilusiones. Esta no es una batalla, los soldados ya han muerto antes de emprender su destino. El amor, exilio de raíces, se alió a la correspondencia de las nubes, a las alas de un ángel perseguido. El camino por recorrer es una interrogación constante, desierto y abandono.

5

El campo dispersa las violentas espigas del origen. La cruz del suplicio se agarra fuertemente a los pies del caminante sin permitir paso alguno. El yo se desnuda desde la infancia y arremete contra sí. La opacidad del paisaje nubla la vista. Las separaciones necesarias en el ritmo estacionario del viaje hacen vibrar las últimas hojas en la nieve. La quietud en la ruta elegida colma de regocijo y se extiende en el manto azul del misterio. Todo es lo que es y nada más. De un momento a otro se rompe la vasija y las luces extrañas del ser se acumulan en el reloj de la apariencia. Regreso a mí, con la respuesta entredicha en los colores arborescentes del alma. La sonoridad combatiente del trueno atestigua el quebranto de las ramas en el nido. Vuela el petirrojo en las ansias del desvelo, esperando descubrirse.

Melissa Nungaray. Foto por cortesía de Manuel Parra Aguilar

Melissa Nungaray (Guadalajara, Jalisco, 1998) estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de México. En 2014 obtuvo el segundo lugar del IV Premio Nacional de Poesía Joven “Jorge Lara”. Fue becaria del Festival Interfaz ISSSTE-Cultura Los Signos en Rotación San Luis Potosí 2017. Ha participado en varios encuentros nacionales e internacionales y publicado en revistas como Alforja, Casiopea, Punto en Línea, Punto de partida, Círculo de Poesía, Ablucionistas, Periódico de Poesía, Cuadernos del Hipogrifo, entre otras. Libros: Raíz del cielo, Alba-vigía, Sentencia del fuego y Travesía: Entidad del cuerpo.


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