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Tijuana, Baja California, 18 de junio de 2025 (Neotraba)

No quiero sermonear a la gente para que cocine,

quiero atraerla a la cocina con placer. Así llegué yo a la cocina.

Michael Pollan

Leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad.

Gabriel Zaid

Después de muchas promesas, hace nueve meses finalmente me retiré de la actividad laboral. Supongo que conforme envejezco pierdo facultades y es altamente factible que mis neuronas se hayan vuelto escasas y lentas, provocando que no tarde en comenzar a hacer pendejadas o que ya las estuviera haciendo. En este último caso, era muy probable que mis compañeros de trabajo evitaran decírmelo para no lastimar mis sentimientos. Como no pensaba ser corrido de mi trabajo por pendejo, eso sí que no, decidí apresurar mi retiro.

Con excepción del salario, nada de lo que acontecía en mi ámbito laboral me detenía para aplazarlo. La actividad que desempeñaba era rutinaria y aburrida, las horas nalga se habían multiplicado exponencialmente, la autoridad cada vez era más básica, predecible e incompetente, el espacio de trabajo más ignominioso y las amistades las podía seguir cultivando aún retirado.

Durante los nueve meses que llevo retirado me di cuenta de que no había hecho un plan para el retiro. No me refiero a andar invirtiendo dinero que no tengo y, aunque lo tuviera, los pinches bancos no me darían nada de ganancias. Tampoco me refiero a practicar deportes, esto conlleva una alta probabilidad de que me acalambre a cada rato, que mis huesos frágiles se quiebren o que mi débil y destrozado corazón sufra un infarto. Proponerme hacer una huerta sería un despropósito, ya que requeriría agacharme y, si lo hago, correré el riesgo de no poder erguirme de nuevo. Lo único que podré hacer es caminar con mucha precaución para no perder los pocos dientes que me quedan si me llego a caer cuando el piso esté disparejo.

A partir de esas consideraciones decidí que leer y cocinar –y comerme lo que cocine por supuesto– serán las actividades a las que me dedicaré principalmente. Leeré para colaborar a que no se haga realidad el vaticinio que, en 1993, hizo Ray Bradbury en el prólogo de Fahrenheit 451: En el futuro no hará falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Cocinaré para preparar mis platillos favoritos, ya que no dispondré de dinero suficiente para ir a gastar en restaurantes o puestos callejeros. Además, como soy un tragón irremediable no quiero caer en la tentación de alimentarme con productos ultraprocesados. Ambas me producen placer, las disfruto casi de la misma forma y, ya retirado, tendré tiempo suficiente para practicarlas.

Estoy de acuerdo con Hanz Magnus Enzensberger en su afirmación de que “la lectura es un acto anárquico, absoluta libertad del lector, contra el autoritarismo de la tradición crítico–interpretativa”. Actualmente, sigo leyendo lo que me atrae, independientemente de las recomendaciones que hagan las librerías, las editoriales o mis amigos lectores.

De la misma forma me inclino por el anarquismo gastronómico, que cada quien coma lo que pueda o lo que quiera, dependiendo de su ingreso, de lo que tenga a su disposición, de sus costumbres y de sus gustos, sin prejuicios. Siempre que veo un platillo que desconozco, independientemente de su aspecto o de su origen, primero lo pruebo y después opino.

Cuando de lectura y comida se trata, me considero más un explorador que un sedentario, más un defensor que un fiscal.

Conozco algunos que dicen que solo leen si el texto los conecta con sus experiencias vitales o dejan de hacerlo porque algún autor no es su tipo de literatura. Creo que son unos mentirosos y que solo buscan una excusa para no leer. También conozco mentirosos que dicen que algún platillo les disgusta aunque no lo hayan probado. No es posible saberlo sin probar.

Mientras hacía mi plan de retiro encontré que la literatura y la cocina son actividades que comparten un sinnúmero de analogías, incluso han hecho maridaje, y tienen diferencias que podrían no serlo. Siempre estoy buscando esos paralelismos entre ambas. Intentaré explorarlos sin otra pretensión que evidenciarlos y, en una de esas, convencer a quienes pueda para que cocinen sus alimentos y lean con placer.

Fotografía de Amirali Mirhashemian Unsplash
Fotografía de Amirali Mirhashemian Unsplash
Las analogías

Entre todas las semejanzas que tienen la literatura y la cocina, desde mi punto de vista, la principal es que ambas han provocado cambios significativos en el desarrollo del ser humano.

