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Puebla, México, 11 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 9 minutos

El arte de usar una molotov, le digo. El sample: Canserbero – Stop [Apa y Can] / La canción origen: The Best Part Of A Love Affair

Por desgracia, no me tocó tener una PlayStation 1; no me tocó tampoco ver su lanzamiento, ni la marea de juegos que ahora son parte de la cultura pop. Recuerdo, sin embargo, que uno de mis tíos –una de esas cosas extrañas en Latinoamérica, en qué un tío y sobrino se pueden llevar 10 años o menos entre sí– tuvo una cuando yo era niño y él un adolescente.

Lo veía jugar Spyro y terminar el Resident Evil mientras yo, probablemente, jugaba con un mando desconectado. Mi abuela, por otra parte, tenía una bocina grabadora, de cuando era educadora, y mientras mi hermana y yo nos quedábamos en su casa, ponía interminables discos de Juan Gabriel para limpiar o hacer la comida. Ninguno de los discos era original, sobra decir. No hacía falta. Me gustaba, incluso, ir al mercado con mi abuela y mi madre, porque en la parte donde vendían discos siempre había música y lonas de muchos colores.

La piratería, como esta carpa de mercado, es una cosa que, nos gusté o no, es parte del panorama cultural. Aceptar esta parte del consumo es ser consciente de que, en un paralelo con Adorno[1], no hay obra que permanezca ajena del mundo.

Para bien y mal, la relación del arte con la sociedad es la de un producto, uno que puede ser diseñado, apreciado y comercializado. Recuerdo ya haber hablado de esto, pido al Juan del futuro que agregue una nota al pie en caso de que sea así[2], pero a grandes rasgos, la mega industria de los best sellers coloca su éxito en eso, prácticamente, en reconocer que la literatura puede ser un medio para explotar un mercado de personas. Lo que nos importa de esto, es que la industria constantemente crea mecanismos para blindar la propiedad intelectual. Respeto a esto debemos hacer un paréntesis.

La propiedad intelectual no es un error. No es una cosa que debe desaparecer. Es un mecanismo que existe para proteger el derecho de un autor sobre el uso de su obra, y en a veces, tanto su integridad como creador y de la obra. Pero, muy lejos del topus uranus, hoy en día puede usarse también como un mecanismo de control y represión[3] a nuevos creadores que, en el límite de la humanidad que es el posmo, recurren a la iteración cultural para la trasgresión de mensajes o medios completos[4]. Lejos de que un sello de propiedad intelectual sea un garante de la preservación cultural, hoy en día funciona como una privatización sistemática de contenido en el que, por desgracia, gana el que pueda pagar los mejores abogados.

Ante este nuevo problema con la propiedad de algo inmaterial, existe algo que quizá siempre ha existido. La piratería. Y aunque el término es asociado en la cultura popular, casi de forma inmediata, con la industria del siglo XVII del robo en altamar, es probable que antes de eso se emplease otro término para describir el acto de “apropiarse de lo ajeno”. Robo. Pero es ambiguo usar eso como un término global. Porque un robo requiere que el acto sea injustificado, y aunque esto parezca que usar el término “Piratería”, sea más un indulto que un diferenciador, en realidad es poner un límite claro entre el acto que engloba cada palabra. Digamos que, “Piratería”, extiende el significado de robo agregando a la definición antes propuesta, “apropiarse de lo ajeno”, lo siguiente: en beneficio de otra parte.

Me encanta que el lenguaje pueda ser tan abstracto. Porque, dentro de la generalidad de “otra parte”, podemos ponerle el nombre que nos sea más útil para comprender el acto. En caso de los corsarios, esta “parte” podrían ser ellos mismos o quién firmase sus patentes y permisos. En la era digital, esto podría entenderse como quién ofrece acceso a un material restringido. Y en una perspectiva capitalista, aquí se hubiera acabado la columna; trabajen, generen bienes y sirvan al mercado. Afortunadamente, y para mi simultánea fortuna y desgracia, mi mente se balancea constantemente entre la tentación de ganar la lotería y perderse en la nada en simbiosis con la nada. Así que esto es sólo la superficie de algo más complejo. Digamos que, de alguna forma, la piratería tiene una influencia colateral. Y que, a veces, esa “parte” que es beneficiada de un bien robado, no es necesariamente un agente directo de la acción.

Por hacer un eufemismo, la piratería cultural es más un acto de democratización que un delito. Obvio, con muchas notas al pie. Pero en general, hacer que una obra cultural tenga un encuentro con un público que no era el destinatario, permite el contraste y contraposición ante una propuesta canónica, que deriva, eventualmente, en un nuevo paradigma al que oponerse. Después de la revolución, la revolución. Lo que, en esencia, es el valor que tiene cualquier producto cultural; su valor dialógico con la sociedad que lo recibe y con la sociedad que lo discute. Por poner un ejemplo, el hip-hop tiene algo muy hermoso en su relación con la contracultura. En cierto modo, tiene una fuerte base en la piratería. Un sample nace de la modificación de una canción popular para transgredir su significado o referente, algo que, en literatura, sería parecido a un paratexto. En la democratización de una pista, en el caso de la música, se permite la innovación de elementos ya existentes. Pero, de nuevo, muy lejos del topus uranus, hay que ser conscientes del alcance que algo así tiene.

