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Ciudad de México, 10 de marzo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 4 minutos

Que América Rangel tenga voz frecuente en Radio Fórmula y espacios afines no es una casualidad ni una validación intelectual. Es el síntoma de una época donde la estridencia prevalece sobre la consistencia y donde la falacia, si se repite con suficiente volumen, se convierte en mercancía política. Rangel no es una ideóloga central del panismo contemporáneo; es, en cambio, una figura funcional a un ecosistema mediático que requiere villanos nítidos, enemigos simples y frases incendiarias que eviten cualquier discusión compleja.

Su discurso contra el oficialismo no opera desde la crítica informada al poder, actúa desde la caricatura permanente. Bajo su óptica, todo es dictadura y destrucción, una narrativa que jamás se somete al contraste con indicadores reales. Morena aparece en su retórica como un bloque homogéneo y maligno, responsable absoluto de cualquier malestar social. En sus intervenciones no hay análisis de políticas públicas ni evaluación comparativa, mucho menos memoria histórica. Solo hay consignas.

Este proceder no es ingenuo, pues responde a un cálculo de supervivencia y ascenso. Es un secreto a voces que su hoja de ruta está trazada con ambición: su aspiración inmediata es la alcaldía Miguel Hidalgo, utilizándola como trampolín para brincar, eventualmente, a la candidatura por la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. La legisladora comprende que lo esperpéntico y la exageración movilizan más que la verdad y que el enojo fideliza audiencias. Por ello, su narrativa no se rectifica cuando los hechos la contradicen; al contrario, se radicaliza.

Sin embargo, en su búsqueda por el poder, Rangel parece ignorar una regla básica de la construcción política: la estridencia y el odio visceral a la izquierda tienen un techo electoral muy bajo. Para gobernar una ciudad compleja y diversa, no le alcanza con el grito. La desinformación no es un error, por el contrario, es un método que, si bien le otorga notoriedad, la aleja de la seriedad necesaria para encabezar una administración. Su paso por el Congreso de la Ciudad de México es prueba de ello: a pesar de ser una de las figuras con mayor número de iniciativas presentadas, su índice de aprobación es ínfimo. La mayoría de sus propuestas terminan en la “congeladora” o son desechadas por carecer de competencia local, evidenciando que legisla para el titular de prensa y no para el bienestar ciudadano.

Incluso en su bastión, la Miguel Hidalgo, su figura genera fricciones. Su búsqueda constante de protagonismo ha provocado tensiones sutiles con la actual administración local, dejando ver que su lealtad no es hacia un proyecto de gobierno o de partido, es hacia su propia marca personal. Un ejemplo claro de esta prioridad mediática fue su denuncia penal contra la jefa de Gobierno en 2022 por el mantenimiento del Metro, una acción que perseguía el impacto inmediato, independientemente de los peritajes técnicos posteriores.

La instrumentalización de casos sensibles es quizá el rasgo más preocupante de su actuación pública. Lo vimos con su feroz oposición a las infancias trans, donde presentó iniciativas para prohibir tratamientos de afirmación de género en menores. No solo ignoró el consenso de organismos como la OMS o la APA; su propuesta fue señalada por instituciones de derechos humanos locales como un retroceso constitucional flagrante. No importa la legalidad ni la ciencia; importa la indignación selectiva de un sector conservador que se siente asediado.

En materia de derechos humanos, el patrón es idéntico. Rangel ha construido visibilidad confrontando avances en derechos sexuales y reproductivos. Sus declaraciones buscan deliberadamente la reacción y el choque. Cuando estas posturas derivan en sanciones, como la inscripción de su nombre en el Registro Nacional de Personas Sancionadas en Materia de Violencia Política contra las Mujeres en Razón de Género, la respuesta no es asumir responsabilidad, pretende escenificar victimización. La diputada no admite el agravio, se dice censurada; no agrede, asegura defender valores. La política se convierte en teatro.

Es aquí donde el papel de los medios merece una crítica frontal. Radio Fórmula y otros espacios no le otorgan la tribuna porque represente un pensamiento conservador profundo, se la dan porque garantiza conflicto. La lógica es conocida: menos análisis, más grito; menos datos, más certeza impostada. En ese intercambio, Rangel gana exposición y las empresas de comunicación obtienen audiencia, aunque la calidad democrática se degrade.

Desde una perspectiva crítica, el caso de América Rangel no es anecdótico, es ya un patrón. Representa una forma de hacer política donde la verdad estorba y la mentira se normaliza como herramienta legítima de combate. No estamos frente a una adversaria que invite al debate, más bien nos encontramos ante una operadora del estruendo que sustituye la discusión pública por dogmas morales diseñados para dividir.


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