LuccIA
LuccIA: a partir de una IA crear el perfil de una mujer para seducir a cualquier hombre. ¿Cuál es la intención? El cuento de Verónica González en su columna Doña Clito

LuccIA: a partir de una IA crear el perfil de una mujer para seducir a cualquier hombre. ¿Cuál es la intención? El cuento de Verónica González en su columna Doña Clito

Por Verónica Edith González Cantú
Ciudad de México, 16 de marzo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 9 minutos
Apareció en la pantalla vestida de blanco, como una novia tradicional, impoluta. A diferencia de la típica andante al altar con recatado vestido, ella usaba escotes pronunciados que dejaban entrever la naturalidad caída de sus grandes senos. Después de esa imagen impactante comencé a leerla, enseguida noté su lenguaje escrito rebuscado, falsamente intelectual, sensual y sobre todo sexual. Sus textos tenían una voz narrativa tóxica, que aplaudía la infidelidad, la hiper sexualidad de la mujer, el uso de tecnologías para salirse de la realidad, entre otros temas similares. Sus historias sucedían en una realidad nociva y dolorosa de un matrimonio o de una pareja en casa que cercena la libertad sexual del lector en turno. En términos honestos y reales el tema del que escribía mayormente era romper con una fidelidad prometida, el abandono en la pareja y el poder de herir. Verlo entre sus seguidores me hirió para siempre…
Fue muy fácil crearla, los cánones de belleza son constantes: tetas más grandes al promedio, nalgas redondas y levantadas, caderas anchas, cintura exageradamente estrecha, ojos miel, cabello largo, piel sin arrugas, cuerpo sin pliegues, cabello sin canas. La fórmula es muy conocida y siempre, por lo visto siempre, funciona. Incluso funcionó en el enamorado más entregado y dedicado. Conquista ese guiño de la perfección aprendida, el galardón más deseado, la típica belleza homogénea.
Las fotografías que usaría estaban listas en el perfil real; porque eran reales antes de intervenirlas. Exageré los rasgos de su rostro en su exquisitez, suavicé un poco más la apariencia de su piel, estreché mucho más su cintura, agrandé sus senos. Nada de esto era difícil de hacer con cualquier programa de edición de fotos en un celular. Afortunadamente la mujer real de estas fotografías era fotogénica y le encantaba tomar y subir fotos a sus redes sociales, así que había material de sobra para trabajar durante el tiempo que yo quisiera.
Lo importante era que nadie descubriera la verdad, así que una labor primordial era bloquear los comentarios de las fotos para que nadie señalará lo irreal de su cintura, lo largo exagerado de sus dedos, lo prototípico de sus escenarios o lo extraño que era que una chica tan hermosa dijera exactamente las palabras que quiere escuchar el hombre oprimido por una relación monógama. Esa cancelación de comentarios además generaría una mayor interacción de sus seguidores a través de mensajes; haría acrecentar su imagen de mujer fatal y misteriosa.
Ella… tan incomprendida que no tiene la intención de ser aceptada por nadie, como tú que la deseas detrás de la pantalla, eso te hace pensar que es como si estuvieran hechos el uno para el otro.
Había que poner algo de realismo, unos cuantos contactos que supieran la verdad, pero que la aceptaran y que tuvieran cierta categoría de personas serias e intelectuales, con eso era suficiente.
No debía olvidar subir una foto de un lugar real, conocido. Esto para dar un guiño de dónde vive, de qué lugar es. Todo para que quienes se interesan en ella puedan tener pistas de dónde está, de que existe, porque lo tangible también atrapa.
Había que darles material para imaginarla caminando en esas calles tan normales, tal vez buscando salir de la rutina en su compañía. Soñar con “irse de pinta” de su vida e ir a ese pueblo donde ella vive. Sentir que se encontró con una pepita de oro y quién sabe, poder conocerla, platicar con ella, tocarla, cogerla. Finalmente es fácil lograrlo con la labia correcta, ella es una intelectual.
Me faltaba ponerle un nombre. Una decisión muy importante en redes sociales. Darle un nombre como: Samantha Sensual, haría que perdiera rápidamente adeptos, obviamente. Porque entre las búsquedas y reacciones aparecería su nombre y el hombre que planea llevar una doble o triple vida desea el anonimato, que no se sepan sus gustos, sus likes, sus pensamientos y deseos reales. Entonces se me ocurrió un nombre masculino pero famoso, para encubrirla.
¡Eureka!: un deportista, específicamente un futbolista. Todo hombre honorable puede tener entre sus contactos un Ronaldinho por ejemplo. Debía ser algo ambiguo, algo unisex. Elegí Luccia. Con el nombre ya estaba la perfecta mezcla de misterio que encanta, que los hace sentir que están descubriendo al genio de la lámpara.
El perfil estaba listo. Fue creada alrededor de la festividad donde las soledades se amargan: Navidad. Justo cuando muchos están en un momento de introspección, con nostalgia, tristeza, melancolía; sintiéndose incomprendidos y deseando leer a alguien que los entienda, que piense como ellos, que sepa lo que sienten.
