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Ciudad de México, 5 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 12 minutos

El reloj en el andén del metro marca las once del día. Pinche Luis culero, otra vez me hizo esperar casi media hora. Llegué a la hora que quedamos, me aplasté en el piso y saqué mi libro porque ya sabía que se tardaría, pero ¡no tanto! Ahora sí lo voy a mandar a chingar a su madre. Llega el tren y baja de él. Me pongo de pie lo más rápido que puedo, pero las piernas las tengo entumidas y mis nalgas están heladas de estar sentada en el piso. Me saco la camiseta que ya estaba atorada entre mis lonjas. Le sonrío, a lo pendejo porque traigo tapabocas; él me hace un ademán con la cabeza y levanta sus cejas. Nos abrazamos ¡Pinche flaco impuntual! Ay ya gorda, tú también me haces quedar mal, ¿para qué llegas antes? Se termina nuestro abrazo y nos dirigimos a la salida de la estación.

Afuera la gente ya se amotina en el tianguis. Lo primero que se mira saliendo de la estación son los puestos de libros viejos, piratas, usados, nuevos y algunos incluso nunca han sido sacados de su empaque de plástico, los libros “vírgenes”. No podemos detenernos a ver nada por el retardo de Luis, ambos echamos un ojo a las filas de “papeles” que parecen interminables. Me interesaron sólo de vista dos o tres piezas por las que preguntaré cuando vayamos de regreso.

Al fin llegamos a las chelas. Está la misma gente de siempre, puesteros, crudos, borrachos, madrugadores, hay de todo. Me gusta que tanto Luis como yo estamos cómodos con la misma compañía, tomando lo mismo y haciendo lo mismo cada semana.

¿Vas a comer? No, flaco, ya comí. Ah bueno, entonces sólo tomemos. Nos trae dos micheladas de cerveza Victoria. Siempre pide por los dos. Entonces flaco, ¿qué cuentas? Pues nada. Mmmta, en serio me caga que siempre empieces así a contar las cosas. Ambos nos reímos. Nos sentamos en una tabla de madera que funge de banca con varios botes de pintura funcionando de base. A la banca-tabla se le notan los bordes roídos y mal lijados, eso sí, está cubierta por harta pintura de aceite. Me termino fijando en esos detalles porque cada cierto tiempo miro entre las ingles de Luis. Se abre de piernas dejando la banca en medio de ellas, de lado a la mesa. Hago lo mismo que él para verlo de frente, pero gracias a mi nula flexibilidad pareciera que yo lo hago como en cámara lenta.

Narra las historias de las pedas del viernes y sábado pasados; a dónde fueron, quiénes y quién se terminó madreando a quien o vomitando. A mitad de su relato llegan nuestras bebidas a la mesa. ¿Dos victorias? Asiente con la cabeza sin dejar de mirarme.

Un par de vasos azules, el chamoy escurre de sus bocas, en lo alto les sobresalen burbujas llenas de chile piquín en polvo brillante ¿Qué crees, gorda? ¿Qué creo, flaco? Cogí con Martha ¡No mames!, ¿cuál Martha? ¡Cómo cuál! ¿La que fuimos a ver a su trabajo? Esa mera ¡No mames, flaco! ¿Qué?, ¿no me crees? Es que apenas la conoces… Ay, cuál “apenas la conoces”, si llevo meses hablando con ella. Pues hablar sí, pero verla, apenas, ¿no? Es que soy chingón. Nos reímos.

Pero ¿qué pedo?, cuéntame. Pues… ¿te acuerdas el día que fuimos a comprar tus libros? ¿El día que llovió un chingo? Ajá, ah pues ese día fue. Pero si te fuiste ya bien tarde a tu casa, según a “tu casa”. Sí fui a mi casa, me bañé por la pinche mojada que nos dimos y le mandé una foto y obviamente quiso verme en persona. Nos reímos otra vez. Damos el tercer trago a la chela. Entonces, ¿la viste muy noche? Más o menos, como a las diez. Llegué al bar donde quedamos y ella estaba fumando en la calle; ya sabes que me caga el olor a cigarro. Sí, se notó cuánto te detuvo eso. Se ríe. No sabía ni cómo saludarla. Pues normal, ¿no? Ah es que esta vez fue la segunda vez que cogimos ¿Ya te la cogiste dos veces? Nos cogimos, gorda, nos cogimos. Eso sí. Y la primera vez, ¿qué tal estuvo? Ni me acuerdo. Damos el quinto trago al vaso de medio litro.

