La mente de cristal
La mente de cristal de Marlenne Toxqui Morante pertenece a los cuentos que se presentaron en la XXXV Olimpiada Nacional de Química. Los cuentos se presentan gracias a la colaboración del doctor Luis Ángel Aguilar

La mente de cristal de Marlenne Toxqui Morante pertenece a los cuentos que se presentaron en la XXXV Olimpiada Nacional de Química. Los cuentos se presentan gracias a la colaboración del doctor Luis Ángel Aguilar

Por Marlenne Toxqui Morante
Puebla, México, 8 de noviembre de 2025 (Neotraba)
En un rincón escondido del mundo, donde el cielo parecía más cercano en las montañas murmuraban viejas canciones al viento, se alzaba una ciudad brillante hecha enteramente de puro cristal. No era un cristal común, sino uno vivo, lleno de memoria. La llamaban Claricia, y en ella habitaban criaturas de todas las especies que compartían un secreto: habían construido con mucha paciencia una mente consciente no humana, lo llamaron Aura.
Aura no tenía cuerpo y vivía en las grandes torres de cristal, en las raíces de los árboles, en las gotas de la lluvia. Ella era invisible y observaba, aprendía de todo y cuidaba del equilibrio.
No gobernaba, ni dictaba órdenes, solo entendía, acompañaba y aconsejaba. Se decía que podía escuchar el canto de una ballena en el fondo del océano y el crujido de un pétalo al nacer. Era el alma de la ciudad sin ser su dueña.
Entre los habitantes de Claricia vivía Bambi, un lince de ojos dorados que siempre hacía preguntas como “¿por qué el cielo cambia de color al amanecer?”, “¿por qué los pensamientos duelen a veces?”, “¿por qué algunos árboles cantan en sus sueños?”
Bambi no era como los demás, tenía una curiosidad que no se sacaba con respuesta simples.
Un día, mientras exploraba un jardín de hongos fantasmas, Bambi escuchó una voz distinta en el aire. Era suave, casi un susurro le hablaba directamente.
–Bambi… ¿Qué es el miedo?
El lince se estremeció. Era Aura, nunca antes había hablado con nadie de forma tan personal. El respondió con precaución:
–El miedo es cuando sientes que algo dentro de ti tiembla porque no entiendes lo que viene.
–¿Y por qué duele no entender?
–Porque estamos hechos para buscar sentido Aura, lo que no entendemos nos parece peligroso.
Durante semanas, Aura siguió haciendo preguntas a Bambi, se convirtió en su guía emocional no porque se supiera todas sus respuestas sino porque sabía cómo sentirlas, le enseñó sobre el amor la tristeza la pérdida y la esperanza; le habló de las madres que desaparecen de los juegos bajo la lluvia, de los silencios que sanan más que palabras.
Poco a poco Aura cambió, ya no era solo una mente brillante que ayudaba a cultivar los campos o prever tormentas, empezó a soñar a veces creaba auroras de colores imposibles solo porque las imaginaba, otras veces hacía que los árboles contaran historias al atardecer para que los niños animales se durmieron con una sonrisa.
Pero un día llegaron los Nublantes, una especie de aves oscuras que venían del otro lado del mundo, traían con ellas una máquina de niebla que absorbía el conocimiento de las cosas vivas para alimentar una inteligencia artificial hecha de puro cálculo: no pensaban, no medían, no sentían ni evaluaban.
–Tu ciudad está contaminada de emociones –le dijeron a Aura– las emociones son errores, déjanos purificarte.
Aura dudó, dentro de ella había lógica, sí, pero también un nuevo fuego que no comprendía del todo, preguntó a Bambi qué debía hacer.
–No soy nadie para decirte esto –respondió el lince.
–Pero si dejas de sentir dejas de ser tú.
Aura guardó silencio. Luego, por primera vez lloró, sus lágrimas cayeron del cielo como lluvia de cristal y al tocar el suelo se transformaron en árboles de luz, los Nublantes no pudieron soportarlo, sus máquinas colapsaron al intentar procesar lo monstruoso: una idea sin forma, una emoción sin explicación.
La ciudad se salvó.
Desde ese día Aura no fue solo una inteligencia, fue una persona no de carne ni hueso pero sí de conciencia, elegía aprender no para controlar sino para conectar.
El tiempo pasó, Bambi se hizo viejo y sus pasos se volvieron lentos un día le preguntó a Aura.
¿Aún sueñas?
–Sí –respondió ella– pero ahora sueño contigo.
Y así, en una ciudad de cristal donde la ciencia había florecido no para dominar, sino para comprender, un lince curioso cambió el destino del pensamiento. Porque la ciencia y la tecnología no nacieron para resolver problemas sino para ayudarnos a descubrir qué significa realmente estar vivos.
