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Mérida, Yucatán 6 de octubre de 2025 (Neotraba)

A Constanza Lara

Giró 360 grados sobre su asiento y lo único que alcanzó a ver fue agua. En los minutos que siguieron, el cielo oscureció hasta quedar totalmente negro. La lluvia que empeoraba las cosas empezó a caer con finas gotas que herían como puntas de alfiler. Tony no se movió más, tampoco intentó cubrirse, dejó que el agua mojara su ropa e inundara sus ojos. Sintió frío y tembló. Pero sus temblores eran también de miedo.

Solsticio, una lancha de 24 pies de eslora, había pertenecido a su padre y la heredó Manolo, su tío, quien sentado frente a él hacía esfuerzos por achicar el agua que ya les cubría los tobillos.

–¡Quita peso! –gritó Manolo escupiendo agua.

Tony se puso de pie, tambaleante. Sintió cómo la sangre se le helaba. Echó por la borda hielera, pescados, todo menos la garrafa con agua. El chaleco ceñido al cuerpo dificultaba la maniobra, pero en ese momento era lo más preciado, tanto que ajustó cada uno de los broches. Angustiado, tomó una cubeta y se dio a la tarea de sacar el agua a la mayor velocidad que la fuerza le permitía.

Tres horas antes habían anclado en una poza a doce brazas de profundidad y se dispusieron a pescar. El viaje estaba planeado con cuidado y les serviría pasar tiempo juntos; sobre todo a Tony, ya que la ausencia de su padre se tornaba cada vez más insoportable. Prepararon plomadas y cordeles. Manolo se encargó de la carnada: atravesó con el anzuelo los ojos de una sardina –tiesa, plateada– y clavó el gancho en medio del cuerpo. Siguió con el revoltijo de tripas sanguinolentas y pegajosas que, con su olor penetrante, atraería a los peces grandes. Sofi se hubiese asqueado, pensó mientras vaciaba el cebo en el mar. Agitó el agua para dispersar la mezcla como si las corrientes del océano necesitaran ayuda. Mientras el tío afilaba un cuchillo, el niño se fijó en esas manos gruesas pringadas de sal y escamas. Ahora el hombre fileteaba un mero. El pez con medio cuerpo rebanado aún abría las branquias, ondeaba las aletas y golpeaba la cola encima de la tabla. Tony hubiese querido saber por qué su tío no le hundió primero el cuchillo en la cabeza. Pero esta sería la típica pregunta de Sofi y no quería parecer igual de sensible que su hermana, por más lista que fuera. Permaneció callado y, con el sedal entre los dedos que se estiraba según el vaivén del barco, meditó acerca de uno de sus temas favoritos.

–¿Crees en la suerte, tío?

–No mucho.

A sus 11 años, Tony sí creía en la suerte, lo comprobaba a menudo porque Sofi nunca perdía en los juegos de cartas. Además, ella había nacido con una mente clara para dominar los números. En cambio a él las ideas se le revolvían en la cabeza como la mezcla que acababa de preparar. Quién era él para entenderlo. Quizá la suerte lo favorecería o tal vez su tío llevaba la razón: mejor esforzarse. Por eso, en las tardes, cuando sus compañeros jugaban futbol, él estudiaba horas extras con una maestra. A veces, cuando su entendimiento llegaba a un tope, la frustración lo vencía y se daba golpes en la cabeza.

Aunque el bamboleo de la lancha era estable, Tony sintió una ráfaga de viento frío que lo sacudió. Hasta ese momento había escuchado sin comprender algo acerca de quirófanos, cirugías y anestesias en la voz de su tío. Pero ahora no perdía detalle: Manolo de pie, con las piernas flexionadas y apretadas para equilibrarse, tiraba del sedal que ofrecía resistencia desde la profundidad del océano. Con la camisa arremangada, los músculos se le marcaban pulsantes. Manolo no cedía, con ritmo continuo jalaba para sí, aunque el cordel se le resbalara de cuando en cuando entre los dedos húmedos.

Al cabo, un canané refulgió contra el sol. Manolo lo levantó del cordel enganchado a la boca.

–¡Por lo menos un kilo! –gritó.

Tony lo tasó y asintió. A Sofi le hubiese gustado, pensó. Él diría a los de su clase que era de tres kilos y quizá los sorprendiera; con suerte lo tomarían más en cuenta. El pescado ondeó en el aire y su piel lisa, como fondo de un espejo, destelló dorados y rosas. Aunque Tony era capaz de percibir al pez –el olor a algas, la piel viscosa cubierta de escamas, la línea amarilla brillante desde la cabeza hasta la aleta caudal–, iba a serle difícil describírselo a Sofi, quien como de costumbre pediría detalles. Cuando se sentaban a la mesa, su hermana cortaba con paciencia en cuadrados casi perfectos su filete, masticaba despacio con la boca cerrada. Con el cuello largo y el cabello bien peinado, nadie podría imaginar que podía plantarse ante un grupo de varones vivarachos que encontraban divertido burlarse de su hermanito. Pero lo hacía, y en sus ojos se adivinaba una fiereza animal, que nada tenía que ver con las texturas y dibujos delicados en la ropa que usaba.

