En la barra del Metropolitan
Adentro de la sala toca King Crimson, ¿qué le queda hacer a este escritor abúlico? beber en la barra del Metropolitan

Adentro de la sala toca King Crimson, ¿qué le queda hacer a este escritor abúlico? beber en la barra del Metropolitan

Por Carlos Bortoni
Ciudad de México, 14 de octubre de 2025
para Karl García Ruiz
Abandoné la sala del Teatro Metropolitan en algún momento entre la tercera y la cuarta pieza con la que King Crimson empezó su concierto. Los letreros de papel, pegados en las puertas de la sala, en los que se leía, “a partir de este punto se pide silencio y queda estrictamente prohibido el uso de dispositivos móviles”, me hizo sospechar que no soportaría mucho tiempo en aquel lugar. Cruzar la puerta que conecta el recibidor con la sala, me hizo confirmarlo. El concierto acababa de empezar, yo estaba ahí porque me habían invitado y no tenía ninguna expectativa, el primer piso del Metropolitan estaba lleno –asumo que el segundo también– los espectadores sentados, disfrutando silenciosamente, místicamente, como si un ángel traspasara su corazón con una lanza de fuego, el repertorio. Ocupamos nuestros lugares e intenté comentar algo con mi acompañante –el mismo que me había invitado para demostrar que el progresivo es mejor que el punk. De inmediato, la gente a mi alrededor me mandó a callar. Reí en silencio y saqué mi teléfono para revisar un mensaje. De inmediato, un guardia de seguridad se acercó para pedirme que lo guardara. Lo mismo sucedió dos o tres veces más, quise comentar algo y me pidieron silencio, tomé mi teléfono y me exigieron guardarlo. Voy por un trago –le dije a mi amigo. ¿Quieres algo? –pregunté. Nada –respondió. Regresé al recibidor, me recargué en la barra y ordené un vodka derecho –Sin hielo –dije. Me quedé bebiendo vodka el resto del concierto, platicando con el barman y revisando mi teléfono de vez en cuando, no tenía caso regresar a la sala.
