La oprimida y la primera biblioteca que compré
¿El llanto de una mujer por deshacerse de su biblioteca puede conmover a un comprador de libros inexperto? La columna de Sergio Núñez

¿El llanto de una mujer por deshacerse de su biblioteca puede conmover a un comprador de libros inexperto? La columna de Sergio Núñez

Por Sergio Núñez
Ciudad de México, 13 de junio de 2025 (Neotraba)
Fue algo traumático, nada fácil para mí. A unas cuadras de la librería de viejo donde laboraba hace unos veinte años, más o menos. Me indicaron que todos los valuadores que acudían a domicilio estaban ocupados y que debía ir a ver esa biblioteca, mi primera compra.
Estaba emocionado y nervioso por la responsabilidad, ya había visto cómo adquirían las colecciones en el local pero mi experiencia yendo a las casas era nula, sólo veía como mis compañeros llegaban con las camionetas cargadas de libros y con las anécdotas de las transacciones, lo pesado que estaban y en ocasiones la explicación de cómo las realizaban.

Acepté acudir al domicilio, en realidad no tenía de otra, era parte de mi trabajo. Caminé unos quinientos metros, toqué el timbre, pasé y me recibieron dos ancianas, eran hermanas, la dueña de la biblioteca, claramente buena persona, dulce, lectora, pero frágil en varios sentidos, desde ahora la llamaré simplemente la oprimida. A su lado la vieja opresora, dominante y de carácter fuerte, me invitaron a ver la biblioteca, sólo pasé con la oprimida.
En cada biblioteca que uno visita se puede percibir cómo es el propietario, si sólo es un coleccionista o un lector de verdad, qué temas domina, a qué se dedica, cuándo adquirió los libros, en pocas palabras, uno entiende la vida de la persona en su colección de libros, cualquier detalle es importante, el acomodo, el polvo y los adornos son esenciales para ello.
Observé un librero de dos metros de alto por un metro cincuenta de ancho, de madera y de color blanco, lleno completamente de novelas, no había más, tal vez un diccionario por ahí perdido, los ejemplares estaban en muy buenas condiciones; los clásicos rusos, literatura del boom latinoamericano, novela rosa y policiaca, premios Nobel y varias obras completas.
Calculé el número de libros, eran quinientos aproximadamente, valoré la posibilidad de venta y, sobre todo, que no me fueran a regañar o despedir por pagar demasiado por el conjunto. Estaban acostumbrados a ofrecer bastante poco por las bibliotecas, algo en lo que no estaba de acuerdo, pero así era la chamba. Pensé en ofrecer poco para no arriesgarme, si aceptaban lo verían bien mis jefes, de no hacerlo, simplemente se perdería una compra más.
Al terminar mi revisión nos reunimos con la hermana dominante, frente a ambas hice la oferta, al escucharla, la oprimida soltó el llanto, ¿cómo podía ofrecerle tan poco por la biblioteca de su vida?
Me sentí realmente mal, pero era mi trabajo y quería conservarlo, después de unos eternos segundos incómodos y la dueña sufriendo, la dominante determinó que aceptaba, le indicó a su hermana que se callara, que por la basura que tenía estaba bien, además debían mudarse y no iban a cargar con cosas inservibles. Impactado por la escena salí por apoyo y por el pago, en blanco tengo el cómo llegué a la librería por el dinero, cajas y un diablito, nadie me ayudó.

Al regresar a la casa, la hermana dominante ya había encerrado a la oprimida en una de las habitaciones, sólo escuchaba sus sollozos mientras recogía los libros, al hacerlo me di cuenta de que en realidad era mayor la cantidad, pues eran filas dobles, lo que no había notado en un principio, mostrándome cobarde no lo mencioné, regresé por otro viaje y me despedí de ambas señoras, lo peor de todo es que la oprimida me dio las gracias.
Conservé el empleo, aunque no recibí las gracias, mucho menos un reconocimiento. Es una de tantas ocasiones en que me he sentido miserable. Cualquier ofensa, en los comentarios por favor.
