¿Te gustó? ¡Comparte!

Puebla, México, 15 de noviembre de 2025 (Neotraba)

Érase una vez un hombre que habitaba la tierra, en un mundo extraño. Todo lo que había eran incendios distribuidos por casi todos lados y el cielo era gris, como si fuera el mismo apocalipsis.

Aquel hombre se encontraba solo, con su fogata encendida, asando una cosa extraña y viscosa que había encontrado en el suelo para comérsela. Hasta donde él sabía, no había nadie más que él habitando ese terrible mundo, por lo que era muy ignorante. Al no conocer o familiarizarse con alguien más, el hombre no tenía sentimientos; era como ver a un robot automático. No le importaba nada, solo vivía porque no sabía cómo morir. Era completamente ignorante y desconsiderado.

Una tarde, aquel hombre se encontraba buscando algo para comer, ya que solo sabía hacer eso. Incluso cuando dormía, él pensaba que viajaba a otro mundo, algo cerca de la muerte, pero para su desgracia, nunca lo lograba.

Él continuaba buscando algo que comer, hasta que encontró un bulto raro y repleto de tierra. Por “curiosidad”, decidió rascar para saber qué se encontraba ahí. Al hurgar una y otra vez, sintió algo rocoso y brillante. Lo sacó y era un tipo de piedra preciosa que, al salir a la luz, se sentía extremadamente ardiente. Prácticamente hervía solo de darle el sol por unos cuantos segundos, por lo que el hombre decidió enterrarlo nuevamente debajo de la tierra. Esa tarde, finalmente encontró algo de supuesto alimento, dejando a la piedra ardiente atrás.

Por fin llegó el anochecer. El hombre cenó y finalmente se quedó dormido por lo exhausto que fue el día. Como todas las veces anteriores, él pensaba que ya había muerto. Normalmente, cuando el hombre dormía, soñaba con algo de color verde en el suelo y color azul en el cielo, pero esta vez no fue así. En este sueño, parecía que se encontraba en una superficie totalmente negra, con extraños rayones por todos lados, como un cuarto oscuro. No se sentía el suelo, era como si el hombre estuviese flotando en aquel cuarto, por lo que pensó que ahora sí habría muerto. Esa no era la misma visión de cada noche, sino una totalmente distinta.

Despertó y extrañamente se sintió aliviado de seguir vivo, pero no le dio demasiada importancia a su sueño. Sin percatarse, en algunas ocasiones ya no eran sueños a los que viajaba, sino que eran pequeñas y rápidas visiones del mismo cuarto oscuro con rayones verdes o azules. Así continuó soñando durante los siguientes 2 meses.

Una tarde como cualquier otra, el hombre se encontraba divagando por el mundo, buscando más alimento, aunque de alguna manera cada vez le crecía más y más vello corporal. No le era extraño, pero ahora comenzaba a tener hábitos que antes ni siquiera realizaba. Por ejemplo, a veces se llegaba a rascar, aunque ni un solo mosquito existiera y lo picara. Además, también comenzaba a quedarse con mucha hambre, ya que ahora era melindroso con cualquier cosa que no se notara apetitosa.

Se rindió de buscar comida y se dejó caer al suelo, tratando de nublar su mente, hasta que, de repente, un fuerte ruido se escuchó a tan solo unos metros de él. Antes, no le habría dado curiosidad o importancia, pero ahora sentía la necesidad de involucrarse. Tenía el pensamiento de ver qué había ocurrido para ocasionar un ruido tan penetrante. Debido a su inevitable curiosidad, el hombre se dirigió hacia el ruido.

Unos minutos después, al pasar por una larga caminata, finalmente llegó al paradero de aquel ruido, y al ver de dónde provenía, solo le dio más curiosidad. Al parecer, era un tipo de cápsula o bola metálica que el hombre jamás había visto, pero que por casualidad conocía de alguna manera. Después de pensarlo demasiado, decidió acercarse a esa cosa, pero fue interrumpido por algo que salió de ahí. Era algo que se parecía a él, pero tenía dos bultos en el pecho, y no tenía nada en su entrepierna.

