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Ciudad Juárez Chihuahua, 28 de agosto de 2025 (Neotraba)

En Ciudad Juárez, el final del verano no se anuncia con hojas secas ni con calendarios. Hay estaciones intermedias, íntimas para la ciudad. Los habitantes con lazos familiares del sur del país podrían identificar que es la temporada de los chiles en nogada entre los meses de agosto y septiembre, lo que coincidiría con el medioverano y el inicio del otoño. De cierta manera en esta ciudad también se vive el veranillo de San Martín, que bien puede extender los días de calor hasta noviembre. Por inercia, creeríamos que Juárez al ser una ciudad ubicada en el desierto, solo cuenta con un clima cálido a lo largo del año.

Los días nublados y la lluvia en Juárez no son desconocidos en el mes de agosto. Es común escuchar entre los residentes de cierta edad, “Ahí se viene el agüita”, alrededor del 10 agosto, fecha de San Lorenzo, santo patrono de la localidad. No tiene falla la lluvia al acercarse ese día; puede ser una lluvia moderada o lo que antiguamente se conocía como ‘calabobos’ y en la actualidad bien podría ser ‘manchacoches’.

Desde hace nueve años hay una efeméride nueva para la ciudad a finales de este mes de agosto: la ausencia de Juan Gabriel.

Su muerte terminó por darle lo que en vida ya era: un carnaval. Una excusa para que Juárez se reconozca en comunión alrededor de su música.

Estampas de Ciudad Juárez. Fotografía por Macaria España
Estampas de Ciudad Juárez. Fotografía por Macaria España

Otro termómetro para conocer la música de una ciudad es caminar por sus calles y avenidas. Subirse a un camión de pasajeros o escuchar entre las voces del perifoneo en el centro histórico las canciones que se incluyen como animación publicitaria.

Ahora bien, tengo la impresión de que nadie lo pone, nadie lo canta, y sin embargo está en todas partes. Por la mañana escuché a una enfermera tararear un tema de banda; antes de llegar al trabajo, de dos casas sonaban pop americano y regional mexicano; mis vecinos de departamento optaron por reguetón; en la panadería, la bocina cambió de lista musical con el cambio de turno. Ninguna de esas voces era la de Juanga. La ciudad sonaba a todo, menos a él. Y ese silencio, esa ausencia, fue más elocuente que cualquier homenaje. Pero no es olvido.

Este es el secreto de la ciudad: Juan Gabriel se escucha como un murmullo íntimo, en playlists que acompañan la soledad. Está con quien se levanta con una chispa de optimismo y se arregla frente al espejo antes de salir, mientras extiende una sonrisa cómplice con la ciudad. Se cuela en las cocinas donde las señoras cortan papas y carnita para el picadillo, entre el olor a chile colorado que reposa en la licuadora. Acompaña los silencios y las lágrimas en la oscura soledad de quienes atraviesan un duelo, y también la risa ligera de quienes lo interrumpen con un chiste para sobrellevar la tarde. Está en los transeúntes que exclaman frases sin ironía en medio del tráfico, y en los niños que alegremente bailan en patios y salas mientras los adultos aplauden el ritmo. Incluso aparece en esos momentos inesperados, cuando alguien, donde el licor se ha hecho presente, se anima a cantar en una reunión familiar y la voz se mezcla con las memorias.

El calor del desierto suele ser monótono, una nota larga que apenas cambia de intensidad. Agosto, con sus nubes que se amontonan y las lluvias que irrumpen de repente, trae la variación necesaria, la pausa inesperada, la respiración. Así también sonaba Juan Gabriel: un músico que nunca se conformó con una sola atmósfera. Podía llevar el pop hacia un brillo disco o funk con matices fronterizos, rozando incluso lo kitsch en su apropiación del country; podía luego recogerse en la balada íntima, con esa voz que parecía hablarle al oído a quien sufría un duelo o celebraba un amor; y al mismo tiempo erigirse en la ranchera, no como sombra de José Alfredo Jiménez, sino como heredero que lo desbordó, abriendo territorios nuevos. Como las lluvias de agosto, su música interrumpía la aridez para recordarle a Juárez que siempre era posible otra atmósfera.

En agosto, las lluvias del día de San Lorenzo siempre han marcado un cambio: son aguas ligadas al martirio del santo, lluvias que anuncian el fresco y preparan el otoño. Hay en ellas un secreto que Juárez conoce desde tiempo atrás: agosto es el mes del tránsito hacia el fin del verano.

Juan Gabriel es parte de ese calendario invisible. Como San Lorenzo, Juanga se volvió signo, símbolo, santo. Anclado hoy en la memoria popular eventualmente no será recordado por sus canciones sino como un ciclo rítmico y melódico de la naturaleza, como un clima que envuelve sin que haga falta poner un disco.

Nueve años después, la ciudad sigue hablándole en silencio. El fresco de agosto, las lluvias de San Lorenzo, el cambio de estación. Ahí, en ese umbral entre verano y otoño, aparece Juan Gabriel, convertido en lo que siempre fue: una fuerza de la naturaleza.


Jorge Spinoza (Ciudad Juárez, 1980) es editor y ensayista. Ha trabajado en El Diario de Juárez y herrajeros.com. Estudiante de Literatura Hispanomexicana; ganó la beca David Alfaro Siqueiros en 2005.


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