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Puebla, México, 15 de julio de 2025 (Neotraba)

Presentamos 3 minificciones basadas en la vida y obra del músico Giuseppe Verdi, en donde Judith Castañeda Suarí nos demuestra su admiración por este compositor y nos lleva entre telones a asomarnos a parte de sus puestas en escena

Ah, mi único tesoro en el mundo (Trilogía popular 1)

Hubo algunas risas luego de la intervención del signore Scalese. Las oí desde el foso, mientras veía una lápida negra en cada espalda. Varios silbidos también fueron a mezclarse con el eco, muy pocos aplausos antes del entreacto de la ópera. Esas reacciones llegaron como desde la garganta del infierno, pero yo ya no estaba sentado en la Scala: era el último de los habitantes de un féretro. Un tercer ataúd había salido antes de mi casa. Margherita. Con ella, nuestros hijos, Icilio y Virginia, morían de nuevo. ¡Estaba solo! ¡Solo!

El teatro borró la palidez azulada de mi esposa con la molestia posterior al finale una hora después. Si el público entonces hubiera, no digo aplaudido, soportado Un giorno di regno en silencio, pensé. Pero los abucheos, además de emborronar los aplausos del Oberto del año pasado, fueron paletadas sobre la tumba de mi familia. Y ahora no puedo dejar de oírlos, han hecho una tormenta con la llovizna de esos funerales.

¿No he sido siempre, acaso, una madre cariñosa? (Trilogía popular 2)

Levanto del suelo el libreto que Merelli puso en mi abrigo antes de cerrar la puerta de su oficina. Irá a la basura. El destinatario es otro Giuseppe, uno que no necesita que lo obliguen a sentarse al piano.

Va’, pensiero, leo sin querer, saltan las mayúsculas del Jordán y de Sion. Pero no; hay algo diferente detrás de esos lugares, una época más próxima. Vuela pensamiento, pósate en aquella habitación ahíta de adeudos. Allá donde respiraban las sonrisas y dos pequeñas voces hacían soñar con el futuro. Acaricia las mejillas de Ghita, Icilio y Virginia, y despoja sus restos de la piedra sepulcral. Trae de vuelta a mi esposa, a nuestros hijos, ahora un dolor clavado entre estos dedos tristes.

Miro el piano, viejo depositario de melodías. Quizás haya enfermado con mi silencio. Si volviera a tocarlo, si cada tecla me hablara no de muerte, sino de la vida que fue. Nada pierdo al intentar. Va’, pensiero, sull’ale dorate. Fa. Do. Una lágrima, una daga. Piano, sé misericordioso; exhala un suspiro distinto a aquellos últimos en homenaje al Verdi anterior. Quiera este Nabucco inspirarte sonidos que sean un refugio, el seno donde encuentre la fuerza para seguir caminando.

Si pese a todo, benéficamente, Dios la perdona, el hombre con ella implacable será (Trilogía popular 3)

Llevaré conmigo a madame Gautier. En la península van a verla como aquí, una camelia erguida al centro del escenario. Su perfume serán los valses y cuanto escondemos entre el cortinaje de los palcos: la compañía de una cortesana mientras la esposa borda en su habitación y los hijos duermen, atendidos por una niñera; el cinismo de una indecente que se pavonea como la señora de respeto que jamás será, a quien el pueblo le apedrea la ventana; el corazón de esa clase de mujeres, tan puro, tan contaminado como podría estarlo el de la beata que riega con padrenuestros y lágrimas un crucifijo. Cada espectador verá su propia alma desde el patio de butacas. Y cerrar los ojos no bastará, pues frente a ellos ha de continuar el tufo de lo que negamos, siempre sonrojados.

Mientras el personaje de Dumas sigue llenando las fiestas de su París, volteo a ver a Peppina. En su sonrisa también está esa ópera todavía sin componer.


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