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A Coruña, España, 1 de septiembre de 2025 (Neotraba)

El arcoíris se desplegaba como un gran abanico y me permitía elegir colores. Podía adaptarlos a cada instante de la vida: para descansar, para jugar, para llorar. Sin embargo, el azul y el blanco los tenía vetados y condicionaban mis sentimientos. Dos colores propios de un traje de marinero, de un acto inocente y entrañable como la primera comunión. Una ilusión de la que mi padre me había privado cinco años atrás. Una negativa sin explicación, acompañada de un silencio que seguía sin comprender. A él solo le interesaba el color rojo de la portada de un libro, de apenas ochenta páginas, muy fino. Debía de ser muy importante porque no leía con asiduidad, pero aquel libro sí: El manifiesto comunista. En alguna ocasión lo había visto concentrado en su lectura, y al acabar lo ocultaba en la despensa junto a otros libros. Recuerdo la primera vez en la que me atreví a hojearlo amparado por la curiosidad. Me dejé arrastrar por el misterio provocado por la primera línea del prólogo, que hablaba de una organización obrera internacional «secreta»: la Liga Comunista. Cometí un error, y aquellas palabras que parecían misteriosas acabaron con mi niñez y con las lecturas infantiles. Pensé que descubrir el contenido de aquel libro era la única forma de llegar a entender a mi padre, aunque él no quisiera intentarlo conmigo.

No respetaba mi interés por el Catecismo, por lo que ocurría en la iglesia del barrio, un acceso que tenía prohibido. Solo le interesaba que mi madre, mi hermana y yo entendiéramos que lo importante en la vida eran la lucha obrera y las reivindicaciones del proletariado. Mi padre no quería escucharme, nunca lo hacía, y se enfurecía cada vez que le intentaba explicar lo que representaba recibir el cuerpo de Cristo. Nunca respondía a mis preguntas, y si lo hacía, era de una forma abrupta, sin muestras de cariño. Tal vez se asombraba al formulárselas un niño de doce años y pensaba que me burlaba de su condición política, causante de un sufrimiento que afectaba a toda la familia: mi padre era comunista.

–¿Tú ves a Dios por alguna parte? ¡Dime!, ¿dónde está? Yo no lo veo –me exigió la última ocasión en la que me atreví a hablar con él de la comunión.

–Yo no veré a Dios, pero tú ves espectros que se ciernen sobre Europa, como ocurre con el comunismo. ¿Me equivoco? –pregunté sin ser consciente de su reacción.

–¡Te voy a dar!

Mi padre tenía que sospechar que las palabras que desprendía mi boca, cuando discutíamos, no eran propias de un niño, sino reflejo de su libro. «Espectro» era una palabra que aparecía en la sinopsis. La había buscado en el diccionario, convertido en mi libro de cabecera desde que decidí adentrarme en el mundo de los adultos, mi nueva tortura. Sus páginas se pegaban unas a otras por su finura, y cada búsqueda se convertía en una odisea. Preferiría no haber encontrado aquella palabra, porque su significado me causó temores nocturnos y pesadillas: «Una figura irreal, imaginaria o fantástica, que alguien cree ver; especialmente, imágenes de una persona fallecida que se aparece a alguien». Me inquietaba saber que mi padre veía fantasmas, porque el comunismo, según su libro, era un espectro.

Era extraño que mi padre leyera un libro que se había publicado en 1848, en Londres. Estaba traducido, pero yo poco entendía de lo que en él se explicaba. Se decía que el papa, el zar y las potencias de la vieja Europa se habían unido para luchar contra el espectro comunista. Creí descubrir el motivo por el que mi padre me prohibía entrar en la iglesia: el papa era su enemigo. El manifiesto comunista hablaba de opresores y de oprimidos, de libres y de esclavos. Tal vez mi padre se sentía oprimido como trabajador. Yo también me sentía así a causa de sus negativas, una opresión similar a la que me causaba el pantalón después de una buena merienda en casa de mi amigo Sancho. No me agradaban algunas de las palabras que aparecían en el libro: lucha, revolución, exterminio, beligerante… Mi hermana Dolores ya me había explicado sus significados. Yo jamás me pelearía ni exterminaría a nadie, y no me imaginaba a mi padre haciéndolo. Me preocupaba que tal vez quisiera exterminar a Dios, aunque como decía que no existía… Cosas de mayores.

A pesar de tantos impedimentos y rechazos cuando le hablaba de mis asuntos religiosos, tenía intención de luchar para lograr mi sueño, aunque fuera en solitario. A Dios no le importaba la edad de los niños para que pudieran recibir la primera comunión, y no se dedicaba a comprobar los DNI con la frecuencia con la que lo hacía la Policía Armada en la calle, con mayor insistencia tras la muerte de Franco unos meses atrás. Desde entonces, mi padre era presa de la alteración. Pasaba poco tiempo en casa y, cuando estaba, hablaba por teléfono con frecuencia.

–No será conferencia, ¿verdad? –le preguntaba mi madre en cuanto lo veía con el auricular en la mano.

