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Acapulco, Guerrero, 12 de marzo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 5 minutos

1
El poema repta con las fauces preparadas para morder: falso coralillo o coralillo auténtico con/o sin veneno en los colmillos.
2
Hago de la mueca una idea y del gesto un movimiento, doy tumbos y de ahí, estos versos esconden como camarones su poesía, se niegan como la mojarra al sedal, pero meten la muerte en mi empeño y buscan el mar del poema: desde este corazón de río ahogado por los peces y las piedras de los años, te abrazo.
3
Arena y cuerpos perdidos, la inmensidad de este desierto. Cactos y alimañas ponzoñosas entre las dunas y las piedras. El calor clava sus colmillos de cascabel en la piel de los fuereños. Todo es un juego de espejismo y umbras. Una aridez de viento y silencio se estaciona en la garganta. Matorrales salen al paso como aves de rapiña. Saladillos ruedan por brechas, se pierden en busca de agua. Aquí todos buscan agua; un hueso roto, un rostro compungido, el presentimiento de una sombra. Una hilacha es un indicio, un animal fuera de su guarida presa fácil. El desierto no guarda memorias, esconde cadáveres, ahí no se encuentran confesiones, solo restos, ilusiones apelmazadas en las piedras.
4
El desierto es un animal que se mueve de día, crece de noche. Entierra huellas, descarna misterios, oculta asesinatos, escupe víctimas. Es un mar de polvo y ráfagas, de brasas y desasosiego. Todo se mueve por debajo de la arena. Presentir es inútil cuando lo que te jala hacia el fondo es la muerte.
5
Granos de la misma arena el desierto guarda: Polleros y contrabandistas. Muertos de sed y abandonados. Luz como ponzoña y ponzoñas que arden más allá de la sangre, granos de arena que alumbran la agonía. Cae la tarde y lo que era silencio e insolación, se arrastra, repta, zigzaguea, va con el presentimiento, la premonición y el instinto sondeando el aire, venteando el miedo, la hemática de los perdidos; silba, suena un cascabel, castañean tenazas, se afilan dientes, venenos lubrican los colmillos, aguijones brillan en la penumbra, aquí el que no es presa es cazador, señor de la vida o cuerpo para la muerte.
6
Para cruzar el desierto hay que ser alacrán o serpiente, tener la fe del arácnido, la piel de un saguaro y el caminar silencioso de las raíces en las noches y en las horas venenosas del sol. Ser una avispa caza tarántulas o una rata canguro para dar saltos de esperanza antes que una sabandija nos aguijonee el pie o un monstruo de gila atrape entre las fauces los sueños de cruzar la frontera o un mochuelo arranque el corazón pensando que es una polilla o un busardo se lleve entre sus garras nuestros ojos y con ellos la tierra prometida.
7
El mareo por deshidratación produce alucinaciones, los primeros estertores de la agonía. El cuerpo es un calambre y el respiro apenas una sombra. A donde quiera que mires la sequía reina; los saguaros son un oasis, los habita un pequeño búho que duerme con el sabor de los insectos en la lengua, al pie de él vive una legión de hormigas, pequeñas abejas extraviadas llegan a sus flores, avispas de sed anidan la garganta, del cuerpo va evaporándose la vida, la frontera a un suspiro, el agua presagia nubarrones, del otro lado nadie te espera, de este lado te arrulla la muerte.
Los borrachos no comen lumbre, beben en el fuego del alcohol sus quemaduras.
Bebo una cerveza, la felicidad del trago se extiende por el cuerpo como una locomotora por los rieles que a pitidos anuncia su paso. Miro a lo lejos, allá la distancia pierde el nombre, se abruma. Qué sentido tiene mirar, si mis ojos ya no se apropian de las minucias, solo de las cosas grandes. Doy otro trago y sé: el calor subió de peso, es hora de ir por otra fría.
Hoy la vida tiene dos opciones para mí: vivir o transitar por ella.  Una sed como el alba se atraviesa en la garganta. Un dolor abunda las ganas de intoxicarme un poco. En las entrañas un fervor a bebida fermentada crece. He decidido una tercera ruta: buscar una cantina y confrontar al suicida en potencia que soy.
Lo fácil fue abrir la primera cerveza cuando el día presumía unos senos incipientes. Con el pretexto del calor destapé otra. Alguien dijo que él disparaba un six. El mediodía perdió el nombre en la espuma derramada. Cuando comenzó la coperacha para el cartón de negritas, la tarde era una hembra madura que aún usaba minifalda.
Alcahueta del alcohol, la poesía, reúne a los animalitos de dios al cobijo de su enagua. Palabras más, palabras menos caen como las flores del naranjo en el humor de la parranda. Las corcholatas como las hojas tapizan el suelo. La tarde ha pasado del virulento amarillo al crepúsculo azafrán de las Bohemias.
Qué remedio, no quería partir, pero ellos me recordaron que allá en las tres de la mañana está tu cuerpo como un lago donde el deseo asoma su rostro de forma inocente.
La rueda en la que ruedo tiene por destino estrellarse. La idea en la cabeza de saltar al precipicio me conmueve. Sé, solo hay que dar el salto, lo que abajo nos espere no importa. La sensación de la caída, el cuerpo del vacío acariciándonos, el vértigo cruzando las venas es lo que interesa. Con esa premisa dejo atrás a los amigos. Los borrachos por naturaleza son necios, me recuerdo a la abuela sermoneándome. Habrá brazos, palabras que pretendan sujetarme, intentos por disuadir mis empeños de partir al encuentro de tus caderas, pero todo es inútil ante la ebriedad del enamorado.

Jesús Bartolo (Atoyac de Álvarez, Guerrero, 1970) Es Licenciado en Educación Física, antes fue albañil, panadero, ordeñador, campesino, camaronero aunque nunca supo atrapar un langostino en el río. Para su fortuna, ahora es aprendiz de poeta. Ha ganado algunos premios, Nacionales e Internacionales. Actualmente pertenece al SNCA. Libros: Manual para bajar de peso; No es el viento el que disfrazado viene; Claro desastre del recuerdo; Semilla de agua para comenzar el desastre.


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