¿Te gustó? ¡Comparte!

Mérida, Yucatán, 19 de julio de 2025 (Neotraba)

Si miras de cerca, entre las paredes mohosas de las casonas coloniales, empiezas a notar las grietas. No las del tiempo ni los huracanes, sino las que aparecen en el alma colectiva de una sociedad que se hiere callada.

En esta tierra el suicidio no es una estadística, es un idioma. Yucatán ocupa el primer lugar en el país. Una medalla de plomo que nadie quiere, pero todos cargamos. Aquí, las sogas no solo atan hamacas; también cuelgan la vida de cientos, cada año, en un ritual opaco que todos prefieren ignorar. No hay tumba para la desesperación; las que hay, terminan llenas de flores y murmullos.

¿Por qué ocurre? Porque las emociones se tragan, no se escupen. Los hombres aprenden a callar desde niños; las mujeres, a llorar en secreto. Porque el vecino no puede saber que algo anda mal, que no tienes dinero, que el marido o la esposa se fue o que tu hijo dejó de levantarse de la cama hace meses. La gente vive encerrada en sus casas y en sus mentes, como si admitir el dolor fuera peor que sentirlo.

Dios parece más un supervisor en una fábrica de almas que un consuelo. Dios soga, Dios botella de veneno para ratas, Dios pistola oxidada escondida en algún cajón, Dios pastilla. Porque es más fácil desaparecer que enfrentar el monstruo que se alimenta de ti cada noche.

Te levantas, caminas al baño, te miras al espejo. Los ojos hundidos, el rostro apagado. No es tu reflejo, es el de todos aquí. Donde las bugambilias florecen y las risas en las plazas esconden el eco de los llantos ahogados. Quieres llorar, pero ya no puedes. En estas tierras no se puede llorar en voz alta.

En el pueblo, nadie pregunta. Todos saben del padre que no volvió del monte, de la hija que se fue y del amigo que encontraron colgando en el patio trasero. Pero la vida sigue, porque tiene que seguir. Las tortillas se amasan, el sol quema la arena, y las grietas siguen ensanchándose.

Al final, la culpa es más fuerte que cualquier confesión. Sales a la calle y caminas bajo el calor, mirando las ventanas cerradas, las puertas entornadas. Sientes el peso de esta medalla de plomo que todos cargamos. Y entonces lo ves: un niño que juega bajo la sombra de un flamboyán, pateando una pelota, con la sonrisa inocente de quien todavía no sabe que aquí, en esta tierra, las sogas son más largas que los sueños.


¿Te gustó? ¡Comparte!