Según Yuval Noah Harari, es posible que algunas especies humanas hayan hecho uso ocasional del fuego hace 800,000 años, aunque su utilización cotidiana se generalizó hace unos 300,000, cuando lo domesticaron. Con el fuego domesticado, los humanos pudieron protegerse, tener luz, calor, y se convirtieron en la especie animal dominante, pero lo más importante fue que les permitió cocinar, domesticaron los alimentos. Inició la cultura de la cocina. Al dedicar menos tiempo en comer y con una mejor digestión, su tracto intestinal se acortó y su cerebro creció.

Según algunos historiadores de la literatura, entre ellos Jesper Svenbro, Bernard Knox y Guglielmo Cavallo, los primeros textos escritos en tablillas que se leyeron en el mundo occidental, datan del siglo V a.C. Mediante signos se representaban hechos y cifras, que no existían en el lenguaje hablado. Esas lecturas eran silenciosas. Después, con la escritura en rollos, se transformaron en lecturas en voz alta. En ambas etapas, el acceso estaba restringido a nobles, expertos e ilustrados. Fue la aparición de la imprenta, cuando se convirtió en una práctica generalizada, habitual y consolidada, el detonador que la convirtió en el principal instrumento de culturización que poseía el hombre.

La obsolescencia de obras literarias antiguas, así como de recetas de cocina es otra semejanza que encuentro. Se perdieron con el tiempo. En mi experiencia, es difícil encontrar lectores de nueva generación que consuman literatura, ya no antigua, sino de mediados hasta el final del siglo pasado. Igualmente, es difícil encontrar comelones, ya no de comida preparada con recetas antiguas, sino simplemente casera.

No estoy seguro si la obligatoriedad sea otra similitud entre la literatura y la cocina. En mi caso, durante mi niñez y parte de mi adolescencia fui obligado a leer textos de los cuales casi no recuerdo nada, y a comer algo que hasta la fecha se me atora en la garganta.

Recuerdo que, de niño y adolescente, mi madre nos sentenciaba a mis hermanos y a mí: Cómetelo o te lo meto por lavativa. Con esa advertencia, no quedaba de otra que comernos lo que cocinaba, aunque no nos gustara. Entre las cosas a las que nos forzaba, estaba tomar un vaso de leche antes de ir a la escuela, mismo que después vomitábamos. Además de que lo hacíamos por obligación, el efecto didáctico resultó contraproducente. A la fecha no puedo beber leche sola y desconfío, por asociación, de los líquidos de color blanco.

El disfrute de la comida debe pasar por la libertad de elegir qué comemos y qué nos gusta. No estoy seguro de que los platillos que hoy son mis favoritos sean los que más me gustaron la primera vez que los probé. De lo que sí estoy seguro es que quien me los haya ofrecido me los supo vender describiendo el sabor que tenían y verlo como los disfrutaba. Actualmente, si después de probar un platillo me gusta o no, es mi decisión. Tragón he sido siempre, lo que se evidencia con mi complexión robusta –eufemismo de gordo.

Algo similar me pasó con la literatura. Cuando cursé la secundaria, los maestros de biología o física nos hacían leer por obligación textos que memorizamos, pero que no entendíamos y en poco tiempo olvidábamos. Los maestros de literatura universal o hispanoamericana –no sé si aún existan esas materias–, también nos hacían memorizar textos. Si no lo hacíamos reprobábamos la materia.

Entiendo que en la escuela uno no puede elegir las lecturas, sin embargo, tal vez si mis maestros me hubieran convencido de lo valioso de los textos que me obligaban a leer, los habría leído con gusto y me acordaría de ellos.

Otra semejanza que observo es la cantidad de críticos literarios y gastronómicos, supuestamente eruditos y expertos, que existen en la actualidad. No tengo dudas de la existencia de expertos en ciencias exactas o en ciencias sociales quienes, como producto de sus observaciones, promulgan principios y leyes, no juicios de valor. Pero a los de literatura y cocina, ¿quién les otorgó esa categoría de expertos? ¿Basados en qué? ¿Realmente sus gustos son mejores que los del resto de la población? Sus opiniones son subjetivas y no son otra cosa que sus propios gustos. La mayoría de ellos no escriben ni cocinan, pero cómo chingan.

Además, son elitistas, ya que su supuesta erudición, así como los destinatarios de su crítica están en la esfera de la exclusividad. Tienen una visión limitada y desdeñosa. En el caso de los textos, casi siempre se refieren a lo que ellos mismos llaman “alta literatura”, menospreciando o de plano ignorando, todo lo que no cumpla con sus estándares. En el caso de la cocina, su juicio se centra en restaurantes de “alta cocina”, manejados por chefs galardonados, ignorando al resto de los guisanderos. Ni qué decir de los pagados para hablar bien o mal de una obra literaria o de los platillos de una cocina.