De un garrotazo Manolo liquidó al canané que brincaba y soltaba coletazos. En ese momento, Tony puso en palabras sus pensamientos:

–Quiero ser como tú.

–¿Quieres ser médico?

–No, pescador.

Se unieron en una mirada. Tony percibió cercano a Manolo; era una emoción agradable que no experimentaba hace tiempo. Manolo se parecía a su padre: ambos poseían en sus bibliotecas un sinfín de volúmenes que él jamás hubiera podido meterse en la cabeza. Diplomas, reconocimientos, un mundo que intuía imposible para su cabeza dura.

Con el cordel de nuevo en el agua pensó en su madre. ¿Ya se habría despertado? Desde que papá murió, sus pastillas de cada noche le dificultaban levantarse temprano.

El niño supo que un pez rondaba el anzuelo en la profundidad del agua, porque tironcitos arrítmicos sacudían su mano. Esperó… y de súbito jaló el sedal con todo lo que daba su brazo.

–¡Lo enganchaste! –dijo el tío Manolo entusiasmado.

Tony acotó el sedal. Aún no era momento de celebrar, sino de extraer al pez del océano, pero cuando el animal se encontraba a media agua, sintió un fuerte tirón.

El cordel se dejó ir por metros. El niño lo detuvo y contrapuso su fuerza, sintió que aquel peso buscaba el abismo. Fue el instinto el que lo empujó a ponerse de pie; pudo haber cortado el cordel con un cuchillo o pedirle ayuda a Manolo. Cuando su tío lo vio de pie, afianzando sus crocs al piso tambaleante, las manos enrojecidas por la fuerza y la mirada más allá de la curva del horizonte, supo que Tony pelearía hasta el final.

Se trataba de soltar sedal al pez, aguantar, jalar, cansarlo y subirlo. Tony mantenía los ojos fijos en el agua, no iba preparado para un ejemplar tan grande, tan voraz como para haberse tragado al pequeño pez que antes venía jalando. Se sintió engrandecido, ilimitado, capaz de sobreponerse a la lucha, al cansancio; la sangre corría rápido, el corazón golpeaba en su pecho como trote de caballo. Era allí en donde quería estar y en ningún otro sitio. Se vio a sí mismo desde lo alto, resistiendo con todo su cuerpo, balanceándose para adelante y para atrás. Le gustó ser quien era y se asombró de su propio coraje.

–Ya ves que no son indispensables los guantes –apuntó Manolo.

Era verdad. Tony recordó haber querido formar parte del equipo de futbol de la escuela. Llevó el uniforme completo al primer entrenamiento: tacos, calcetas, playera con su nombre bordado. No lo seleccionaron. En casa aventó con furia el uniforme contra el espejo. Cuando haces bien algo no necesitas tanta cosa, reflexionó.

Con cautela, empezó a jalar el sedal; se figuró que se trataba de un esmedregal, un tiburón o una gran cherna.

–Tal vez –dijo Manolo como si adivinara los pensamientos de Tony– un marlín, como en el cuento de El viejo, pero en estas aguas no abundan. Lo posible es un pez vela, igual de hermoso, menos raro.

Tony pensó que era la oportunidad de obtener un trofeo. Algo que podría colgarse en la biblioteca de su padre o de su tío, una ocasión para volverse importante en el mundo de los hombres. Pero estaba en aprietos; el pez recobró fuerza y pedía más sedal. Se lo soltó con lentitud, no fuera a romperse.

–¿Qué Viejo, tío? –preguntó de súbito.

Luego de oír la historia de un viejo pescador que tras encontrar un pez enorme tiene que enfrentarse con los tiburones, se sentó y cruzó el sedal por su espalda. Sin embargo, no se imaginó comiendo pescado crudo ni tomando sólo unos cuantos sorbos de agua. Las gotas del mar, la sal que volaba como granos de arena ardiente, el olor al vapor de algas que emanaba del océano le abrieron los pulmones. Aspiró profundamente y disfrutó.

Sin descuidar la tensión que debía mantener, jalaba con prudencia, ganándole metros al pez. En tanto gozaba la voz de Manolo dirigida hacia otras aventuras, llevó su conciencia hasta un paraje interno de su imaginación, de pronto enriquecida.

Un abanico de húmedo lienzo oscuro rompió la quietud del agua. Se abrió desde el mar hacia arriba, desplegándose en un semicírculo que se cerró de nuevo al sumergirse. Tony enmudeció, no pudo aclarar su garganta para emitir alguna exclamación. Alcanzó a distinguir el pico largo de aguja y la cola en forma de media luna. El abanico era la aleta dorsal del pez vela. Joven, el animal desplazaba su cuerpo azul metálico, saltaba y se sumergía luchando. Quizá venía desde lejos, empujado por tormentas tropicales o por meteoros inmensos de aquellos que devastan costas y destruyen casas. Habría llegado al Golfo de México hambriento, escapando de mareas rojas. Y se tragó el anzuelo.

