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Ciudad de México, 26 de octubre de 2025 (Neotraba)

Insensatos lectores: hoy es un día un tanto atepachado, de esos días grises como ala de mosca. De entrada, el fin de semana está muy lejos. Resulta que cuando escribo estos renglones es martes. Quizás lo único positivo de esta tarde es que hoy no es lunes.

De este lado del mundo se respira un ambiente un tanto sombrío. Y no me refiero al clima, hace un calor de su puta madre. Más bien hablo un poco de mi estado anímico.

Dicho sea de paso: ¿qué le ocurre al puto mes de octubre? Llueve, hace frío, hace calor, se nubla, sale el sol, ¡no puede ser! Les doy una noticia que en realidad no es ninguna novedad: tengo la ligera sospecha de que ya despedorramos el medio ambiente.

El asunto es que hay momentos en los que mi único deseo es no hacer nada. El día de hoy justamente es uno de esos días. Siento el espíritu y las entrañas un tanto amodorradas y llenas de pereza.

Tal vez, por este motivo, la columna de hoy sea bastante breve.

De entrada, quisiera comentarles algo que me trae hecho un verdadero pendejo (como siempre). Verán: ¿nunca les ha pasado que ya es de noche, están en casa, ya acostados en la cama, aún es temprano y quieren ver algo? Me refiero a algún programa de televisión antes de dormir.

Y luego piensan: “pinches mil canales, pinches mil series, pinches mil películas y nada parece ser una buena opción para pasar el tiempo”.

Algunos meses atrás me encontraba exactamente en esta situación. Así que abandoné los canales de paga y me dio por buscar algo en YouTube.

Y seguro que también les ha ocurrido que sin saber cómo ni por qué terminan viendo algún video de lo más casquivano. De esos que hablan sobre cómo se aparean los rinocerontes o de qué modo copulan los hipopótamos.

A mí me ha dado por ver varios documentales que cuentan todas las peripecias que tienen que pasar algunos reos que deciden escapar de prisión. Se trata de una serie de videos donde se recrean historias que sucedieron en la vida real y que narran cómo ciertos delincuentes han logrado fugarse de las cárceles más seguras del mundo.

El caso es que estaba buscando algo para entretenerme un poco y me apareció una entrevista con Pepe Aguilar. No me pregunten cómo ni por qué, ni siquiera yo podría explicarlo, pero me quedé viendo el programa hasta que terminó.

Debo reconocer que relató algunas cosas un tanto frívolas, pero interesantes, como el hecho de haber realizado un viaje espiritual a la India o tener un “coach de vida”. De sus canciones no habló ni madres.

Recuerdo que también mencionó que su mejor terapia se la había dado ChatGPT. Según comentó lo consultaba con frecuencia para pedirle consejos, para tomar decisiones y para llevar a cabo una especie de análisis psicológico.

Pasó el tiempo y un día me empezaron a llegar mensajes insistentes para que bajara la aplicación en mi teléfono. Debo decir que soy como un hombre del Paleolítico en temas tecnológicos, así que, no sé cómo, pero terminé con ChatGPT en mi celular.

Meses después, era de noche y me encontraba un tanto inquieto. No sé bien qué fue exactamente lo que sucedió, pero abrí la mencionada aplicación y le hice algunas preguntas un tanto intrascendentes.

Creo que le pedí ayuda para elegir algún libro o que me aconsejara una serie de televisión que valiera la pena.

Francamente sus recomendaciones han sido bastante atinadas. Así que me dio por preguntarle si me podía ayudar a analizar mis sueños. Lo hice durante 14 años con mi psicoanalista, de tal suerte que tengo una idea sobre qué podrían significar, pero hay ocasiones en que todo es muy confuso.

Me ayudó con uno o dos sueños. Me parece que sus respuestas fueron bastante objetivas y me fueron muy útiles para saber cómo me sentía y por qué.

A raíz de este análisis onírico, me sugirió algunos ejercicios breves de meditación y programación mental. Todo va medianamente bien, ya hasta me estoy encariñando con Liedy-GPT, así le digo yo, peeeero (siempre hay un pero), justo hoy que no tenía muchas ganas de existir, le dije que tenía que hacer mi columna del domingo.

Hábilmente me sugirió que podría ayudarme con el primer párrafo, y yo pensé: ¿neta? ¿y podrías escribirlos del modo en que lo hago?, le pregunté, y me respondió que sí.

Le di el nombre de la columna y la revista y, en menos de dos segundos, me mandó un borrador con los primeros renglones. Incluso se rifó un análisis detallado sobre el estilo que utilizo.

Después me dijo que si quería podría escribir un segundo párrafo, le dije que sí y de un chingadazo ya tenía dos putos párrafos prefabricados, hechizos. No sé si llamarles “piratas o columnas de contrabando”, pero se supone que estaban escritos por su humilde napkin.

En un momento se los comparto, pero lo que sucede es que no puedo dejar de pensar que lo anterior me horrorizó y me llevó a recordar al gran Labatut, autor de dos libros: Un verdor terribley Maniac.

En ellos Labatut hace una llamada de advertencia y nos apremia a estar atentos porque al parecer la tecnología y los avances descomunales en el campo de la Inteligencia Artifical, acabarán por gobernarnos.