Al verlo por completo, el hombre se asustó un poco, pero su curiosidad fue aún más grande. Por otro lado, la criatura se mostraba con un carácter de miedo y angustia, por lo que era algo torpe. Así que el hombre la ayudó a salir de aquella cápsula. La criatura se apoyó en el hombre y finalmente logró salir por completo de ahí. Al sostenerla, el hombre notó que la criatura tenía una palabra marcada en el cuello, la cual era “MUJER”.

El hombre no le tomó importancia, supuso que ese era el nombre de la criatura, así que comenzó a llamarla así. Pasaron los meses y el hombre cada vez evolucionaba más, con esto, él le mostraba lo que sabía a la mujer. El hombre le enseñó a hablar, a escribir, y a hacer cuentas, aunque por más increíble que pareciera, el hombre tampoco entendía lo que hacía, solo lo sabía. Con el paso del tiempo, su vello corporal crecía y crecía más, llenando todo su cuerpo. No les era extraño, creyeron que era algo natural y no le dieron más importancia. Sin percatarse de su gran evolución, ahora creaban y descubrían cosas juntos. Un día, incluso rieron juntos, algo extraordinario ya que no tenían sentimientos ni emociones.

Una tarde, casi noche, el hombre y la mujer se encontraban tirados en el suelo, analizando su situación. Hasta que al hombre le surgió una duda:

–¿Cómo es que llegaste hasta aquí, mujer? –le preguntó él a la mujer.

–Mi memoria a corto plazo no me permite reconocer mi llegada a este mundo, hombre –dijo la mujer, sin entrar en detalles.

Ambos continuaron divagando juntos por el mundo, cada vez llenos de más experiencias, compartiendo ahora más sonrisas y frustraciones. A veces se carcajeaban juntos y a veces uno se apartaba del otro por conflictos sobre casi cualquier equivocación.

Una tarde, la mujer se encontraba explorando el mundo nuevamente, hasta que, a lo lejos, notó al hombre, parado frente a un bulto de tierra. Ella intentó acercarse, pero el hombre rápidamente ocultó lo que sea que estaba debajo de ese bulto, sepultándolo nuevamente, mostrándose algo nervioso. Aun así, la mujer siguió acercándose.

–¿Qué estabas haciendo, hombre? –Preguntó la mujer curiosa, tratando de asomarse a ver qué ocultaba el hombre.

–No es de importancia para nosotros, mujer. Vámonos, el sol se ocultará pronto –dijo el hombre, manteniéndose firme, pero aún algo nervioso.

Ella se resignó y se fueron de ahí. Pasó el tiempo. El hombre seguía ocultando algo, siempre iba a dónde se encontraba aquel bulto extraño de tierra. La mujer se percató de eso, por lo que una noche después de que el hombre se quedara tirado y dormido en el suelo, ella se escapó, en busca del misterioso bulto de tierra.

Comenzó su travesía. El camino parecía más largo de lo habitual, pero ella no se rindió. Caminó y caminó, hasta que unas horas después, finalmente halló a lo lejos aquel bulto. Corrió rápidamente para finalmente ver qué ocultaba el hombre. Estaba agotada, agobiada y exhausta, pero no se rindió.

Finalmente, llegó a aquel bulto de tierra y sin pensarlo demasiado, comenzó a rascar, intentando hallar su contenido. Después de unos minutos de hurgar, finalmente sintió algo duro, así que lo sacó. Era una simple piedra. Su expresión cambió rápidamente a una de decepción, frustración y molestia.

¿Acaso eso era lo único que el hombre ocultaba? ¿Una inútil piedra? Ella no se rindió, esperaba encontrar algo de verdad impactante como para que el hombre lo ocultara, así que siguió rascando lo más profundo que pudo, por varias horas y sin encontrar nada. El sol ya se estaba asomando, así que la mujer se rindió y tomó la piedra para volver a enterrarla. Pero al tomarla, el sol sacó sus rayos de luz, dándole justo a la piedra, por lo que comenzó a hervir. Rápidamente la mujer la tiró al suelo, sus manos estaban completamente rojas y con quemaduras de grado medio. Ella se asustó un poco, así que decidió que iba a buscar explicaciones del hombre.

Tomó la piedra mientras la cubría del sol con su sombra, y se la llevó. Mientras caminaba de vuelta a dónde se encontraba el hombre, ella no dejaba de preguntarse: ¿Por qué el hombre ocultaría algo como eso? ¿Acaso él sabía cosas que ella no? ¿Él sería capaz de hacer algo tan desagradable como eso?