La besé en el cachete, a lo güey porque aún traía el tapabocas puesto; ella me preguntó, ¿fumas? Le dije que no, seguro puse mala cara, bueno, malos ojos, porque apagó el cigarro y dijo que ella tampoco lo hacía. Entramos juntos al bar. O sea que con ella también llegaste tarde. Se ríe de nuevo. Ella ya estaba allá cuando quedamos, ¡por eso había llegado antes que yo, gorda! En ese bar pedimos un par de chelas de barril ¿Qué bar fue? No lo conoces, yo tampoco lo conocía, luego vamos. Me quise sentar a su lado, pero ella se sentó frente a mí. Salimos como a las once y media o más tarde de ahí ¿Ella ya estaba peda? Leve. Yo no, ya sabes como soy. Le propuse que la siguiéramos. Ah, ¡ya me acordé! es que el primer bar ya iba a cerrar, por eso nos fuimos de ahí. Buscamos otro bar sobre la avenida y entramos a una pizzería, bien fresa. Ya había cerrado su cocina, no había comida, sólo alcohol. Ahora que me acuerdo ya pasaban de las doce.

Nos trae otras dos, igual, Victorias. Tomamos un par de cervezas más en la pizzería, salimos, seguimos caminando, pasamos frente al hotel en el que estuvimos la primera vez ¿Y luego? Me jaló de la cintura y fajamos en la calle, me preguntó, ¿quieres coger? Creo que ahí ya estaba peda ¿Mucho? No, leve, te digo que íbamos caminando y todo, no toma mucho. ¿Y luego? Pues ya sabes, gorda. Nos reímos en complicidad ¿Qué fue? Pues me quedé ahí con ella toda la noche. ¡No mames!, ¿con Martha? Sí, sí, sí con Martha, gorda. Luis y yo nos quedamos en silencio. Tomamos el tercer trago del segundo vaso ¿La verás otra vez? No sé, tal vez. Seguimos tomando nuestras cervezas. Fíjate que las ventas en la semana han estado bajas, mejor que cuando fue pandemia-pandemia, pero igual sigue jodida la venta, además subieron otra vez la renta del puesto y la cuota para el de seguridad. Es una pendejada pasarle un cambio al poli, ¿cuál seguridad si estamos en la pinche calle! Ella pagó el hotel. Órale pinche flaco entonces te rifas. No, es que yo traía sólo la tarjeta, andaba sin efectivo. Ella tiene una tarjeta que usa y luego la paga, según de su trabajo ¿Y le vas a depositar después o qué? No quiere, dice que mejor para la siguiente vez que nos veamos pague yo y ella compra los condones. Entonces sí vas a verla otra vez. Yo creo que sí.

Mi papá y mi mamá ya están hasta la madre. Los de la renta ni ponen los tubos y nos cobran la puesta, aparte del cobro de la bodega para guardar los libros, pero cada domingo llegamos y están los tubos tirados en el piso y hay que ponerlos. Entonces, ¿para qué pagar el extra? además de que nos quita tiempo de venta y los demás tianguistas ya están listos. En el hotel me dio un chingo de sed, ya sólo ponen una pinche botellita, ves que antes ponían al menos dos, ¿no? tuvimos que pedir una a recepción. Y seguro bien cara que les salió. Un chingo. Entonces ya decidimos, vamos a mandar a la chingada a los de la bodega y le vamos a decir a Pedro.

Otras dos Victorias, micheladas, sí. Ella usaba vestido, medias y tacones ¡Qué mamona! No, es que antes tuvo una fiesta o algo así. Ah, ya. Eran negros… los tacones, el vestido y las medias. Pedro está pendejo, no le digan a él. Es lo que le dije a mi papá, pero él necio “quesque” porque Pedro es el que va más temprano que todos. Yo les digo que mejor sigamos donde estamos y hablemos al chile con los de la bodega para que ya no mamen, igual y hasta piensan que no estamos pagando el extra. Ajá, esa es mejor idea a buscar a alguien más. Otra vez olía a lo mismo que la primera vez que nos vimos. Pues es perfume, menso, seguro se puso el mismo. No, no es perfume, es otra cosa, en su piel. Ah. Nunca me quité los calcetines. Jajaja pinche Luis cagado. Y… ¿te la chupó? Sí. Ah. ¿Nos trae un plato de chicharrones? sí, con salsa, por favor.

