La niña que dibuja el sol
Draya Madú, artista yucateca, ha recorrido el mundo con su pintura. Su impronta es de niños riendo para hacer comunidad. Una crónica de Adolfo Calderón Sabido

Draya Madú, artista yucateca, ha recorrido el mundo con su pintura. Su impronta es de niños riendo para hacer comunidad. Una crónica de Adolfo Calderón Sabido

Por Adolfo Calderón Sabido
Todas las fotografías aparecen por cortesía de Adolfo Calderón Sabido
Mérida, Yucatán, 11 de agosto de 2025 (Neotraba)
En las frías calles de Edimburgo, una artista yucateca traza un mural lleno de color. Bajo un cielo gris escocés, Draya Madú deja que su paleta tropical ilumine los muros, recordando el sol de su natal Telchac Puerto.
Nacida en ese puerto pesquero de Yucatán, Draya lleva el arte en las venas desde niña: empezó a pintar a los seis, rodeada de luz y arena. Ha migrado de un lugar a otro, siempre con un cuaderno y pinceles a cuestas, buscando su terreno artístico en el mundo. Hoy, tras intercambiar el trópico por las brumas del Reino Unido, sigue llenando de colores cada rincón que toca, conectando dos mundos en cada trazo.
Ella creció bajo el sol de Yucatán, y ese brillo quedó atrapado para siempre en su obra. Desde pequeña, Draya encontraba refugio en el dibujo y la pintura; las paredes de Telchac Puerto conocieron sus primeros garabatos coloridos. Aquella niña que pintaba con los dedos salados de mar descubrió que el arte sería su idioma. Pincel en mano a edad temprana, comenzó a dar vida en las superficies a aquello que imaginaba: risas de otros niños, pescadores bajo cielos anaranjados, aves marinas revoloteando libres. Cada trazo infantil fue anunciando a la muralista que vendría después.

Con los años, su espíritu inquieto la llevó lejos de su pueblo natal. Draya ha vivido en varias ciudades y países, siempre en movimiento, absorbiendo historias y experiencias. En cada sitio nuevo dejaba un pedazo de sí misma en forma de boceto o mural improvisado. “Ando buscando mi terreno”, confiesa la artista sobre esa necesidad de encontrar su lugar en el mundo. Sin embargo, su verdadero terreno resultó ser el arte mismo: allí donde haya un muro en blanco y gente dispuesta a mirar, ella se siente en casa.
Uno de los rasgos más llamativos de los murales de Draya Madú es la presencia de niños felices, particularmente niños yucatecos, pintados con colores vivos y llenos de luz. Los rostros infantiles sonrientes se han vuelto su sello personal, y no es casualidad.

La artista cree que los niños representan una parte de nuestra alma, de nuestra alegría y optimismo, incluso –sobre todo– en un mundo donde a muchos de ellos les toca una vida muy difícil. “Los niños son el pedacito de color en esta vida jodida que a veces toca vivir –dice con franqueza–, ya sea en la pobreza extrema o en medio de la guerra”.

Por eso, en lugar de retratar el dolor que los rodea, prefiere pintarles sonrisas gigantes. Convencida de que un mural de felicidad puede provocar emociones diferentes en la gente que la realidad trágica del día a día, Draya apuesta por el optimismo.
Y su apuesta parece dar resultado: más de una persona le ha escrito para decirle que ver uno de sus murales le provoca alegría inmediata, que les arranca una sonrisa aun en tiempos oscuros. “Cada vez que alguien, en cualquier parte del mundo, ve uno de mis murales de risas y me dice que le hace feliz, siento que he cumplido con mi misión”, explica la muralista.
Para Draya, el arte también ha sido una forma de exorcizar traumas. Hay dolores profundos que a veces cuesta expresar con palabras, pero que encuentran salida a través de la pintura. Cada figura de niño risueño y cada color intenso llevan detrás sombras personales y colectivas que ella va disipando con el pincel. Pintar es su catarsis, una manera de transformar el sufrimiento en algo luminoso.

La propia artista lo describe como “buscar refugio de forma surrealista”, una necesidad vital más que un simple pasatiempo. Sus murales, con toques oníricos y fantasía desbordante, son refugios pintados donde tanto ella como el espectador pueden sanar por un instante.
La obra de Draya Madú no conoce fronteras ni elitismos. Convencida de que el muralismo es un arte democrático, ha llevado sus colores a comunidades de distintos países para compartir mensajes y embellecer espacios públicos. “La gente de a pie muchas veces no entra a museos –reflexiona–; por eso hay que llevar la cultura a las calles, hacerla accesible para todos”.
Con esa filosofía, sus murales florecen en muros al aire libre, al alcance de cualquiera que pase. Para ella, la finalidad es comunicar y llegar a las grandes masas, porque un mural en la calle es de todos y para todos.

