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Ciudad de México, 17 de mayo de 2025 (Neotraba)

Un año con Mariana por Fabiola Arellano

Parece que el tiempo no pasa por ti. Sin manchas, sin ojeras ni patas de gallo, tu mirada brilla. ¿Será que tienes una vida en calma?

Si cierro los ojos y aprieto los párpados con suficiente intensidad, enfocándome en evocar el recuerdo del día en el que nos conocimos, hasta mi mejilla puede volver a sentir el calor de la cachetada que me diste hace 11 años, cuando al terminar mi jornada laboral, fui a despedirme de ti.

Gracias a Angélica Cuevas, a quien sigo considerando una experta traductora, comprendí que me pegaste porque no querías que te dijera adiós. Me sentí halagada por tal gesto.

Te confieso que una ocasión ninguna traducción me salvó de sentir miedo. El plan establecido era caminar y tu plan era descansar. Como pude, te dije que ya estaba decidido, saldríamos a andar por los senderos y luego desayunaríamos. Nos alejamos unos metros de tu casa, te detuviste un momento, gritaste muy fuerte, apretaste los puños y comprendí que debía de huir o no saldría bien librada de la situación. Corrí para que no me alcanzaras.

Así fue como la caminata matutina se convirtió en persecución. Estabas muy enojada conmigo, pero era importante que salieras de tu cama. Para ese entonces había mucha ansiedad, autolesiones, aislamiento, frustración. El encierro parecía un lugar seguro para tomar distancia del mundo que es experto en juzgar, aunque también se estaba convirtiendo en una zona de riesgo. Tienes razón, el mundo es un lugar muy ruidoso, las luces a veces son muy intensas, hay que lidiar con mucha incertidumbre, todo se va moviendo. Decimos cosas que no se refieren exactamente a lo que supuestamente están expresando. Tú estabas lidiando con la incomprensión de un mundo que te resultaba imposible de entender y al que era muy difícil comunicarle lo que para ti era importante. Tu familia estaba cansada de esos momentos de terror como el que esa mañana viví contigo.

Cuando nuestras energías se agotaron, sin decirnos ni una palabra, regresamos caminando a casa. Volví a confiar en que no pasaría nada terrible, sentí felicidad de que ambas regresamos a salvo. Desayunamos y luego supongo que fuimos a equitación, a natación o al supermercado.

El resto de experiencias compartidas durante el año que estuvimos juntas, aprendí a conocerte como el lugar seguro que eras, seguimos rutinas, hicimos postres, saltamos, mejoraste la rutina del baño, aprendí a comprender la vida ritualizada que te daba calma, a cuidar tus audífonos que te protegían de los ruidos. Generamos apoyos visuales con ayuda de nuestra traductora que nos alentó a creer que era posible que vivieras una vida más independiente, yo aprendí a encontrar pistas para descifrar tus experiencias desde alguna pequeña grieta, con eso era suficiente para acercarme a ti.

La última vez que te vi, comimos mazapanes en el zócalo de la Ciudad de México. Me alegró que me reconocieras. Yo a ti no te olvido ni aunque pasen los años.

De izquierda a derecha Angélica Cuevas Mariana Pérez y Fabiola Arellano
De izquierda a derecha Angélica Cuevas Mariana Pérez y Fabiola Arellano

Fabiola Arellano Jiménez brinda acompañamientos en Terapéutica Colectiva, colabora con La Lleca Colectiva brindando acompañamientos a personas en contextos complejos (penitenciarias y okupas), es docente, psicoterapeuta independiente, mamá de mini Cookie Monster come libros, compañera de un loco amante de los perros y de un gato llamado Fiasco.


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