Después del fin de la Modernidad, en el amanecer radioactivo de la humanidad occidental durante la guerra fría, en el estallido del mundo digital y democratización de la tecnología, la piratería del audiovisual tenía una relación directa entre el objeto robado y el comprador. La noción de propiedad, incluso si venía de algo robado, se mantenía intacta. Uno compraba un disco con el juego, la música o la película, y ese disco no tenía más transacciones de por medio. Tenías el material para hacer con él, de cualquier medio, algo nuevo. Pero, como no puede ser de otra forma en la humanidad, el abuso de este medio para democratizar algo, derivó en medidas cada vez más agresivas de regularlo. Hasta lo que conocemos hoy en día como los servicios de Streaming.

¿Qué es esto? El concepto es simple: yo como empresa tengo en mi propiedad algo, pero en vez de venderte parte o el total de la propiedad, tú me pagas el derecho a que puedas acceder a ello, como una renta. Y, bueno, es un negocio. Hoy en día creo que es imposible salir de las garras del capital, ya explicaré porqué, y es algo con lo que, por desgracia, vivimos. Digo, ahora mismo, mientras redacto mi columna, estoy usando Spotify para poner música. Es cotidiano, es normal, pero no por ello está bien.

Hablamos en una columna anterior de que, si algo mató a MTV, fue el streaming. Porque al tener acceso a una biblioteca privada, da la sensación de tener poder sobre el contenido de esa biblioteca, y con ello, una ilusión de poder sobre qué ver y cómo verlo. Es obvio que, en una trampa más del ego, la soberbia no nos permite ver que somos sujetos a todo un mecanismo social que ya ha decidido qué vamos a consumir[5]. Pero en el perfeccionamiento de proveer un servicio muy amplio, hizo que la industria de la piratería cambiase por completo. Porque, imitando al material robado, se dio cuenta de que tampoco necesitaba robar algo para ceder por completo la propiedad de algo, y que aún más, podía sacar una fuente de ingresos constante. Y entonces, una industria que democratiza por defecto, se transformó en una industria que democratiza a sueldo.

Basta con intentar acceder a un programa protegido. Sí, hay páginas para obtenerlo, pero con todo el calvario de anuncios interminables y minas de datos, a veces vale mucho más la pena pagar una renta a la empresa original. Lo que me hace pensar, ¿la piratería fue comprada? Nuevamente, no es algo raro. En el paralelo histórico que tienen con los corsarios, este mismo título fue lo que acabó con la industria de la piratería en primer lugar, que un robo se hizo financiado por un interés más grande. De la misma forma, es probable, sin darnos cuenta, que la piratería actual sea así de molesta por defecto. Como una forma de repelente corporativo. Vale la pena preguntarnos si el material que actualmente es obtenido por piratería, no es sólo una etiqueta del mismo producto, con la promesa de hacernos sentir empoderados.

Creo, firmemente, que para que la piratería vuelva a su origen democrático en la posmodernidad, debe volver a ser un trato directo entre personas. Y, sobre todo, recuperar la noción de propiedad parcial o total sobre un objeto cultural. Preservar mediante el dialogismo, innovar mediante la contraposición, construir desde la revisión constante. Nada más, ni nada menos. Hacer accesible la cultura desde la personalización del contenido. Ponerle una cara, un lugar y discutirlo tanto como sea posible. Encontrar un PDF y pasarlo entre amigos. Saber de una canción y tener el MP3 para compartirlo. Hacer mucho más humano un archivo en la PC, y sentarnos en torno a algo para contemplarlo.


[1] De forma muy reducida, el trabajo de Theodor Adorno, un gran filósofo y crítico alemán de mediados del siglo XX, habla acerca de la responsabilidad del autor con la sociedad en su producción artística.

[2] Pues no, no hay columna sobre esto. Haremos como que esto fue un déjà vu, o mejor, una premonición.

[3] Como megacorporaciones queriendo registrar todo lo posible para crear un producto cultural de ello. Similar al rumor –nunca comprobé si fue real– de que Disney quiso registrar el término “Día de muertos” como una marca asociada a “Coco” para explotar el mercado hispano. Merch oficial de lo intangible.

[4] “Pachuco” de La Maldita es eso, usan la imagen de un ícono cultural de una generación anterior para expresar la brecha entre la actualidad y ellos. Maldita Vecindad Y los Hijos Del 5to Patio – Pachuco

[5] Foucault estaría orgulloso de esta línea. Maldito pelón panóptico.


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