¿Y lo hizo mucho? Sí, mucho. Ah. La desnudé rápido, le bajé las medias con todo y tanga. Le subí el vestido y el “bra” se fue con él. Ni lo vi, tal vez no traía. Bien hábil tú, ¿no? Ya sabes, gorda. Reímos. Llegan a la mesa los chicharrones que parecen ventanitas de cuatro divisiones, hay salsa en la mesa, le pongo un chingo y Luis me pone una jeta de pocos amigos. Le digo pinche miedoso. Se ríe.

Le mordí la espalda y le dejé dos marcas en los omóplatos ¿En los qué? Arriba de su espalda, casi en el cuello. Pinche loco. No en mal pedo, gorda, ¡cómo crees!, no la lastimé, pero me mandó una foto de las marcas que le dejé. Luis sonríe. A ver la foto que te mandó. Ya no la tengo. Choro que eres. Pinche gorda desconfiada. Me enseña la foto. Es una “selfie” de lado, se alcanza a ver su espalda desnuda, su cuello torcido para lograr que en la foto se le vieran un poco las nalgas, también desnudas; trae suelto su negro cabello rizado. Exactamente en su omóplato izquierdo hay dos marcas rojas, no parecen mordidas, más bien pequeños golpes. Está en un baño de azulejos bronce con vino, muy chiquitos y viejos, de los que ya no ponen últimamente en ningún lugar ¿Dónde se tomó la foto? En el baño del hotel ¿Cómo?, ¿se tomó la foto contigo ahí? No, es que me fui antes y ella se quedó ahí sola ¡¿Por qué te fuiste antes?! Porque entro al jale temprano, ya sabes. Y ella, ¿a qué hora entra a trabajar? Más tarde. Ah. Entonces cuando se metió a bañar me mandó la foto. También le mordí la boca, las tetas, los muslos y el cuello. Levanto el platito y digo “otro”, nos traen un nuevo plato lleno de botana, de nuevo. Quiero dejar de trabajar aquí, flaco. No mames, gorda. Neta, ya me cansé de lo mismo. Yo también me siento así, pero ¿a dónde te irías? No sé aún, tengo varios libros muy buenos y caros, puedo venderlos y buscar otro sitio. Y tu papá y mamá, ¿qué te van a decir? Nos quedamos en silencio por varios minutos.

Pedimos otras dos cervezas. También le di a Martha un par de nalgadas. Nos reímos. Pinche flaco perverso. Ya sabes. Ella volteaba a verse y vernos en el espejo, como que le gusta ver. Cuando me montó estaba frente al espejo, se miraba y se excitaba más ¿Había espejos en el techo? No, sólo en las paredes, en los muebles de los lados. Cogimos un chingo, como cuatro veces, no sé. No, espera, fueron menos, nos quedó un condón por usar. Ella se lo llevó ¿Por qué se lo llevó ella? Te digo que me fui temprano, estaba medio dormido aún y el condón estaba en el piso, o algo así, no me iba a poner a buscarlo a esa hora ¿Qué te dijo cuando te fuiste? Nada, estaba acostada, desnuda, toda la habitación a oscuras, la sábana y las cobijas la cubrían las piernas y la mitad de las nalgas, tenía el cabello extendido en la almohada. Le acaricié la espalda y le dije adiós. Me besó la palma de la mano que había recargado en la cama. Nunca abrió los ojos, sólo me sonrió. Era muy temprano, estaba muy cansada.

Órale te acuerdas de todo. No. Sólo de eso. Mejor sigo aquí con mi papá y mamá, ya le sé a este pedo y tengo mis clientes, ¿no crees? Sí, quédate acá, además están las micheladas cerca de tu puesto. Eso es cierto ¿La vas a volver a ver? No sé, igual y sí. Siempre me dice que le gusto mucho. Siempre. Me dijo que nunca había dormido con nadie, pero que se sintió a salvo y segura y por eso se quedó toda la noche conmigo. Nos abrazamos y cuando pensó que estaba dormido me besó la espalda y el cuello. Acarició mis brazos. Mis piernas… ¿Es todo? Sí, ¿cuánto le debemos? Yo pago flaco, tú pagas la siguiente. Órale, gracias gorda. Además, debes dos hoteles. Nos reímos.

Caminamos un poco por el tianguis antes de llegar al puesto de mi familia. Mi papá estaba muy malhumorado y mi mamá platicaba con la vecina del puesto de al lado. A ver a qué hora, tú. Hola Luis. Buenas tardes, señor. Ya me voy, gorda. Sí güey, cuídate. Antes de que se fuera le pregunté, casi susurrando: Oye flaco… ¿y su esposo? El domingo que nos veamos platicamos de eso, gorda, tú tranquila.


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