La forma en que calificamos tanto las obras literarias como lo que alguien cocina es otra similitud. Les atribuimos nociones personales, propias de nuestras costumbres y hábitos. Nos convertimos en jueces subjetivos con veredictos inapelables. No aceptamos mediaciones: está bueno o está malo, punto.

Hace unos días una de mis hijas me compartió de su comida. Era un teriyaki mixto: pollo, carne de res y camarón. He aquí el diálogo.

–Hija, dime dónde compraste esto para no ir nunca.

–¿No te gustó? ¡Está riquísimo!

–Está horrible, no sabe a nada, el arroz parece engrudo, la carne está dura, el pollo tiene textura de hot cake y los camarones han de ser sintéticos.

–Papi, has de tener COVID y ya perdiste el gusto.

La distancia entre riquísimo y horrible es amplísima, es una expresión de la diversidad de paladares. Todos tenemos sentido del gusto, pero lo percibimos de distinta forma. Lo adecuado sería decir: a mí no me gustó.

Hace treinta años leí Casi el paraíso del escritor mexicano Luis Spota. Esa novela me pareció maravillosa. Según mi apreciación, es de lo mejor que ha escrito un mexicano. Al concluir la lectura fui con un amigo que se las daba de conocedor de literatura, le comenté lo mucho que me había gustado y cometí la estupidez de recomendársela. Va la perorata.

–¡No mames!, cómo andas leyendo esas pendejadas, eso no es literatura, es pura basura. Ese cabrón no sabe escribir, es un periodista mediocre.

Igual que en el caso del teriyaki, la diferencia entre maravillosa y basura es inconmensurable. Es la expresión de nuestro gusto por lo que leemos. No deberíamos descalificar ninguna lectura en tanto que podríamos perder a potenciales lectores de los pocos que quedan.

De todas, la similitud más cercana que tienen la lectura y la cocina es, tal vez, la forma en que se han desarrollado. Con excepción de los nativos de pueblos que no han sido absorbidos por la “civilización”, ningún otro puede decir que su cocina es ancestral y auténtica. Seguramente las primeras tablillas del siglo V a. C, no estaban influenciadas por otras, pero eso no se puede decir de ningún texto salido de la imprenta.

Cuando los italianos dicen que la pizza es auténtica de su país, se olvidan de que, al menos, el trigo, el jitomate y las especias con las que se confecciona, son originarios de la antigua Mesopotamia, de América y del sur de Asia. Es igual cuando los mexicanos presumimos la autenticidad de nuestra comida. Se nos olvida también que muchos de sus ingredientes son originarios de otras regiones del mundo. Los tragones como yo, no pensamos en la autenticidad de lo que comemos, simplemente buscamos que la comida sea deliciosa para disfrutarla.

Al momento en que alguien se refiere a la literatura a partir del lugar de nacimiento de un autor, confunden su nacionalidad con el texto que escribe. Sin importar de qué país sean oriundos, sus obras son producto de lo que han vivido, leído, oído o visto. Otros autores de épocas, circunstancias, nacionalidades diversas a la suya, otras culturas diferentes, así como opiniones divergentes, constituyen los ingredientes de sus textos. El lector se sumerge en su contenido, quiere disfrutar la historia, no piensa en la nacionalidad del autor.

Tal vez la forma en que, con el paso del tiempo, percibimos una obra literaria o un platillo sea otra analogía. Supongo que el contexto, el estado de ánimo y la edad, son condiciones que modifican el gusto.

Buena parte de las lecturas que me fascinaron cuando era más joven, al volverlas a leer ya no me provocaron el mismo hechizo. Eso no significa que hayan perdido su valor como obras literarias, ese es perenne.

Igualmente, los platillos que eran mis favoritos en otras etapas de mi vida fueron desplazados por otros nuevos. No recuerdo si las papillas que me dieron cuando era niño me encantaban. En caso de que así haya sido, estoy seguro que ahora no las disfrutaría igual.

Fotografía de Maarten Van Den Heuvel a través de Unsplash
Fotografía de Maarten Van Den Heuvel a través de Unsplash
El disfrute

Puesto que soy un hedonista, encuentro placer afín cuando leo y cuando como. Al leer espero un vuelo mágico al ensoñamiento. Al comer espero el efecto ratatouille, la sublevación de los sentidos.

