¿Te gustó? ¡Comparte!

Puebla, México, 5 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 4 minutos

El diván está duro. Siento cómo se me desvanecen las nalgas bajo la presión del colchón contra la espalda, casi percibo los resortes clavarse en la superficie de la tela. La lámpara se balancea en vilo, como si quisiera romperme la cabeza. Ese fue mi segundo psicoanalista. Al primero lo vi de niña, por el insomnio que me acompaña desde que sé de mí. Nunca fui particularmente infeliz, ni desgraciada en química cerebral; solo nací sin el don de que me valga madres.

Recuerdo esto ahora, sentada en el sillón de la abuela, lista para recibir el dos mil veintiséis. Voy con el siglo: cumpliré veintiséis en junio. De adolescente, me parecía inadmisible llegar a esta edad. Creí que me mataría al cumplir veinte.

Mis primos arman un escándalo delicioso, avientan dados y corren como gacelas esquizoides después de atarantarse con los chocolates que la abuela dejó sobre la mesa. Yo tenía un vasito con vino, pero uno de los niños, el que menos atención recibe por el alcoholismo de sus padres, lo cambió por refresco en algún momento de mi oniria.

No pasó ni una hora para que los escuincles se aburrieran. Por más escandalosa que sea la diversión, es imposible competir contra la abstinencia; regresaron en parvada a la sala por sus teléfonos y se aplastaron, como yo, en sillones y suelo. Pronto los gritos se volvieron balas, autos e interjecciones propias del Nintendo.

Es momento, también para mí, de recurrir al vicio. Tengo varios mensajes deseándome éxito y calma, cuidado y paciencia, dulzura en 2026. Luego voy, por inercia, a los videos cortos. Quieres hacer ejercicio, leer diario, escribir diario, empezar tu empresa. Trabajar más, hacer más por tu pareja, por tus padres, por tus hermanos, llamar a tus abuelos diario. Hacer más por ti, comer más proteína, que te crezcan las nalgas, quizá contemplar los implantes de senos. Ahí me detengo un segundo.

En algún momento de mi existencia, hace dos o tres años, nuestro ideal era desaparecer. Comer menos de todo, pesar lo mismo que un gato y huir de nuestros padres. Viajar por el mundo o encontrar el amor. Todo cambia; según Vogue, tener novio ya es para mensas.

Tirada en el diván de la abuela, sintiéndome diminuta, recuerdo la segunda vez que fui al psicoanalista. Tenía veinte años, acababa de dar mi primer beso de lengua y planeaba un suicidio en el Motel de los Espejos. Recuerdo la conversación con un detalle terrorífico. Le conté a Jorge el plan, con la paranoia adecuada con la que me zamparía los antipsicóticos acumulados durante dos años. Me preguntó si tenía un “plan B”, por esas serendipias que confirman la estadística del INEGI: aunque los hombres cometen más suicidios en México, las mujeres lo intentan en una proporción significativamente mayor. Tiene que ver con la letalidad del método. Las muchachas como yo optamos por el envenenamiento; los hombres se sacan pistolas de los huevos.

La realidad es que no había pensado en el plan B. También era enero, no tenía un peso en la bolsa, y la yo del futuro (esta que ahora soy) podría anticiparle a la que fui una anorexia perversa y la pandemia del siglo. Me quedé en silencio. De repente me pareció ridículo pagarle a un tipo por tumbarme en su diván y aletargarme con su techo, respondiendo monosílabos y “¿tienes un plan B?”. Me incorporé y sentí las nalgas apelmazadas, desvaneciéndose mientras bajaba los muslos del sillón.

Si no funciona, me vale madres. Me hago mensa. O psicoanalista. Siempre he querido entender la ineptitud. Siempre he querido que me importe poco todo.

Escucho las balas de mis primos, el chirrido de las envolturas de los dulces al abrirse. Veo, entre adornos de Año Nuevo y basuras de frituras, el vaso de vino en las manos del más pequeño. No soy yo quien debería protegerlo de sí mismo, pero lo hago. Sigo siendo exactamente lo mismo que el año pasado: el pelo más largo, más o menos carne, nuevas palabras, miedos más gordos y un hambre soberbia. Igual, pero diferente a la primera vez que me tumbé en el diván, cuando quería morir a los doce. Igual, pero diferente a la segunda, cuando decidí hacerme mensa y vivir a los veinte.

Matarse siempre es opción, como tragarse un pedazo de mierda es opción, pero decides no hacerlo porque vas a apestar a podrido. Este año tengo un propósito sencillo. Tiene que ver con la presunción del éxito, la inmediatez del placer y la pornografía cotidiana: que no me asesine.


¿Te gustó? ¡Comparte!