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Ciudad de México, 7 de octubre de 2025 (Neotraba)

Me lo he encontrado dos o tres veces en el sauna. Los brutos, los necios, si llegaran a reconocerlo, dirían que es alguien que se le parece, que no hay forma de que sea Schopenhauer, argumentarán alguna tontería referente al tiempo, a la distancia temporal, y creerán que su argumento es irrebatible. Se equivocan, los ciento sesenta y cinco años a los que apelan, son nada, el sujeto que está sentado del otro lado del sauna, casi en frente de mí, es el Buda alemán. Lo sé porque su mirada lo delata, porque la mueca en sus labios –que los mismo que afirmarían que no se trata de Schopenhauer, dirían que es una sonrisa– no consigue ocultar la certeza de que la vida sin dolor no tiene sentido. De más está decir que nunca le he dicho que sé quién es, que no me engaña, no tiene caso molestarlo, a los dioses hay que dejarlos en paz –como decía Bukowski. De vez en cuando ríe de alguna que otra cosa que dicen quienes no pueden quedarse callados, pero no comenta nada, se mantiene, tranquilamente, padeciendo el calor del sauna, oscilando entre el dolor, el sudor y el aburrimiento. Por mi parte, guardando el mismo silencio, lo acompaño en esa tarea.


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