La lectura es una práctica mayoritariamente individual, en silencio. El goce es íntimo. Recuerdo la emoción, que no compartí con nadie, al leer Espartaco de Howard Fast, cuando los esclavos se chingaron al ejército romano y, después, la tristeza cuando se los chingaron a ellos. También recuerdo que fue tal mi excitación al leer Justine del Marqués de Sade, que hasta me masturbé.

Si bien he leído en el transporte público, en la sala de espera de algún aeropuerto, cuando cago o cuando me están boleando los zapatos, prefiero ponerme cómodo, servirme una cerveza, un trago o un café, y leer sin distracciones.

La comida también puede ser un acto íntimo, concepto reservado, según yo, a los tímidos que no pueden socializar o a los codos que no quieren gastar. Sin embargo, es una práctica abrumadoramente social. Comemos en familia, con amigos, con compañeros de trabajo, con el o la amante. Los sabores nos hacen gesticular delante del otro. El goce es compartido.

He comido en puestos de comida callejeros, en locales de comida rápida y hasta en el cofre de mi automóvil. Pero eso sí, cuando sé que voy a comer comida casera o de un restaurante que prepara platillos que me gustan, habrían de verme. Me pongo de buen humor, siento un cosquilleo en mi boca, salivo y abro los ojos al máximo. Con la comida no he llegado a masturbarme, pero confieso que desde siempre he practicado la gula, placer que para el cristianismo es igual de pecaminoso.

Fotografía de Lily Banse a través de Unsplash
Fotografía de Lily Banse a través de Unsplash
El maridaje

Que yo sepa, la literatura y la cocina han estado en maridaje, cuando menos, desde la aparición de la imprenta. Desconozco cuántos libros han sido escritos por cocineros para dar a conocer sus creaciones culinarias. Recuerdo que en el librero de casa de mis padres había cuando menos diez. Tenían pasta dura y cientos de páginas. Contenían innumerables recetas que mi madre utilizaba para preparar algunos platillos. A mí me gusta cocinar y como no soy creativo, recurro a las recetas en libros de cocina que tengo. Otras las busco en Internet, donde puedo ver todo el proceso de preparación.

Además de los libros especializados en recetas de cocina –algunos de los más recientes rescatando platillos ancestrales–, varios cocineros de todo el mundo han escrito sobre su experiencia en el oficio. A mí me encantó Confesiones de un chef del cocinero estadounidense Anthony Bourdain, en el que incluyó sus experiencias como guisandero y aspectos de su vida personal.

La aparición de la comida en los textos literarios es más común de lo que pareciera. Una buena cantidad de novelas que he leído hacen referencia a la cocina e incluso contienen recetas. La primera que se me viene a la mente es Como agua para chocolate, de la escritora mexicana Laura Esquivel. Contenía recetas de cocina mexicana de la época en que estaba situada la historia e incluía frases maravillosas al respecto:

A Tita se le escuchaba llorar ya desde el vientre, cuándo nació lloraba y lo único que la calmaba era el olor a sopa, por eso siempre estaba con Nacha, la cocinera.

De escritoras tijuanenses leí Las hijas de la cerveza de Angélica Labrada, cuya trama está situada en un burdel de Tijuana. En alguna parte hace alusión a la preparación de cerveza artesanal:

El primer pretexto fue que no había los ingredientes necesarios: malta, lúpulo y levadura; nadie, salvo él, había escuchado antes esos nombres. No sabían cómo eran o en dónde se conseguían. Aun así, Juana, con mucha firmeza, le pidió que fuera a conseguirlos, pero él se carcajeó de buena gana: no podía creer que la mujer pensara que los encontraría por ahí en cualquier mercado, entre los jitomates y las cebollas.
Fotografía de Ahmed a través de Unsplash
Fotografía de Ahmed a través de Unsplash
¿Menos lectores y menos cocineros?

He visto varias publicaciones que expresan que la cantidad de lectores en el mundo ha venido disminuyendo. Puesto que soy un escéptico, me puse a investigar al respecto. Descubrí que casi ninguna de las investigaciones da a conocer la metodología que usaron ni cuál es su definición de lectura. Además, en caso de que sus resultados sean ciertos, no ahondan en el porqué de la disminución, solo utilizan lugares comunes para explicarlo: disponibilidad masiva de internet y de plataformas con servicio de streaming. ¿Acaso en internet no se lee?

