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Ciudad de México, 25 de agosto de 2025 (Neotraba)

–Ay, manita ya fue la graduación de Alejo –dijo Araceli.

–¡Qué padre! ¿Cómo les fue? –contesté con el entusiasmo de amigas que tienen una novedad que contarse.

Y casi de forma inmediata sacó el celular.

El teléfono celular, implantado en nuestras vidas como prótesis y que amplifica de forma fidedigna la memoria corporal. Me hace pensar en Bradbury y en cuánto faltará para que, nos injerten en la cabeza un puerto de USB y proyectemos en nuestro cerebro las imágenes del celular, reviviendo los momentos, como si estuviéramos.

Y así pasando las fotografías, los detalles fueron nacarados.

–¡Mira! Se veía espectacular el lugar. Fue en el Ex Convento de San Hipólito –dijo Araceli.

Y continuó:

–En el Centro Histórico. Es un lugar precioso e impresionante. Al entrar eras recibida con cientos de velas encendidas en un enorme cuerpo cavernosos revestido de piedra. La fuente, centraba las miradas. Te sobrecogía la caída de agua, floral en la parte alta y contorneada con velas prendidas. Daba una exquisita sencillez, a ese entorno lúgubre y majestuoso. Con capacidad para 800 personas, organizadas en cuadrantes con mesas de largos manteles blancos, con servicios perfectamente alineados y brillantes, debido a la luz que manaba de los centros de mesa en la que se conjuraban los elementos de la vida, bellamente armonizados en quinqués: velas encendidas, flores, agua y piedras en una atmósfera fría y espectacularmente masiva.

Tal era la magia en nuestra conversación, apoyada en las imágenes que seguía el entusiasmo.

–Aquí estaba el foro con gigantes letras de la UNAM, l@s egresad@s, unificaron sus vestidos en color verde esmeralda y, moños sobre trajes negros los hombres, se veían muy bien… Y de repente…

–¡AAAH…! ¡Miraaaa…! –dijo haciendo pausa por la sorpresa de la fotografía. –¡Es epiplón de gato!

Mi cabeza se cimbró, la sacudida fue a parar en un ángulo de 70°. Mis ojos abiertos y ansiosos buscaban en ese “plato” la redecilla o el color o la forma o la apariencia de lo que mi mente trataba de procesar como ¡Epiplón!

Sólo atine a decir:

–¡Wau! ¡Qué exótico!

Y haciendo una búsqueda precipitada, me imaginaba ver “el tejido conectivo de sostén, matriz de células epiteliales que irrigan …” recordaba a todo vapor Anatomía comparada… Citología… de los primeros semestres de mi carrera trunca de Veterinaria. Se me cruzaban las ideas de lo poco que recordaba de hace tantos años. Pero hablando con una médica veterinaria titulada se conecta más fácilmente, se vuelcan los recuerdos, como que se destapa algo y se vienen en cascada. Pero mi percepción también se disociaba. Con mis ojos veía “un plato”. Obviamente, era con la mente que lo veía cuadrando con “la fiesta”.

Buscaba rastros en esa masa amorfa en la que mi mente construía una silueta felina en el “plato gourmet”, cruzándose con pensamientos intrusivos de “una membrana en la cavidad abdominal, la que envuelve las vísceras”.

¡O será tal mi ignorancia que ya es comestible! ¿Y es tan pequeño en felinos que no se ve como el suadero de la res?

Pero no veía la carnita, ni el grosos. Más bien parecía grenetina en un pálido amarillo. Podría ser betún, aceite de oliva, de cacahuate ¿O será un entremés?

La voz de Araceli se abría en mis pensamientos. Bueno, nunca se detuvo. Continuaba excitada.

–Voy a documentarlo para hacer un caso clínico. Es sorprendente. Creerás que en la cirugía encontré un absceso, exploré y ¡era un diábolo!

–¡Caray! Todo tenía sentido.

No es un plato gourmet. Se atravesó una fotografía de la galería de su consultorio.

–¡Yo creía que era el plato fuerte! –la interrumpí.

Después de eso, no pudimos hablar, sobrevino una explosión de hilaridad con cortes de aire. Hipiantes y tosudos accesos que sufrió Araceli.

Su rostro se deformaba con espasmos. Parecía que, o estaba teniendo convulsiones o una crisis de apnea.

Me veía al rostro, trataba de apuntarme, pero un brazo lo extendía hacia arriba y el otro tan pronto lo despegaba del cuerpo para señalar el celular, lo regresaba pasándolo del pecho a la boca emitiendo inconexos vocablos que nos provocaban más carcajadas y nuevamente los accesos, rubor, ojos mojados, cuerpos descontrolados. Ya la dos estábamos en una crisis de carcajadas. Con palabras entrecortadas decía:

–¡ E s  u n a  c i r u g í a a a !

El maldito celular que nos corta la inspiración con apariciones desordenadas.

–¡Vaya forma de acabar con los recuerdos!

Obvio, interrumpimos la remembranza de la graduación porque ya no volvimos a recuperarnos después del exabrupto.

Lo que mi mente forzó ver en el contexto festivo, en realidad era una charola médica que, sobre toallas absorbentes, descansaba la extracción del epiplón de una gata que sorprendió a la médico Araceli cuando le retiró seis diábolos, sabiamente encapsulados en ese órgano.


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