Era una pregunta recurrente de la que yo tampoco me libraba. Mi madre interpretaba que el contacto de mi mano con el auricular significaba iniciar una conferencia, que pretendía hablar con alguien que vivía en lugar muy lejano. Pero yo no conocía a nadie que viviera más allá de cuatro calles. Ella tenía que saber que mis llamadas no eran conferencias. Lo preguntaba obsesionada por la condición comunista de mi padre, temerosa de que pudiera hablar con Rusia, con Cuba o con China. Yo solo llamaba a Sancho y al padre Javier, mis apoyos en la lucha por hacer esa primera comunión que nunca llegó a celebrarse, a la que no renunciaba a pesar de su condición de sueño imposible.

Los nervios afloraban y se hacían visibles en casa y en el colegio. Los profesores hablaban en los pasillos con más frecuencia de lo habitual y cuchicheaban entre ellos, al igual que mis padres. Era lógico: España atravesaba un momento delicado. Yo era solo un niño, pero mi edad no me impedía entender lo que ocurría en las calles. Tal vez en otros compañeros la niñez corría pareja a la inocencia, al manto protector de sus padres. En mi caso no existía ese manto. A los míos no les importaba hablar de política, demasiado, en voz alta y a gritos en ocasiones, sin valorar que yo estuviera presente o atrincherado en mi habitación, sin que la puerta consiguiera detener los problemas. A su vez, durante las comidas y las cenas, momentos propicios para una unión familiar que no existía, no había confidencias. Yo creía que éramos una familia, sobre todo tras encontrar en un cajón de la mesita de noche de mi padre una especie de libreta. En la portada aparecía muy claro: LIBRO DE FAMILIA, y en el interior nuestros nombres y otros datos. En más de una ocasión lo llegué a sacar del cajón. Lo colocaba junto a la lámpara de noche con la esperanza de que mi padre recordara que éramos algo más que un libro, que se diera cuenta de que su hijo era algo más que un simple nombre escrito en una página. No había tiempo para preguntas y respuestas que un padre entregado compartiría con un hijo. Era un hombre de contrastes, y pasaba de un monólogo descontrolado a un silencio desgarrador. Mi madre toleraba su comportamiento para poder disfrutar de una vida apacible.

***

En clase de religión nos hablaban del infierno, el padre Javier hablaba del infierno. Si las almas que acababan en él representaban la maldad de los hombres, el infierno se había instalado en España durante la última semana de enero. Mi álbum quemaba entre las llamas provocadas por noticias repletas de odio y de muerte. Los enfrentamientos entre la extrema izquierda y la extrema derecha, los asesinatos, las explosiones… una condena directa al infierno. El domingo, 23 de enero, en un día de descanso, parte de la población asistía a misa, mientras otra se manifestaba para defender sus ideas, como Arturo Ruíz, un estudiante que moría a manos de unos pistoleros ultras de derechas. España estaba condenada a sufrir la tristeza y el miedo provocado por las minorías que detestaban la democracia. Al día siguiente, lunes 24, se producía un nuevo secuestro: el del teniente general Emilio Villaescusa, una vez más por un comando del grupo terrorista GRAPO, los mismos que tenían secuestrado a don Antonio Oriol. Para mi lamento, don Antonio ya no era mi única preocupación, y al entrar en la despensa y permanecer a oscuras compartía aquel espacio con dos rostros. Al general lo habían secuestrado a las diez menos veinte de la mañana. Me horrorizaba imaginar qué pensaría yo si me avisaran en el colegio y me hicieran salir antes de tiempo para decirme que mi padre había sido secuestrado. Imaginar dónde podría estar, qué estaría comiendo, si tendría una cama para dormir, un baño para hacer sus necesidades, si estaría pensando en nosotros. El día 24 era un día para pintar de negro en el calendario, y no solo por el secuestro. A las doce y media de la mañana, en una manifestación convocada por la muerte el día anterior del estudiante Antonio Ruíz, otra estudiante, Mari Luz Nájera, moría por un bote de humo lanzado por la policía. Pero el día 24 no tenía fondo, y estaba condenado a convertirse en un pozo negro de destrucción y muerte, en el que España y los españoles podían ahogarse. A las once menos cuarto de la noche de ese 24 de enero, de un 1977 «esperanzador», varios ultras de derechas entraban en un despacho de abogados laboralistas, en Madrid, empuñando pistolas. Empezaron a disparar contra ellos, sin compasión, como muestra de un odio capaz de truncar la esperanza de España. Cuatro de ellos muertos y cinco heridos. De la noticia me enteré en la mañana del día 25, al ver a mis padres y a mi hermana envueltos en el llanto, como nunca los había visto. Yo no sabía lo que ocurría, pero me contagiaron sus lágrimas. Lloraban por los abogados, por sus mujeres, por sus hijos, por sus padres. Lloraban porque España y los españoles estaban a punto de colapsar, porque algunos malvados, un día unos y otro día otros, de extrema izquierda y de extrema derecha, querían acabar con la paz que Adolfo Suárez pretendía.

Portada de El manifiesto Madelman de Eloy Gayán
Portada de El manifiesto Madelman de Eloy Gayán

Eloy Gayán (Oviedo, 1964). Profesor de universidad y escritor. Es autor de tres novelas: Las damas silenciosas (2017), Un puente a Peulla (2020), ¡A extremo! (2022). En 1993 se doctoró en Derecho en la Universidad de Oviedo. Ese mismo año se trasladó a la Universidad de A Coruña, en la que sigue ejerciendo labores docentes e investigadoras, como profesor titular, en la facultad de Derecho. Fue decano de dicho centro entre los años 2005 y 2013.


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