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Ciudad de México, 19 de julio de 2025 (Neotraba)

Tu hijo acaba de morir por Fabiola Arellano

Te llamaron por teléfono para avisarte, yo estaba contigo.

Te escribo para resguardar lo que la memoria dentro del shock va a olvidar.

Es probable que no recuerdes ni el abrazo que te di cuando dejaste tu teléfono en la mesita. En tu mirada habitaba el miedo.

Así sin más, me dijiste: se murió mi niño.

Yo traía a mi bebé de ocho meses en brazos y lo único que se me ocurrió fue preguntarte con insistencia si necesitabas algo. Vaya pregunta estúpida. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? Me dijiste que no, moviendo tu cabeza, sin levantar la mirada. Así te quedaste, pasmada. ¿Estabas intentando negarle la entrada a la muerte al decir no, una y otra vez? ¿Qué es lo que puede dar consuelo ante la muerte de un hijo? Tal vez lo tengas que vivir transitando el dolor sin que algo atenúe el golpe.

Masticar, digerir, expulsar, aceptar, dejar, aprender, continuar. Hago trampa al responder así, el primer impacto al verte tan mal me sacudió y me llenó de dudas: ¿por qué se murió? ¿Era una persona con alegría? Si pudiera conversar con él, ¿qué diría de la vida? ¿Quería seguir aquí? ¿Le gustaban los atardeceres? ¿Demostraba amor por su mamá? ¿Supo crecer? Y tú, ¿recuerdas cómo era tu vida antes de ser mamá? ¿Podrás regresar a ella?

¿Qué es lo que puede consolar ante la pérdida de un hijo ya adulto al que se le sigue diciendo niño? Muchas mamás dicen que los hijos nunca dejamos de ser chiquitos ante sus ojos. Nuestros bebés, así nos dicen. ¿Yo me convertiré en una mamá de esas? ¿Un día afirmaré que los hijos se ven siempre como bebés? ¿Esos que cargamos en canguros, a los que tapamos con cobijas, con gorros, que besamos en la cara para que no se olviden de que son queridos?

Como la noticia de la muerte de tu hijo te dejó con un gesto de susto, decidí salir a caminar para alejarme y encontrar claridad.

Al llegar a la avenida, mi bebé estornudó y lo cubrí aún más. Reconocí que hay un límite en el cuidado y que una no puede resguardar de todo a sus bebés, a sus niños, a sus hijos, que aunque crezcan, se enfermen, sean negligentes o cuidadosos, decidan desde el riesgo o desde el cuidado de la vida, se estarán enfrentando al mundo y van a suceder cosas, sorpresas, cambios, movimientos.

¿Qué es lo que sí recordarás de este día? Tal vez lo mejor sea borrar la sensación que generó esta noticia que hizo que tu voz se quebrara como desconociendo al cuerpo del que proviene, parecido a salirse de una misma para habitar otro mundo como el de los sueños pero sin sueños, uno similar al limbo pero sin muerte. Una muerte a medias. No sé dónde estás. Ahora que regrese, no sabré dónde estás, aunque te vea. Tal vez habitarás ese limbo del que quizás un día regreses.

¿Qué necesita una mamá que acaba de perder a su hijo? Quizás lo que necesita está en ese espasmo, en ese shock, en ese limbo que parece pausa, mientras que la vida regresa para seguir aprendiendo a continuar.


Fabiola Arellano Jiménez brinda acompañamientos en Terapéutica Colectiva, colabora con La Lleca Colectiva brindando acompañamientos a personas en contextos complejos (penitenciarias y okupas), es docente, psicoterapeuta independiente, mamá de mini Cookie Monster come libros, compañera de un loco amante de los perros y de un gato llamado Fiasco.


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