Finalmente, la mujer llegó a su destino. El hombre ya se encontraba divagando por ahí, por lo que ella se dirigió a él muy molesta, furiosa, hasta querer golpearlo. Lo empujó de golpe, gritándole, escupiéndole una pregunta.

–¿Qué es esto? –preguntó la mujer exaltada, sosteniendo la piedra en su mano y mostrándosela al hombre.

El hombre, al percatarse de lo que la mujer tenía en la mano, abrió más sus ojos.

–¿De dónde sacaste eso, mujer? –titubeó el hombre, desconcertado y sin poder moverse.

–¿Acaso hay algo que me estés ocultando? ¿Hay algo que deba saber, hombre? –Preguntó la mujer, aún exaltada.

El hombre se encontraba en un debate consigo mismo. Nunca se imaginó que la mujer hallaría aquella piedra de entonces. No sabía qué decir, era algo tan difícil de descifrar en ese momento. El hombre se quedó helado, insólito por la situación actual. Entró en un conflicto interno consigo mismo. ¿Por qué creía que la mujer nunca encontraría la piedra? ¿Por qué evitó el tema a toda costa? ¿Acaso sabía algo que nadie más podía saber?

De cualquier manera, el hombre no dijo nada. Se mantuvo culpable, con la mirada perdida.

–¡Responde, hombre! –dijo la mujer, aún alterada.

El hombre se mantuvo callado por un momento más, para finalmente responder:

–No tengo nada que decir, mujer. No sé de qué hablas –dijo el hombre, cobardemente.

–¿Ah? Así que aun así no me vas a dar explicaciones –dijo la mujer, con ironía. –Bien, toma tu inútil piedra. La mujer aventó la piedra hasta perderla de vista.

Ella se alejó, aún molesta. Mientras que el hombre corrió rápidamente por la piedra. La tomó a pesar de lo ardiente que estaba, ya que estaba expuesta a la luz del sol. El hombre se alejó y llevó la piedra a un tipo de cueva, donde no le diera ni un solo rayo de luz. Él se sentó en el suelo, al lado de la piedra, como si la protegiera de cualquier cosa que estuviera cerca.

Unos días después, la mujer se encontraba buscando nuevo refugio, apartándose del hombre.

–¿Hasta cuándo vas a seguir evitándome, mujer? –Preguntó el hombre, serio y algo sarcástico.

–¿Hasta cuándo piensas ocultar lo que sea que ocultes, tú? –Mencionó la mujer, reservándose más de lo que quería decir.

El hombre no respondió, manteniéndose callado. Pasaron los días. Ahora cada uno era independiente, por lo que evolucionaban cada uno a su propio ritmo. Al pasar el tiempo, ambos estaban completamente llenos de pelo por todas partes, cubriendo su piel. Su cabeza y otras partes de su cuerpo también habían crecido singularmente más. Por otra parte, ahora tenían un tipo de joroba, y su caminar era peculiarmente particular, ya que abrían más la parte inferior de sus piernas al avanzar.

Incluso ya eran más emocionales, pues la mujer lloraba por no poder descifrar lo que el hombre ocultaba, sintiéndose frustrada e inútil. Mientras que el hombre cada vez se volvía más asustadizo y precavido por cuidar la maldita piedra, casi entrando en un estado de esquizofrenia. Pero muy en el fondo, se sentía tremendamente culpable por ocultar algo que para la mujer sería tan importante.

Más adelante, meses después de haberse alejado, el hombre y la mujer se volvieron a encontrar, con remordimiento y frustración en sus ojos. Cómo era de esperarse, el hombre llevaba la piedra consigo, para poder estar a su cuidado. La mujer lo notó, por lo que se decepcionó un poco más.

–Ha pasado tiempo… –Dijo el hombre, aún algo temeroso.

–Sí, supongo que sí –dijo la mujer, aún algo distante.

–Lamento no haberte dicho nada. Me he lamentado todo este tiempo, no sabes cuánto –decía el hombre, arrepentido, pero la mujer lo interrumpió.

–Detente. ¿Qué viniste a decir? –preguntó la mujer, firme.