En el caso de México, en 2024 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), dio a conocer los resultados del Módulo de Lectura (MOLEC), con el cual se mide “la forma en la que una persona representa y practica la lectura en el contexto de la cultura escrita que lo acoge”. Incluye libros, revistas, periódicos, historietas, páginas de internet y blogs.

En síntesis, los datos expresan que cada vez hay menos lectores, que la capacidad de comprensión ha disminuido progresiva y exponencialmente y que se ha perdido el hábito de la lectura. No dudo que esos resultados sean ciertos, sin embargo, es probable que las preguntas, como sucede con casi todas las encuestas, tengan un sesgo.

Me declaro desconfiado de la mayoría de esos resultados. Lo único que puedo afirmar es que, de mi círculo familiar, laboral y amistoso, los que tienen entre 18 y 40 años, con singulares excepciones, no leen absolutamente nada.

De entre los pocos lectores que encontré, me sorprendió la afición de algunos jóvenes a las mangas, que son historietas japonesas. Hace cuatro años asistí a la presentación de un libro en el Centro Cultural Tijuana (CECUT). En la explanada había una feria de esas obras, con muchos asistentes, en su mayoría jóvenes, que, inspirados en los personajes de esas historietas, se vestían como ellos. Las califiqué –eufemismo de me puse mamón– como obras sin valor literario, con un sesgo similar al de los supuestos críticos literarios.

Después de que me cayó el veinte y me percaté del error que cometí, recordé que no fueron Shakespeare, Joyce, Faulkner, Unamuno, Sor Juana, Camilo José Cela, Pérez Galdós ni Paz, los que me incitaron a leer por placer. Me hice lector en los años sesenta, cuando cursaba la secundaria, con lecturas furtivas. Durante las clases, aprovechando su tamaño, escondido entre las páginas de algún libro de biología, física o historia, leía con placer y con pasiónlas Novelas del Oeste del escritor español Marcial Lafuente Estefanía. También recuerdo que mi madre compraba cada mes una revista de nombre Vanidades. Entre sus páginas, siempre venía una novela de Corín Tellado. Me la chutaba cada vez que se publicaba y también me encantaba.

Sin los textos de esos dos autores, probablemente no me hubiera interesado conocer a otros. Mis padres, al darse cuenta de que me gustaba leer, me compraron mis primeros libros: Aeropuerto 1964 de Arthur Hailey y Cien años de soledad de García Márquez.

En caso de que sea cierto que la cantidad de lectores haya disminuido, seguramente existen varios factores que inciden en esa disminución. De entre todos ellos, considero que uno de los más importantes es el precio que tienen los libros. Están fuera del alcance de la mayoría de la población. Con mi nivel de ingreso actual puedo comprar algunos nuevos, ya sea impresos o digitales, pero confieso que, en ocasiones, he mandado a chingar a su madre al autor y a la editorial porque considero un abuso lo que cuestan las obras. Ni siquiera los libros viejos o usados son baratos.

Considero que la lectura no satisface una curiosidad puntual sino una necesidad más profunda y esencial en el ser humano, llámese libertad, sueños, esperanzas o simple entretenimiento. Si un libro impreso o digital te cuesta más de lo que necesitas para completar el alquiler de tu casa o para comprar las tortillas, pues ya no lo compras.

También he visto datos que señalan que el número de personas que escriben ha crecido, lo que sin duda es relativamente cierto. También lo es el que haya aumentado la población. Sin embargo, su ritmo de crecimiento ha disminuido desde finales del siglo pasado. No cuento con datos al respecto, pero me aventuro a decir que algunos de los que escriben, tampoco leen.

En el caso de la comida, el glamour mediático de los cocineros y reality shows televisivos, que tuvieron auge a finales del siglo pasado e inicios del actual, fueron los que propiciaron que algunos jóvenes decidieran estudiar gastronomía. A mí, que me encantaban y no me los perdía, me acrecentaron el gusto por cocinar.

Tal vez en las escuelas de gastronomía se hayan formado un grupo de cocineros, a costos de colegiatura que solo pueden pagar muy pocos. ¿Cuántos serán? ¿Cientos? ¿Miles? Por la publicidad que reciben parecería que cada vez hay más. Por más que sean, no se compara con la cantidad de personas que cocinaban hace cincuenta años. Además, muchos de los recién egresados de esas escuelas se sienten chefs sin haber practicado lo básico en una cocina de restaurante.

De acuerdo con Michael Pollan, escritor y periodista estadounidense, estudioso de los impactos socioculturales de la comida, “los alimentos ultra procesados, según su publicidad, eliminaron el fastidio de la cocina. Cocinar es, según esa publicidad, difícil, requiere de mucho tiempo y ensucia mucho”. Es de doñas, dicen los jóvenes actualmente. A esta reflexión yo agregaría la masiva disponibilidad de comida rápida.

