Los cursos del sábado y el gran Francisco Tario
Esta columna no entiende a Borges y está llena de féretros enamorados y mal correspondidos, la escribe Gabriel Duarte

Esta columna no entiende a Borges y está llena de féretros enamorados y mal correspondidos, la escribe Gabriel Duarte

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 8 de junio de 2025 (Neotraba)
Insensatos lectores: resulta que el sábado se me empalmaron dos actividades. Por un lado, finalizaba un curso de novela breve. Por otra parte, tenía una clase sobre El Aleph. Uno comenzaba a las 9 y otro empezaba a las 11, pero el que daba inicio más temprano era vía zoom y normalmente se graba, así que, me valió harta madre y seguí dormido hasta las diez. Decidí lanzarme al curso de Borges. Ya vería después la grabación de la última clase del curso de novela.
La cita era en la colonia Narvarte. Llegué muy puntual en mi acuamotito (le digo acuamoto porque al final me agarró un puto aguacero, sentí como si estuviera atravesando el Río Bravo para llegar a mi casa). Me recibió el gran Ricardo Bernal. Muy cortés me acercó unas galletitas y me invitó un café. Mientras esperábamos a los demás charlamos en la sala. Tiene unos sillones espectaculares. Sentado allí me sentía el Vizconde de la Colonia Álamos.
Me enseñó el cuartel general de “La Mandrágora” (así se llama su proyecto literario) y debo decir que está biendepocamadres. Es una casa de techos altos acondicionada para dar cursos y recibir visitas. Me sentí bien agustito. El único inconveniente era que estaba un poco acalorado y de un momento a otro empecé a sudar como mixiote. Por fortuna apareció un ventilador y se acabaron los bochornos.
Al gran Richard lo conocí hace más de veinte años en el Claustro de Sor Juana. Tomé un curso con él de Literatura y Ciencia Ficción. Aprendí montones de cosas y gracias a él leí por primera vez al inigualable Raymond Chandler. Tiempo después asistí a otro curso sobre asesinos seriales. Recuerdo que también me gustó montones.
El asunto es que el sábado se trataba de hablar sobre El Aleph y ver las conexiones que existen entre los cuentos que conforman el libro. Después de haber terminado el curso, he llegado a la siguiente conclusión: Borges era un puto genio y yo soy un verdadero zoquete. No más no le hallo el modo. Cada vez que lo empiezo a leer me distraigo a la menor provocación. Normalmente eso no me sucede, pero creo que en este caso en particular me estorba un poco el lenguaje.
Por ahora pienso dejar a Borges por la paz. Quizás encuentre el momento de leerlo y de comprender su literatura a cabalidad. Aunque quedamos de revisar Ficciones, que es otro libro de Borges, en un curso posterior.
Debo decir que lo que más me gustó fue que al finalizar nos lanzamos por unas pippsas. Éramos ocho individuos. Platicamos, nos conocimos, nos reímos y quedamos de vernos en breve para hacer una sesión espiritista.
Por otra parte, en algún momento del día Ricardo mencionó a Tario y me quedé pensando que nunca he hablado de él en este espacio:
Sólo les diré, por ahora, que Francisco Tario fue un escritor nacido en México cuyo nombre era Francisco Peláez. Fuer portero de fútbol y dueño de un cine en Acapulco, vecino de Octavio Paz y al parecer tocaba el piano. Aparte de todo eso escribía de lujo. Si no me creen denle un vistazo a este cuento:
Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se acercó al empleado y dijo: “Necesito un féretro”. Oí distraídamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también en aquel preciso momento, el timbre de la puerta de la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.
El empleado dijo: “Pase usted”. Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado por el espectáculo de aquellos cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.
Mi compañero de abajo se estiró cuanto pudo para explicarme: “El cliente es rico, conque tú serás el elegido”.
La noche era fría, lluviosa y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho menos aventurarme –Dios sabe con qué rumbo– por esas calles tan húmedas y resbaladizas.
El enlutado seguía tosiendo y examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente sin aproximarse demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo durar entre otras cosas su sobriedad, duración y comodidad.
De súbito, advertí sobre mi espalda un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes, abultados –verdaderos ojos de rana– que repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Escuché de nuevo su voz cavernosa: “El finado es robusto, ¿sabe?” Fue entonces cuando pensé: “Me llevará sin duda”. En efecto prorrumpió: “Creo que me convenga éste”.
Ajustaron el precio –en mi concepto irrisorio– y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el interior del vehículo, sollozaba ahogadamente llevándose con frecuencia el pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello de capote subido, hacía girar extrañamente el volante…
En tanto mi cerebro trabajaba sin descanso: ¿Hacia qué lugar me conducirán? ¿Qué clase de destino me aguarda? Es preciso que los hombres sepan que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante todo, tenemos nombre: unos masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de acuerdo con nuestro sexo.
Mientras permanecemos en el almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del cónyuge que nos deparará la suerte.
Buena prueba de esto último es que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se despidió de mí de esta forma: “Que el destino te conceda buena hembra y buena casa…” y yo que soy hombre, le respondí tristemente: Sobre todo eso, amigo: buena casa para el invierno.
¡Ah, esas tumbas de tierra, enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por nuestra espalda y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas, encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un abismo!
Cuando el automóvil se detuvo, observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces humanas de: ¡El féretro! ¡El féretro! Alcé los ojos y vi un edificio cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato, no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar indecibles esfuerzos para contener la risa.
Allí estaba yo, tendido sobre no sé qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una especie de monstruo culpable de la muerte de los hombres.
Una muchacha fresca y esbelta, que desprendía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda el alma, prorrumpió al verme: “¡Es tan terrible y tan negro”. Distinguí su pecho duro y alto, que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela infame.
Otra mujer, rubicunda y fea, cuchicheó una frase indulgente: “¡Y las manijas son de plata!” Pero he aquí que, de pronto, un chiquillo se me acerca y pregunta: “¿Es para enterrar a papá?” Sentí que el corazón me dejaba de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.
¿Cómo para papá? –me dije. ¿No soy acaso un hombre? Quise gritar, protestando. Quise incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí. Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío, salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de flores…
No pudiendo soportar más el oprobio del que era víctima hice un sobrehumano esfuerzo y derribé el cadáver. Cayó éste con gran aparato partiendo por la mitad un cirio que se apagó instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso. Yo grité y no me oyó nadie: ¡No quiero! ¡No quiero!
Todos se apresuraron a levantar al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las manos sobre el escote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis instintos. “¡Lograr poseerla!” –pensé con angustia.
Pero de nuevo cayó a plomo sobre mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga. Me encogí de hombros y opté por dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.
Así lo hice. Y soñé. Soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel… con ricos sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres… Soñé, y las imágenes sibaríticas me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres después de una noche de continuos placeres.
Para finalizar, debo comentarles que intenté escuchar la grabación de la clase a la que falté el sábado y la verdad no me ha sido posible estar atento sin quedarme dormido. Se me ha hecho eterna y aburrida, como un domingo sin dinero. Si algún día logro terminar con esa sesión ya les diré si valió la pena, pero visto lo visto, me parece que no.
Por ahora me voy porque dejé unos jitomates en el comal y me pienso rifar una salsa. Se me portan bien, no quiero quejas. Cualquier duda o sugerencia con esta columna que no entiende a Borges y que está llena de féretros enamorados y mal correspondidos, favor de mandarnos sus comentarios, inigualable damita, gentil caballero.

Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.
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¡Me encantó! Saludos Gabriel