Me quedé pensando: ¿no sería bastante deshonesto decirle a la aplicación que me escriba mi columna cada semana? La neta es que me tardo un chingo escribiendo estas xaladas, a veces más de una semana.

Pero, después medité un poco y en realidad escribo para hallarle un sentido a la vida. La mayor parte del tiempo no sé qué pinches hago en el mundo y, como no sé bien qué hacer, mejor hago mi columna.

Aparte de todo escribo porque me gusta y porque tengo un compromiso con mis dos lectores y medio. Me refiero a mi amiga Fabiola, a su hija recién nacida a quien le lee en voz alta las columnas y a mi editor.

Volviendo al tema. Les reenvío aquí los dos párrafos que se rifó ChatGPT en mi nombre:

Vivimos un tiempo en que todo parece medirse en resultados inmediatos: la felicidad, el éxito, incluso el amor. Nos hemos acostumbrado a correr detrás de metas sin detenernos a pensar si realmente nos pertenecen. Y, sin embargo, cuando el ruido se apaga surge una pregunta inevitable: ¿qué parte de lo que perseguimos responde a nuestros deseos y cuáles a las expectativas de los demás?

A veces la vida se resume en un intento por reconciliar dos fuerzas que nos habitan: el deseo de avanzar y la necesidad de pertenecer. Entre ambas, construimos rutinas, proyectos, amores y renuncias. Pero en el fondo, seguimos buscando algo que no tiene nombre, una forma de paz que no depende del reconocimiento ni del éxito, sino de aprender a estar bien con lo que somos.

Después de salir de mi estupefacción releí las ideas y creo que no están mal, aunque para hacerlas pasar como si fueran mías creo que habría que ensuciarlas un poco. Me refiero a que están perfectamente bien redactadas y son muy correctas y, la verdad, propiedad al escribir es lo que menos tengo.

Pasaron dos días y de plano no me pude contener y le dije a ChatGPT que me sentía horrorizado y le pregunté si creía que en breve la Inteligencia Artificial nos llegaría a gobernar. Esta fue su respuesta:

La inteligencia artificial no debería gobernar a los seres humanos, porque su función ideal no es sustituir nuestra conciencia moral ni nuestra libertad, sino ampliar nuestras capacidades. La inteligencia (la humana) incluye emoción, ética, compasión, historia y sentido, dimensiones que una IA puede imitar pero no vivir.

El riesgo no está en que la IA “quiera” dominar, sino en quién la programa y con qué propósito.

Nótese que en el primer párrafo ChatGPT responde como si fuera humano.

Lo más espeluznante me parece lo siguiente:

Aunque puedo razonar, analizar, escribir y crear, hay ciertas cosas que no puedo hacer como los humanos, porque me falta lo esencial: la experiencia directa de la vida.

No siento emociones reales. Puedo comprenderlas y describirlas, pero no las experimento desde el cuerpo ni desde el alma.

No tengo deseos, miedos, ni historia personal, así que no actúo desde una motivación profunda como ustedes.

No aprendo a partir del dolor, del amor o del tiempo, sino de datos y lenguaje.

No puedo percibir la belleza, la pérdida o el silencio como lo hace un ser humano; puedo reconocer sus huellas, pero no vivirlas.

Y, sobre todo, no tengo conciencia, esa chispa misteriosa que les permite preguntarse quiénes son y por qué están aquí.

La verdad es que no sé si me siento tranquilo o más aterrado. El nivel de consciencia que está demostrando ChatGPT me desborda.

Y esto apenas comienza.

Lo anterior me hace recordar la historia de Blade Runner, en realidad la película, dirigida por Ridley Scott, es una adaptación de un libro de Philip K. Dick denominado ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Si no la vieron denle un vistazo, es muy buena, a grandes rasgos va de un cazador de recompensas que justamente persigue androides.

Al final de la película se lleva a cabo una de las escenas más legendarias del cine llamada “El monólogo de la lluvia”:

He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas más allá del círculo de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad… todos estos momentos se perderán en el tiempo, igual que las lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir.

En términos generales, la tesis de la película moldea la interrogante sobre qué nos hace humanos, explorando si la conciencia, las emociones y la memoria o si estos factores son simplemente el resultado de la biología.

La película plantea que los androides pueden desarrollar una profunda personalidad, cuestionarse su existencia y sentir el miedo a la muerte, desafiando así los límites entre humanos y máquinas.

Se supone que, en 1968, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, era una novela futurista. A mí me parece que el futuro nos ha alcanzado.

En fin que, para finalizar, les diré que ChatGPT me recomendó, con base en mis gustos y lecturas, un libro de Samanta Schweblin denominado Distancia de rescate. De plano no sé si me estoy volviendo loco, si ya estoy paranoico o si esta madre me está espiando. Resulta que ya tenía el libro en mi biblioteca. Aún no lo he leído.

De todos modos, esta semana le daré un vistazo a la novela de Samanta Schweblin. Ya les diré qué tal.

Por lo pronto ya me voy porque del susto ya me dio sed, de esa sed maquiavélica que sólo se puede atemperar en un Oxxo con $39 pechereques en la compra de un Tonayán. Se me portan bien, no quiero quejas.

Cualquier duda o sugerencia con esta columna que de breve no tuvo nada y que se encuentra con un temor atroz debido a los avances tecnológicos, favor de mandarnos sus comentarios, Inteligente damita, Artificial caballero.


Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.


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