El hombre se sorprendió un poco por la manera en que la mujer le hablaba, por lo que tomó aire y finalmente se decidió a confesar:

–Bueno… La verdad es que… Yo tampoco sé qué es… –Dijo el hombre algo nervioso por la reacción que la mujer tendría.

–…

La mujer abrió más los ojos de la sorpresa que sentía por el hecho de que el hombre tampoco supiese qué demonios era la piedra.

Se quedó atónita. ¿Por qué el hombre ocultaría algo que ni siquiera él entiende?

–¡Estás demente! ¡Solo lo ocultaste por cobarde! ¡Tenías miedo de que yo supiera que en realidad no sabías nada! ¡¿Sabes cómo se siente sentirse inútil por no poder hacer nada al no saberlo?! ¡¿Acaso lo has sentido alguna vez?! ¡No, no es así! ¡Siempre esperaste ser el que todo lo sabe, aunque ni siquiera lo entendieras! –dijo la mujer, alterada, con las lágrimas al borde de sus ojos. –Es más, ¡dame la maldita piedra! –dijo ella, cada vez más frustrada, intentando arrebatarle la piedra al hombre, por lo que comenzó a golpearlo.

En ese momento, el hombre también se frustró, por lo que comenzó a contraatacar. Ninguno de los dos se dio cuenta y ambos tocaron la piedra al mismo tiempo. Todo ocurrió tan rápido, en un parpadeo, ellos habían explotado.

¿Sería que finalmente habrían muerto? ¿A dónde habrían ido, si fue así de rápido? Solo estallaron, ¿y luego qué?

–¡Señor Bogdanov! ¡Ya se ha consumado! –gritó un joven.

–¡Abran paso! ¡Es urgente! –dijo el señor Bogdanov.

Entraron a una sala oscura.

–Finalmente llegó, señor Bogdanov –dijo otro de los pocos hombres que se encontraban en la habitación.

–Déjenme verlo –el señor Bogdanov se acercó. –Es precioso. Magnífico. Es… perfecto. –Sonrió el señor Bogdanov, orgulloso de sí mismo.

–El código se ha concluido. Usted es un genio, señor –dijo el joven.

–Así es, muchacho. Gané. ¡Todos ganamos! –Gritó el señor Bogdanov orgulloso y complacido de haber logrado lo que sea que sea ese código.

Es confuso, ¿verdad? En realidad, el hombre y la mujer eran simples códigos binarios de un experimento dirigido por el señor, científico y programador ruso Yevgeny Bogdanov. Los sueños extraños que el hombre tenía, en realidad eran visiones de cuando aún estaba vivo, ya que el experimento fue realizado con dos cadáveres recién salidos de este mundo, o bien, el hombre y la mujer, para una mejor experiencia y resultados.

Por lo que el primer sueño (“Normalmente, cuando el hombre dormía, soñaba con algo de color verde en todo el suelo, y color azul en el cielo”) hacía referencia al pasto saludable y el cielo azul, cuando el hombre aún vivía. Mientras que el siguiente sueño (“En este sueño, parecía que se encontraba en una superficie totalmente negra, con extraños rayones por todos lados, como un cuarto oscuro. No se sentía el suelo, era como si el hombre estuviese flotando en aquel cuarto, por lo que pensó que ahora sí habría muerto”) hacía referencia al hombre teniendo visiones de cuando ya estaba conectado a bastante cableado, en el experimento. Mientras que los rayones eran todos los cálculos y código binario para lograr el algoritmo perfecto.

El propósito de ese experimento fue observar la teoría de cómo evolucionó el ser humano a través de dos cadáveres que, al estar muertos, serían como robots: no sentirían nada, no reaccionarían a nada. Además, un dato gracioso, ya que el señor Bogdanov se inspiró en la creencia religiosa más común sobre la llegada del ser humano, que es Adán y Eva, en este caso, el hombre y la mujer. Mientras que la piedra simulaba de alguna manera a la manzana mordida. Y la creencia científica, que es a través del homo sapiens, por eso al hombre y a la mujer les crecía tanto pelo en todo su cuerpo, como si retrocedieran y se convirtieran en monos o algo parecido.

Es gracioso porque existe la disputa entre quién realmente tiene razón, por lo que el señor Bogdanov solo lo tomó como una burla a ambos, experimentando con su propio método según sus creencias y saberes.


¿Te gustó? ¡Comparte!