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Ciudad de México, 9 de diciembre de 2025 (Neotraba)

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Entré en la iglesia más por el silencio que por el consuelo. O, quizá, por el consuelo que aporta el silencio. Llevaba semanas con la misma rutina, alrededor de las seis de la tarde caminaba hasta la iglesia para sentarme a un lado de la figura de San Chárbel y esperar, ¿qué? No lo tenía claro, pero era mejor que seguir sentado frente a la computadora mandando solicitudes de empleo que nadie respondía. Así que rezaba y después de un rato me iba. Con frecuencia me encontraba a un indigente dentro de la iglesia, o lo veía salir cuando yo entraba, o entrar cuando yo salía. Siempre el mismo, aquel a quien en casa llamábamos Guzik, por su enorme parecido con un amigo de la familia. Nunca nos dijimos nada, ni siquiera cruzamos miradas, salvo aquella vez que, por alguna razón, mirándome fijamente a los ojos, con voz suave y familiarmente inexpresiva, rompió por un momento el silencio –Hola, Carlos– dijo. –Hola– alcancé a responder conmovido, mientras salía de la iglesia, sin entender por qué me saludaba, sin entender cómo carajos sabía mi nombre.


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