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Ciudad de México, 2 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 5 minutos

No todos los romances tienen fuegos artificiales, ramos de flores, cenas a la luz de las velas, serenatas, pedidas de mano con el novio hincado, un altar con dos protagonistas, cartas escritas con las manos temblorosas, canciones dedicadas, besos a la luz de la luna.

El romance y el amor deben tener muchas formas. Nuestra forma de amor incluía una complicidad compleja.

En una sociedad en donde nos dividen por la cantidad de dinero que tenemos, el dinero que podríamos tener o los que nunca lo tendrán, nosotros formamos parte de esta última categoría.

El único día que él sale temprano del trabajo son los sábados. Sale a las dos de la tarde en punto; registra en la que fue entrada, su salida. La secretaria le da un sobre amarillo con su pago de la semana. En una lista de nombres escritos en una hoja hace un garabato sobre una raya, el cual significa que recibió el sobre, que ese “dibujo” es el suplente de su nombre y que está de acuerdo con lo entregado. Sólo una de esas tres cosas es verdad, pero igual “firma”. No sabe leer, ni escribir así que esa es la forma, plasmar un nudo de tinta.

Camina cinco calles, sube a una combi, baja al metro, viaja durante veinte estaciones, llega a la línea azul, a la estación más aglomerada un sábado a las tres de la tarde: Hidalgo. Camina un poco, siempre se equivoca de salida. Afuera en la plaza están los montones de puestos con libros. Están en los arcos, la banqueta, los pasillos, parece una plaga, están por doquier. Siente rabia, piensa: ¿quién necesita tantos libros? Él, que nunca ha leído, no los necesita para sobrevivir, para ser feliz; nunca le han hecho falta, es más, los libros cada sábado entorpecen su camino, le estorban y tanta gente ahí reunida lo cohíben de hacer lo que realmente le hace feliz.

Antes, cuando apenas nos conocimos, nos veíamos entre semana y cogíamos en la calle varios días de la semana. Yo comía, bebía, trabajaba, me bañaba, orinaba y cagaba en la calle, no había ningún impedimento para que también cogiera ahí mismo. Buscábamos un rincón solitario, sin farola de la calle y con olor a orines, esas esquinas que a los citadinos tanto miedo y asco les da; con esas características garantizábamos que no nos interrumpieran. Ahí podía chupársela y él a mí, después me la metía y lo demás. Ahora todo se ha complicado, sólo se puede los sábados, y es justo el día que están los vendedores de libros. Por eso ahora tenemos que pagar una habitación de un hotel. Ir es divertido, los hoteles buscan agradar. Incluso el más económico tiene algún detalle que logra hacerte sentir bien por usarlo. Nos cobraban por hora y no podíamos bañarnos. Pagaba siempre una hora, ni más, ni menos. Un día el recepcionista nos propuso no cobrarnos, pero a cambio debíamos dejarlo escuchar cuando cogíamos, él escuchaba desde el baño de la habitación. Aceptamos. Era casi lo mismo que en la calle y nos ahorraríamos un dinero. Desgraciadamente su jefe lo descubrió, porque no sólo lo hizo con nosotros y nunca fue cuidadoso. El recepcionista fue despedido y tuvimos que volver a pagar, ya en otro hotel, el que está a un lado, en la esquina, también en la plaza.

Él y yo hablábamos mucho de nuestra gente, de lo que extrañábamos, de lo que no y qué fue lo que nos hizo irnos del lugar donde nacimos y crecimos. La doctora de la clínica, a la que me voy cada mes por mi tratamiento, me dijo que estaba enamorado, que se me notaba. Me quedé muy sorprendido, yo pensaba que amarse era otra cosa, otra a la que yo no podía aspirar.

Nos hemos esforzado por seguir viéndonos, siempre con mucho gusto. Cada vez nos besamos más, nos decimos cosas amorosas, nos tratamos bien, con respeto. Creo que sí estamos enamorados.

Mi familia jamás aceptaría que me cogiera con un hombre igual que yo, ni que yo me vista con vestidos, tacones y maquillaje; o que trabaje en la calle; menos que me meta a un hotel a ser feliz y hacerlo feliz. Que me enamore… Inaceptable que no tenga hijos a mi edad.

En mi romance mis fuegos artificiales son las luces parpadeantes que rodean el espejo en el techo de la habitación del hotel. Nuestros ramos de flores son las cosas que le regaló de mis clientes que sé que son de su talla: una sudadera, un suéter, una chamarra o unos calcetines limpios. Nuestras cenas a la luz de las velas son esas comidas que un día pago yo y otro él, para que alcance el dinero de la semana. Las serenatas son el ruido constante de los autos que corren por la avenida, el barullo de la gente, los golpeteos de los tubos de los puestos que caen al piso cuando termina el día. No tuvimos pedidas de mano con el novio hincado, ambos somos los novios que hincados le rogamos a un Dios que hace mucho nos olvidó que nos deje en paz, que siga omitiéndonos, para nuestro bien y para nuestro mal. No queremos jurarnos nada en un altar, ni ser protagonistas de ninguna pasarela camino a la cruz. Y de las cartas escritas con las manos temblorosas ni hablamos, ambos ni siquiera fuimos a la escuela, a ninguna, las letras no significan nada para nosotros. Pero los besos a la luz de la luna sí forman parte de este amor, la noche ha sido nuestra alcahueta siempre. Y la oscuridad siempre lo será.


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