Tal vez el alto precio de los alimentos naturales, así como la oferta de productos chatarra de bajo costo, también haya propiciado que se cocine menos.

Fotografia de Charles Etoroma a través de Unsplash
Fotografia de Charles Etoroma a través de Unsplash
Las diferencias que podrían no serlo

Una de las diferencias que encontré entre la lectura y la cocina, es la difusión que ambas reciben.

En el caso de la cocina, por todos los medios se difunde y promociona la que existe en todo el mundo, con una creatividad sorprendente. En Internet, los cocineros comparten sus recetas sin empacho, sin importarles si no es de la calidad de un restaurante con estrellas Michelin. En casi todos los programas de televisión abierta hay una sección dedicada a la cocina.

La literatura, en cambio, tiene una promoción escasa, además de poco creativa. Solo escucho las quejas por parte de los creadores, de los dueños de las editoriales y de las librerías, culpando al Internet y al streaming, de la baja en sus ventas, pero sin aprovecharlos como medios para su difusión. Ahora, como está de moda echarle la culpa a la pandemia por todos los males, algunos también dicen que por su culpa venden menos libros.

Netflix tiene una gran cantidad de series y documentales relativos a la cocina y comida de todas partes del mundo. Desde la ancestral hasta la moderna y creativa que han emprendido cocineros chingones de todas las nacionalidades. Siempre que los he visto, me han parecido magistrales, me han provocado ganas de cocinar los platillos que presentan y de viajar, solo a comer, a varias partes del mundo.

En esa misma plataforma, fuera de algunas series y películas basadas en alguna novela o que hablan de la vida de un escritor, todavía no encuentro una sola dedicada a la literatura y a la lectura. Si existen, deben ser muy pocas comparadas con las de la cocina. En televisión, solo he visto el programa dominical “La otra aventura”, donde el escritor Rafael Pérez Gay promueve la lectura.

Es frecuente que cuando queremos ver a alguien, ya sea para chismear, para discutir, para tratar algún asunto de negocios o para contarle nuestras desventuras, le digamos: te invito a comer. Creo que es prácticamente improbable, al menos yo no lo he hecho, que invitemos a alguien a leer.

La forma en que podemos disponer de la comida y de las lecturas es otra diferencia que encuentro. Soy un convencido de que mientras más al alcance nos pongan las cosas, más nos interesaría explorarlas.

La comidatiene mucha calle. Por dónde camine cualquier habitante de este planeta, podrá encontrar puestos callejeros y restaurantes de comida diversa. Los guisanderos la exhiben orgullosos, la presumen, invitan a sus probables comensales y, en los mercados, incluso les dan a probar. Los excitan. Está disponible tal oferta gastronómica que en ocasiones uno no sabe cuál escoger.

Buena parte de las pláticas que tengo con mis familiares, amigos y compañeros de trabajo, versan sobre la comida. Recreamos los platillos. Hasta hacemos competencias, cada quien tenemos nuestro puesto o restaurante favorito. Es el mejor, decimos cada uno. También surgen invitaciones a esos lugares para corroborar que lo que decimos es cierto. A pesar de la diferencia de gustos hay camaradería gastronómica. ¿Verdad que está muy rico?, preguntamos afirmando.

En cambio, los libros están confinados en librerías y en bibliotecas. En diversas ciudades de nuestro país se realizan ferias anuales en recintos también confinados. Es prácticamente imposible encontrar promotores de la lectura. No hay para probar, solo están los mercaderes de las editoriales y de las librerías que exhiben los libros y esperan sentados en la caja para cobrar los que vendan que, según ellos, son muy pocos. Cuando en esos eventos se presentan libros de autores no consagrados, solo acuden sus familiares, amigos, otros escritores, y uno que otro despistado que anda por ahí. De lecturas, solo platico con mis compañeros de los talleres de literatura y con mis viejos amigos lectores.

Si la memoria no me falla –cosa bastante improbable a estas alturas–, hace aproximadamente diez años estaba en la central de autobuses de Tijuana, esperando abordar uno con destino a Hermosillo, cuando un individuo que simulaba estar barriendo comenzó a cantar un aria. Era un cantante de ópera disfrazado. Enseguida, otros hombres y mujeres lo acompañaron formando un coro maravilloso. El silencio de todos los que estábamos allí, era la evidencia de que habían logrado captar nuestra atención. Todos aplaudimos cuando terminaron de cantar.