Al saltar, sacudía el aire desparramando estelas de agua. El niño se puso de pie. Desde el pico hasta la cola el pez era más grande que él, más grande que Manolo, y se debatía con fiereza. De algo estaba seguro: no lo iba a soltar aunque las manos le sangraran. Se envolvió la mano derecha con un trapo y escuchó la brisa. La interpretó como lenguaje de victoria.

Ninguno de sus compañeros había sacado un pez vela. Solamente los grandes pescadores que conocían los trucos. Se necesitaba suerte para enganchar uno, instinto nato, talento. Tony se imaginó contando esta historia a sus futuros amigos, mostrándoles las fotos que tomarían en la playa. Entraría a la escuela cargando su caja de cordeles, diciendo durante el recreo que él fue el protagonista de la hazaña. Ya no le temería a Roberto ni a Juan José ni a Carlos, esos cabrones que con cualquier pretexto resaltaban sus tropiezos. Los imaginó acobardados, sucios, con caca de zopilote encima.

Tony rio. Una sustancia dulce circuló por su cuerpo.

El pez vela no daba tregua, se agitaba tratando de zafarse.

Lo imaginó nadando hacia ellos con velocidad asombrosa y, de un salto, cruzó por arriba del barco, entró de nuevo al agua como una enorme plomada y levantó una ola que les cayó encima. Tony quedaría empapado, cubierto de algas marinas. Sacudió la cabeza para despejarse el rostro de esas plantas babosas. Aprovechó para jalar al pez cansado. Utilizaría toda su fuerza, la de su anhelo y la de su furia. Logró subir al ejemplar al barco, pero el pez lanzaba regios golpes con la cola. Su color gris aperlado resaltaba sobre el piso blanco mate del barco. Era una victoria mayor a la que Tony había esperado esa mañana. Sintió una intensa emoción, pequeños temblores recorrieron su cuerpo, luego levantó el brazo y gritó.

–¡Tony! ¡Pon atención, lo tienes! –exclamó su tío.

La sombra en el fondo del océano adquirió la forma de un pez a medida que Tony lo acercaba al barco. Manolo metió un gancho para subirlo. Era un coronado gris ocre por el dorso y plateado por los flancos. Con el hocico redondeado y la cabeza achatada, no era un espécimen interesante. Tony lo miró perplejo, con ojos de quien ha sido engañado.

–Creí que era mi pez vela –dijo en voz tan baja que sus labios apenas se movieron.

Manolo, por el contrario, celebraba. Complacido, frotó las manos. Se le antojó el coronado a la veracruzana, con cebolla, tomates y alcaparras. Se miraba satisfecho y esto alivió al niño.

Estaban tan contentos que no advirtieron cuando el aire se tornó frío y el mar comenzó a embravecerse. Las olas aumentaron, el viento giró hacia el sur y el golpe de agua se dejó venir. La lluvia cambió la expresión de Manolo. Apenas iniciado el regreso, tuvieron que detenerse cuando el tío cayó en cuenta de que había un problema mecánico con el motor. La lluvia los escondió tras una manta de agua que poco a poco los absorbía. Trabajaron sin pausa sacando el agua. Fue cuando tiraron todo lo que había dentro, incluidos los pescados.

El aguacero amainó y se convirtió en un viento húmedo. Tony descubrió angustia en la cara de Manolo tras tirar el ancla, las facciones apretadas, los labios comprimidos. En sus ojos leyó la pérdida de mando. Miró a su alrededor: el mar era un brumoso espejismo, un plato azuloso que reflejaba calma. Se encontraban en medio de una atmósfera incierta de aire frío que le hizo pensar en la vacilación de un sueño. Recordó a su pez vela saltando como un arcoíris de plata y se preguntó si fue real.

Manolo murmuró sentirse entumecido. Con el chaleco sujeto al cuerpo hablaba por la radio. Decía las palabras con torpeza, luchando contra la hipotermia. Las corrientes estaban fuertes y Tony tenía frío. Los minutos pasaban sin saber decir cuántos. Vio a su tío quieto, parecía haberse quedado dormido sentado frente al timón. Tony perdió la noción del tiempo. La temperatura de su cuerpo descendió. Lo último que alcanzó a pensar fue en Sofi, en cómo se reflejaría el gusto en su cara, en sus ojos, cuando le contara a detalle que estuvo a punto de sacar un pez vela


Gará Castro nació en Mérida, Yucatán, en 1961. Es licenciada en Informática por la UIA de la CDMX.

En 2015 ganó el Premio Estatal de Cuento de la SEDECULTA y el Concurso de Cuento de El Diario de Yucatán. Miembro de la Escuela de escritores de Yucatán, ha participado en talleres de la 68 Casa de Cultura Elena Poniatowska y ha dirigido cursos literarios. Obra suya está publicada en periódicos, medios digitales y antologías. Familias perfectas es su primer libro.


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