La telaraña ideal para que caigan estaba tejida y la presa cayó. Empecé a recibir su atención en esos fríos días. Subí un par de fotos muy escotada, sugerente, incluso elegante, haciendo énfasis en la nariz respingada y los labios carnosos. Suena demasiado obvio, ¿verdad? pero funciona. La mosca cayó en la telaraña. Era cuestión de tiempo que la araña caminara hacia ella para buscar su muerte. Un día de la nada me sentí culpable de tentar al hombre más enamorado, al que había prometido fidelidad en todos los espacios. Una fidelidad que le repitieron que no era importante y que al parecer tomó la opción de que no lo fuera. Me sentí culpable de saber que, hasta el más dulce de los amantes, el más cariñoso, el más tierno, el más amoroso es arreado por un par de tetas, como tristemente dice el dicho, jalan más que una carreta.
El resto de los seguidores eran los de siempre: el “todas mías”, el “sigue morras 3000”, el raro, el antisocial, el violador, el adicto a la pornografía, el niño de catorce años, el adulto que tiene un perfil falso de niño de catorce años, la mujer confundida, la mujer que busca aceptación masculina, la mujer que la envidia. En fin, los personajes de siempre que siguen esta clase de perfiles. Siempre son los mismos, pero él no cuadraba con este perfil, ¿qué hacía él aquí?, ¿por qué?, ¿por qué él? no tenía sentido. Llamémoslo Romeo.
El objetivo era empezar alguna conversación en algún momento, hablar sobre una tragedia familiar y pedir un poco de ayuda, si se puede económica, conseguirla y con ello cubrir mis gastos por unos meses. Se nos salió de las manos. No quería romper ningún corazón, era lo último que quería; pero el algoritmo es cruel, es malo, le gusta la polémica, se alimenta del morbo; le quita horas de sueño a las personas tratando de descifrar: ¿por qué me sugirió esta amistad?, ¿a quién tenemos en común?, ¿qué tenemos en común?, ¿por qué lo tenemos en común? El algoritmo lo hizo. Un día aparecí en el feed de su pareja, su Julieta. En el apartado de “posibles intereses”, ella quedó sorprendida del único amigo en común. Mi mujer inventada no parecía la persona que Romeo siguiera o que a él le interesara. Desgraciadamente la curiosidad mató al gato. Ella entró a mi perfil, me di cuenta; en ese momento me sentí el doctor Frankestein siendo visitado por un aldeano con una antorcha encendida buscando en los rincones recónditos de mi laboratorio, cazando a mi monstruo para acabar con él.
Bastó que viera tres publicaciones con un like de Romeo cada una, cada una con una evidente fijación al tema de la infidelidad y sus tetas. Eso fue suficiente para que a su Julieta se le rompiera esa idea estúpida, inocente y ridícula de creer que todo estaba bien, que todo era perfecto y que nada estaba fallando y sobre todo que ella era suficiente para él.
Mi Luccia no estaba hecha para ser escudriñada por el ojo de una mujer herida. Para su Julieta todo fue muy obvio: el perfil es falso, claramente es falso, ¿qué hace él aquí!, ¿por qué darle tanta importancia? pero su historia personal le decía que a lo que antes, en otras relaciones no le había dado importancia, en algún momento doloroso, se volvió importante. Esos seres digitales y espacios pornográficos habitados sin ella contra los que no puede competir, ni ganar. Es seguro que su Julieta se atormentó, estoy tan segura de ello porque el algoritmo a mí me hizo lo mismo que a ella.
Ella, su novia, su Julieta también apareció en mi feed. No sólo ellos me stalkeaban, yo también los stalkeaba a ellos y ella estaba ahí, en todas partes en las redes sociales de Romeo. Era cuestión de tiempo para que me apareciera. Yo, ¿qué debía hacer?, ¿enviarle el mensaje de tranquila, no pasa nada, sólo nos conocimos de casualidad en redes? o ¿enviarle una solicitud de amistad a Julieta para despistar era demasiado? Entré en pánico, pero desgraciadamente sí le envié una solicitud y ahí destapé todo. Después el pánico se apoderó de mí por segunda vez y decidí borrar todo. Sin mala intención dejé por doquier las migajas de pan por todo el camino para que ella llegara fácilmente a las fauces de una voraz bruja. Estoy segura de que el daño estaba hecho. Cancelé la solicitud de amistad, borré de mis seguidores a Romeo, pero el daño estaba hecho. Con ella al menos se me cayó el teatrito, como dirían por ahí. Se me echó a perder ese negocio. Entonces con el afán de arreglarlo hice varias cosas, subí un estado vulgar, convertí las fotos de mi musa en escenarios ridículamente morbosos para que a su Julieta le quedara claro mi falso origen, de dónde soy y que supiera que no soy una mujer de verdad. Que no hay nada que temer. Porque no hay nada que temer de mí, ¿o sí? Al primer mensaje de uno de mis seguidores le ofrecería fotos desnuda de Luccia a cambio de un retiro en el cajero para no dejar huella. La IA puede desnudar a mi musa y listo. Entonces me retiraría de esta pantomima que dejó al menos un corazón roto. Sólo sabrá Dios lo que habré provocado, porque yo a ciencia cierta no lo sé. Sólo sé que dejé de verla en todas las fotos del perfil de Romeo. Su omnipresencia en sus publicaciones desapareció y él pronto se volvió gris. Ella se apagó completamente, la daga entró profundamente en su amor. La historia de Romeo y su Julieta terminó.
Para él y para mí nos quedaría la dolorosa lección de que: si escarbas un poco en las cenizas, aunque no veas fuego, podrás quemarte.
