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Guadalajara, Jalisco, 4 de octubre de 2025 (Neotraba)

Minerva nunca volvió a casa. Salió una mañana de junio del 96 del pueblo de Masojá Shucjá, en la selva chiapaneca, territorio marcado por el fuego de la guerra. Llevaba una bolsa de manta al brazo y una trenza gruesa que le caía por la espalda. Llevaba maíz para su madre y una carta para su hermana en Yochijá. Pasó por el camino de Miguel Alemán, y después, nadie la volvió a ver.

Algunos dijeron que la vieron forcejear con hombres armados. Otros, que ni gritó.

Dicen que se la tragó la tierra, pero eso es mentira.

La tierra no devora. La tierra abraza, guarda secretos tan viejos como los árboles que crecen sobre los huesos y las tripas olvidadas.

Veinticuatro años después, su nombre seguía resonando en la voz áspera de Marta, la prima que quedó. Cada junio, Marta despertaba con un peso en los huesos, como si Minerva la llamara desde un rincón enterrado. Como si le susurrara en tseltal que no la dejara sola ahí, entre gusanos y oscuridad.

En Masojá Shucjá no se duerme bien. Hay noches en que la oscuridad se espesa, como si la muerte tuviera cuerpo. Las casas crujen sin viento. A veces las niñas dicen ver a una mujer descalza, caminando por el borde del monte, con la trenza deshecha y los pies llenos de lodo.

Los viejos saben quién es. Los viejos que un día fueron paramilitares saben lo que hicieron. Saben a quién le deben silencio.

A María la mataron a tiros por la espalda. Su cuerpo quedó cerca del Puente de Palo, con los ojos abiertos hacia el cielo. Su madre la encontró dos días después, hinchada por el sol, las manos chuecas, el cuerpo agujereado. Lo enterraron sin misa. Sin campanas. Sin despedida.

En esos años, no se podía llorar en voz alta. Llorar era delatar. No quería que la desparecieran.

El miedo se volvió forma. Se encarnó. Vivía en los cuellos torcidos de los hombres y mujeres encontradas, en las gargantas cerradas de las mujeres que dejaron de cantar. En las armas de las personas que ahora controlaban los pueblos. El pueblo se calló.

Marta no calló. Cada año, con la voz firme y seca, leía un pronunciamiento en San Cristóbal.

Nombraba a sus muertas: Minerva Pérez y María Pérez.

Exigía justicia. Sabía que la justicia no llega a pie, ni a caballo, ni en bici. Simplemente, a veces nunca llega.

Marta desde hace tiempo comenzó a dormir de día. Decía que las noches eran demasiado ruidosas. Decía que Minerva la visitaba. Que hablaba con ella. Que le mostraba lugares llenos de huesos, pero nunca el suyo, ni el de María.

Minerva no quería ser encontrada. Minerva quería ser contada.

En 2025, una niña de trece años llamada Mariela desapareció. Era la nieta de un ex paramilitar.

Salió al amanecer a recoger fruta al pie del monte. Su madre la vio alejarse con la falda ondeando. Nunca regresó. Su abuelo la buscó por todos lados. Le lloró. Decía que el cartel se la había llevado.

El pueblo supo. Nadie habló. Hablar significaba delatar, morir, desaparecer. Siempre ha sido así aquí.

Marta ya no estaba. Había muerto el año anterior.

La encontraron sola, con los ojos abiertos, la boca seca. Entre sus cosas, un cuaderno con nombres y fechas. Y dibujos: mujeres con trenzas, cuerpos cubiertos de raíces, ojos bajo la tierra.

El día de su muerte vieron a tres mujeres caminar por el pueblo. Todas tenían la misma trenza. Los vecinos cerraron sus casas cuando las vieron pasar. Apagaron las luces. Los perros ladraban. En la pared del centro comunal aparecieron los nombres de los asesinos. Los paramilitares.

Mario. Joaquín. Silverio. Juan. Eduardo.

Yo los vi llegar.
Tenían botas limpias y armas brillantes.
Decían que venían a traer paz.
Pero yo reconozco el paso de los hombres que vienen a matar. Lo he sentido muchas veces. En 1994. En 1996. En cada noche que no termina. En 2025.
Yo los vi enterrar cuerpos. Lo hicieron con apuro, como si los muertos se quedaran quietos.
Aquí, la tierra no olvida.
Minerva está aquí. Y no está sola. También está María. Mariela. Cada raíz que se tuerce en mi vientre guarda un nombre. Cada piedra húmeda susurra lo que los hombres callaron.
Yo me acuerdo de todas. Las sin nombre. Las con sangre. Las pequeñas. Las viejas. Las que apenas habían aprendido a hablar.
A veces, los vivos me ignoran. No escuchan.
Soy memoria.
Soy fosa. Soy cuerpo abierto. Soy testigo.
Porque yo sé. Porque yo guardo. Porque yo hablo.
Y lo que yo guardo, un día saldrá.
Y lo que yo digo, un día se cumplirá.
Yo soy memoria viva.

Una niña encontró el cuaderno de Marta bajo una tabla suelta del centro comunal.

Lo hojeó. Estaba lleno de nombres de mujeres y de dibujos de trenzas que se enredaban con raíces de árboles que se encontraban en la selva.

Cada jueves por la tarde un grupo de niñas se reunía para leer sus nombres en voz alta. Mientras leían los nombres, un pájaro las visitaba. Nadie decía su nombre, pero todas sabían quién era. Ella sonreía.


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