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Ciudad de México, 15 de agosto de 2025 (Neotraba)

Eres librero de viejo, vives en la Ciudad de México, una de las urbes con más libros en el mundo, te llaman a la oficina y te ofrecen una biblioteca de treinta y cinco mil libros en Iztapalapa, dudas con toda razón porque no es común que te llamen de esa zona y menos por esa cantidad, te dicen que son libros de antropología e historia, que no son saldo, todos son títulos distintos, que pertenecieron a un famoso historiador mexicano, sigues sin convencerte, pero aceptas, agendas la visita para la siguiente semana.

Fotografía por cortesía de Sergio Núñez
Fotografía por cortesía de Sergio Núñez

Llega el día, te presentas puntualmente frente a dos grandes portones negros, resulta ser una bodega de bodegas, te recibe la mediadora, una joven contadora que lidia entre dos hermanas herederas que no pueden verse, no se hablan, reflejan odio en la mirada, mucha tensión en el ambiente, pasas con ellas, caminas más de cien metros dentro del lugar, al llegar al fondo abren una puerta, luego otra y una más al final, demasiada protección, bajas a una especie de búnker donde el sonido exterior se apaga.

Entras y te recibe ese olor inconfundible de la acumulación de libros viejos, esa fragancia parecida a la vainilla, en la mente guardas el dato que en parte es debido a la lignina, te sonrojas por saber ese dato inútil. Te sorprendes al ver qué es real, en poco más de cincuenta libreros se albergan treinta y cinco mil libros, no demuestras ninguna emoción, una de las reglas principales al visitar bibliotecas particulares, pero por dentro estás más que emocionado, si pudieran ver tu mente te verían saltando de felicidad.

Caminas entre una decena de pasillos con libros perfectamente acomodados, con letreros temáticos escritos con letra roja en papelitos amarillos, lees arqueología, arte universal, lenguas indígenas, pero un estante metálico llama tú atención, ¿será posible?, jamás en tu vida imaginaste ver tremenda colección, cientos de códices juntos, editados en varias partes del mundo, los más raros e inconseguibles reunidos en un mismo sitio.

Sigues sin demostrar emoción, con las manos en la espalda recorres los pasillos, eventualmente tomas uno que otro ejemplar, no llamas la atención, después de unos minutos te presionan, ¿cómo ve la biblioteca, le interesa?, por dentro sabes que puede ser el trato de tu vida, pero continúas serio y firme y sólo comentas que es interesante.

Continúas con el recorrido, finalmente comienzas con las preguntas de rutina, ¿a quién perteneció la biblioteca?, ¿por qué motivo la venden? y la pregunta crucial: ¿cuánto desean obtener por todo? Te responden, los libros eran de un reconocido intelectual mexicano que fue director de un gran museo e hizo descubrimientos arqueológicos notables, murió hace más de quince años y las herederas han decidido vender todo, no quieren donarla a ninguna institución, queremos tantos millones. Escuchas la cantidad, arqueas las cejas, estás sorprendido, aunque no tanto, tal vez sea el valor real, pero tienes un negocio y debes verlo como tal.

Fotografía de Emilio Cher
Fotografía de Emilio Cher

Haces comentarios sobre algunos aspectos de la biblioteca, intentas sólo comprar los códices, son tajantes, todo o nada, eso lo tienen muy claro. Tienen otras propuestas de colegas que han visitado la biblioteca. Les pides unos minutos, piensas en soluciones, quieres los libros, pero no tienes el dinero suficiente, incluso te preocupa que tu coche no trae gasolina, el clutch anda fallando y la tarjeta la traes casi en ceros.

Finalmente aceptas que la biblioteca no es para ti, recomiendas a un colega y amigo de la vieja guardia que se dedica al mismo rubro, si no es para ti, ¿para qué obstaculizas la venta? Le marcas a tu amigo, se interesa, contactas a ambos y agradeces el ofrecimiento, fuiste sincero y directo, eso siempre ayuda, te retiras con un sentimiento de resignación, pero contento por ver tal cantidad de libros, tan buenos títulos, bien cuidados y muchas joyas mezcladas entre los anaqueles.

Por la noche de ese mismo día tu amigo te marca y te dice, yo no voy, este negocio no es para mí, pero te apoyo con dinero si lo necesitas, tú haces toda la logística del traslado y me pagas con libros, sólo quiero libros.

Pasas un par de días pensando en si te avientas la deuda y la tarea titánica de trasladar tremenda cantidad de volúmenes, piensas cuánto ofrecer, si aceptan cuánto tiempo te llevará empacarlos, con qué libros pagar al socio, cómo trasladarlos, dónde guardarlos y sobre todo cómo los venderás. Lo platicas con tu círculo más cercano, te apoyan con frases como: suena bien, como tú veas; ya tienes muchos libros, pero ¡adelante!; sólo una persona te alienta sinceramente, ¡tú puedes, esa biblioteca es para ti!, lo recibes con gusto y decides rifarte el tiro.

Después de meditarlo te comunicas y realizas la propuesta, ofreces la quinta parte de lo que te piden, recibes una contra oferta y así pasan dos semanas, en un estira y afloja, logras el acuerdo, aceptan la tercera parte, estás feliz, te enteras de que tenían mejores ofertas, pero aceptan la tuya porque generaste confianza, los otros no cayeron muy bien, fueron despectivos con los libros y eso no agrada. Ponen fecha para firmar el contrato y las condiciones.

Visitas a tu amigo y colega, le platicas la situación, que requieres el préstamo, la cantidad completa, sin moverse de su asiento te señala con la mirada una caja que parece un libro, abres la caja, te sientes dentro de una película de mafiosos rusos, abres la caja y trae cientos de billetes, ya tienes con qué pagar.

Llega el día, las herederas a punto de partirse la cara, cada quien con su abogado y además la mediadora, no te será sencillo, después de más de una hora de detalles legales firman, la biblioteca es tuya, te dan las llaves del búnker de Iztapalapa y doce semanas para retirar la totalidad de los libros, todo se acomoda para que no tengas problemas.

Estás más que feliz, te lo mereces, lo ves como una especie de consolidación en el oficio, donde todo lo sembrado en experiencia, trabajo y buenas relaciones fructifica. Ahora tú eres el poseedor de una colección inmensa, la responsabilidad ha cambiado de manos, las herederas consiguieron su meta, ahora te toca a ti distribuirla entre las personas correctas, entre colegas, investigadores, estudiantes y lectores que la valoren, debes honrar la paciencia y la entrega del antiguo dueño. Será otra empresa digna de contar, por ahora disfruta esta parte de tu vida llamada felicidad.


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