Yo nunca había visto una ópera hasta el día que una amiga me invitó a un evento denominado “Ópera en la calle”. No sabía que ya llevaban algunos años de escenificarse esas obras musicales en la colonia Libertad de Tijuana. Me impresionó la cantidad de personas de diversos estratos sociales que asistieron y lo lleno que estaba el escenario improvisado donde presentaron óperas durante toda la tarde y parte de la noche.

La representación se hacía en el idioma original de la obra, pero en la parte superior del escenario había una pantalla donde aparecían los subtítulos en español. Eso era parte del atractivo: provocaba sonrisas o lamentos del público. Supongo que solo cuando los músicos, solistas, coro y directores de esa representación teatral salieron a la calle, provocaron tal admiración por ese arte que lograron captar a una audiencia que de otra manera nunca hubieran alcanzado.

Fotografía de Colin Meg a través de Unsplash
Fotografía de Colin Meg a través de Unsplash
Spoilear o guardar el secreto

Es altamente probable que lo que voy a decir no lo compartan la mayoría de los escritores. Estoy en contra del “pavor al spoiler. Confieso que ese término, que significa revelar la parte sustancial de una trama, de un libro o una película, lo conocí apenas hace cuatro años cuando inicié mi participación en un taller de literatura.

He visto películas y leído libros incluso después de conocer toda su trama. A veces, al escuchar de qué trata la historia me emociono tanto que siento el deseo de verla o leerla yo mismo. También he revivido otras, no solo por lo mucho que me gustaron, sino porque quiero explorar cosas distintas de las que percibí la primera vez.

Una compañera de mi trabajo, de 28 años, me comentó que cuando era niña, su madre le leía antes de dormir. Aunque conociera la historia completa, después le daban ganas de leer el libro. Así, según me dijo, se hizo lectora. A mí lo que más me gusta del programa de Rafael Pérez Gay, es que spoilea los libros que promueve. Nos desvela la trama. Gracias a eso, he leído varios de los que ha presentado.

Hace unos tres años, Alberto García Zatarain, compañero de un taller de literatura, tuvo la gentileza de invitarme a presentar su libro de cuentos El fistol de Moriarty. Durante mi participación en el evento lo que hice fue spoilear cada una de sus historias. Obviamente no conté el final. Pensé que esa era la forma de provocar a los asistentes para que lo leyeran. No sé cuántos libros vendió ese día. De lo que sí me acuerdo es que más de uno se formó para que se lo dedicara y no recuerdo que alguien hubiera protestado por mi “imprudente” atrevimiento. A la fecha, Alberto no me ha reclamado.

En otra ocasión, el escritor Juan José Luna, también me hizo el honor de invitarme a presentar, junto con Ivette Landeros, su libro El origen de las cosas. En esa ocasión tuve que contenerme, pues mi imprudencia, aunque no tenía pensado contar el final, causó la incomodidad del autor y el reclamo de alguno de los asistentes: ¡Para qué la compro, si ya me la contaste toda!

Recientemente fui a comer con unos amigos a un restaurante de comida hindú en Tijuana. Dado nuestro desconocimiento acerca de los platillos que ofrecían en la carta, le pedimos al mesero que nos explicara qué contenía uno de ellos. Fue por el cocinero, quien nos detalló sus ingredientes y, además, nos explicó el procedimiento para cocinarlos. Sin ese spoiler, no hubiéramos sabido qué escoger.

Fotografía de George Dagerotip a través de Unsplash
Fotografía de George Dagerotip a través de Unsplash
Éxodo

Gracias a que he conocido muchos lugares distintos a donde nací, he disfrutado de textos maravillosos y comidas exquisitas. Ahora puedo decir que no tengo un gusto, sino que tengo muchos gustos. Soy más un turista que un habitante de la literatura y la cocina.

Soy parte de la diáspora que habita en Tijuana, de no haber sido adoptado por esta tierra es probable que no hubiera conocido la diversidad gastronómica que existe actualmente aquí. Tampoco hubiera leído a tantos y magníficos escritores de origen, o por adopción, tijuanenses.

Estoy convencido de que esta diáspora, además de que trajo consigo platillos originarios de muchas partes del mundo, enriqueció la cocina local y amplió el gusto de los nativos. Ahora hay menos recelo con la comida que llega de otros lares, es aceptada e incluso adoptada. Es el mismo caso con la creación literaria. Los autores que vinieron de fuera influenciaron la creación literaria local y se enriquecieron con lo que absorbieron de esta tierra. Yo no hubiera escrito esto si no hubiera venido a Tijuana, es producto de la información y las influencias que he recibido.