Fiel a esta visión, Draya ha participado en proyectos y festivales de arte urbano por toda Latinoamérica. Sus murales han cobrado vida en México, Colombia, Perú e incluso en el Reino Unido, llevando siempre un pedacito de Yucatán en cada trazo. En Colombia, por ejemplo, pintó como parte de un encuentro internacional de muralismo, representando orgullosamente a México. En Perú dejó su huella en un pueblo andino, creando arte para concientizar sobre la preservación de tradiciones incas que se estaban perdiendo. Donde quiera que va, su arte con causa –o artivismo como ella lo llama– busca crear conciencia: ha pintado sobre la protección de los ríos, el cuidado de los océanos, los derechos de las mujeres y muchos otros temas que nos conciernen a todos como humanidad. Sus murales coloridos son más que imágenes bonitas: son mensajes de justicia social y amor a la vida plasmados en las paredes.
Allá a donde llega con sus brochas, Draya no sólo pinta, sino que siembra vínculos con la comunidad. Sus obras terminan perteneciendo a la gente del lugar tanto como a ella. Prueba de ello es la anécdota de Cacalchén, un pueblo yucateco donde realizó varios murales comunitarios. Una vecina, que vive frente a una de sus obras, le dijo tiempo después: “Yo le cuido su mural”. Esa sencilla promesa conmovió a la artista: sabía entonces que su creación había echado raíces en esa calle, que alguien la protegía como parte del entorno querido.


Lo ha visto también en su propio pueblo natal: en Telchac Puerto pintó a un niño sonriendo, uno de sus primeros murales públicos, y los pobladores lo han adoptado como suyo, protegiéndolo del paso del tiempo y presumiéndolo a visitantes. Gente de diversos países le ha enviado fotos junto a ese niño risueño sobre la pared celeste, contándole que les da alegría cada vez que lo ven. Que una pintura logre atravesar fronteras y despertar emociones universales es, para Draya, el mayor logro posible.
Aunque su arte viaje por el mundo, las raíces de Draya Madú permanecen firmemente ancladas en Yucatán. En cada mural busca resaltar el orgullo de su origen maya y celebrar la identidad de su pueblo. Elementos de la cultura yucateca –como el huipil, el jaguar o plantas emblemáticas como el henequén y la chaya– aparecen integrados en sus composiciones, rindiendo homenaje a su tierra. Para ella, el acelerado desarrollo moderno no debe enterrar nunca la identidad indígena ni borrar las tradiciones que nos hacen quienes somos. Yucatán progresa, sí, pero sin olvidar el rostro de sus abuelos mayas pintado en las paredes.
Draya espera que las nuevas generaciones aprendan a apreciar la cultura yucateca, ese tesoro de costumbres, lengua y arte que distingue a su gente. Sabe por experiencia propia que, “fuera de México, se extraña tanto” todo lo que huele a Yucatán: desde un verso en maya hasta los colores de una guayabera. Por eso, cada vez que un joven se detiene fascinado ante uno de sus murales con motivos mayas, ella siente que siembra una semilla de orgullo y curiosidad por sus raíces. Sus obras actúan como puentes entre el pasado y el futuro, entre los que están en casa y los que andan lejos añorando el sonido de la jarana.

De Telchac Puerto a Edimburgo, el camino de Draya Madú está hecho de murales, sonrisas y lucha. Ha cambiado de país, de idioma y de clima, pero no de esencia. Allí, en tierras escocesas, sigue desplegando sus alas de colibrí en cada trazo, llenando de monte y sol los muros grises.
Su búsqueda personal continúa, pero ha comprendido que su verdadero hogar está en cada mural que pinta, en cada comunidad que la abraza y en cada niño que ríe al verse reflejado en sus colores. Draya Madú, la niña de Telchac que pintaba desde los seis años, hoy es una mujer que hace del mundo su lienzo. Y en ese lienzo sin fronteras, su mensaje de alegría, identidad y esperanza queda brillando, indeleble, como el sol de Telchac, que ella dibuja desde niña.