En ocasiones entro a una librería para comprar un libro que me recomendaron o de un autor que ya he leído. Otras, para explorar y llevarme el de un autor desconocido para mí. Tanto en una, como en otra, me he llevado grandes satisfacciones o grandes decepciones.

Para comer, he probado las creaciones gastronómicas de cocineros en restaurantes de postín, pero también las preparadas por guisanderos en una fonda de comida casera o en un puesto callejero. Sin importar dónde las probé, algunas me parecieron exquisitas y otras no las volvería a comer.

Creo que todas las cosas que nos separan desaparecen cuándo comemos un platillo o leemos un libro.

Fotografía de Jarritos a través de Unsplash
Fotografía de Jarritos a través de Unsplash
El futuro como lector y cocinero

Conforme fui escribiendo este texto me di cuenta de que mi plan de dedicarme a leer y a cocinar para mí mismo, era egoísta. Para ser congruente y consecuente con lo que escribí, buscaré formas para promover la lectura, para colaborar a que la predicción de Ray Bradbury no se cumpla y no se normalice la ignorancia. También recopilaré las recetas que recuerdo de mi abuela, mi madre y todas las mujeres que me rodearon en mi infancia y adolescencia, para difundirlas y ver si alguien se anima a cocinarlas.

Me encantaría convencer a los que no leen de lo placentero y gratificante que resulta aficionarse a esa práctica. Como dice Gabriel Zaid: como un vicio, una felicidad.

Me queda claro que estamos en la base de la montaña y no tenemos el equipo para escalar hasta la cúspide. Habría que aprender del ejemplo de la comida callejera y de la ópera. No esperar a que nos compren los libros que escribimos, sino salir de la caja registradora a venderlos y a encantar a los potenciales lectores con las historias que cuentan. Tal vez para la literatura sería sano recurrir a la oralidad. Convenzamos a los padres para que, como a mi compañera de trabajo, les lean a sus hijos antes de dormir.

Considero que escribir, al igual que leer, es un acto íntimo. Nadie puede penetrar nuestros pensamientos. Sin embargo, una vez que publicamos lo que escribimos, pierde su intimidad y, su identidad, la ponemos en los pensamientos de aquellos que lo leerán. A partir de ese momento dejó de ser nuestra historia, ahora puede convertirse en muchas historias, dependiendo del lector y sus circunstancias.

También me encantaría convencer a los que no cocinan de que lo hagan, como dice Michael Pollan: atraerlos a la cocina con placer.

Eso también es una tarea cuesta arriba. El camino a la cima está repleto de bombas publicitarias que han moldeado una comodina y poco nutritiva forma de alimentarse: fácil y rápido, aunque muchas veces no sepa a nada.

Aprovechemos que la cocina es un acto compartido. Casi siempre involucra a más de uno. En el peor de los casos, les pedimos a otros que prueben para saber si no le falta nada a los platillos que cocinamos. Lo mejor es cuando los comensales están en la mesa: huelen, gesticulan, activan sus papilas gustativas y comparten su gusto.

Es domingo por la tarde, ya me dio hambre, prepararé algo de comer. Se me antojaron unas verdolagas, originarias de India, con carne de puerco acompañada de un arroz blanco, originarios de Asia, en salsa verde, con tomates y chiles originarios de México, y frijoles negros refritos y tortillas de maíz, originarios de Mesoamérica. Saco las ollas, afilo los cuchillos para que corten bien y ordeno los menjurjes. El ruido de los ingredientes al contacto con el aceite y el olor del ajo y la cebolla sofrita anuncian guisos deliciosos.

Mientras cocinaba me puse a pensar en qué iba a beber para combinarlo con lo que había preparado. Los sumilleres le llaman maridaje a la combinación de un tipo de vino con un platillo. Decidí que agua de guanábana, originaria de Sudamérica, era una buena opción. Los platillos que preparé estaban deliciosos, hasta repetí.

Guardo en recipientes lo que sobró de la comida para ponerlo en el refrigerador y comerlo otro día. Coincido con los que dicen que el recalentado sabe mejor que lo recién preparado. Tengo dos libros para leer: ¿Qué leen los que no leen? de Juan Domingo Argüelles y Despierta y lee de Fernando Savater. ¿Por cuál empezaré?

Fotografía de Olivie Strauss a través de Unsplash
Fotografía de Olivie Strauss a través de Unsplash

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