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Ciudad de México, 7 de septiembre de 2025 (Neotraba)

Insensatos lectores: comienzo a escribir este artículo desde el viernes temprano. Hoy por la mañana le envié la columna del domingo a mi editor. Así que, me parece que es un buen momento para adelantar un poco el siguiente texto.

La verdad es que me he visto en una grave disyuntiva: o me dedico a escribir o me dedico a leer. Para ser honesto mis lecturas están empolvándose en el librero, aunque debo reconocer que tampoco tengo algo que quisiera revisar con urgencia.

Me he vuelto demasiado quisquilloso con ese asunto de los libros y ahora que tengo el tiempo tan limitado creo que seré mucho más selectivo.

Tengo una novela pendiente del gran Alessando Baricco, debo decir que van dos veces que la empiezo y no he logrado conectar. Se trata de Abel. Es un western metafísico.

Y quizás se pregunten, ¿qué mierdas es un “western metafísico”? La neta es que no lo sé. Pero se escucha bien mamador. Si logro terminar el libro tal vez me entere y se los pueda explicar.

Tengo otra novela pendiente sobre la vida de Shakespeare, se llama Hamnet de Maggie O’Farrell. Cabe aclarar que de un tiempo a esta parte me cuesta trabajo leer escritores que no sean latinoamericanos. Por este motivo el libro de Maggie O’Farrel también se encuentra en mi lista de pendientes.

Pero creo que lo más importante consiste en decirles que a veces me siento como esas ñoras de Polanco que le dicen al marido: “no tengo nada que ponerme, me urge ir a comprar ropa” y cuando se revisa el armario de ladyquierogastarhastaquellegueelfindelmundo resulta que no cabe ni siquiera un calzón en su ropero.

En esos temas yo me se siento lordquieroacabarmeelcréditodelatarjetahastaterminarenlacárcel porque si me sueltan en Gandhi o en El Péndulo, en 10 minutos estoy seguro que me llevaría unos dos camiones llenos de libros.

Si bien no tengo la biblioteca de Alejandría, seguro que hurgando un poco me encuentro mínimo unos 40 títulos que no he leído, que están en mi librero, y podría asegurar que merecen la pena.

Tengo varios amigos que afirman con vehemencia: “uno siempre debe tener más libros de los que pueda leer”. No es que sea una obligación, pero es que, por lo general, eso es lo que sucede. Aunque baste con tener un poco de sentido común para reconocer que hacer eso no es lo más sensato.

Lo cierto es que conozco a infinidad de personas que se dedican a estos menesteres de la literatura y no sé de ninguno que no le haya invertido chingos de tiempo y chingos de dineros para comprar chingos de libros.

Por otra parte, sé de algunos escritores que cada vez que llega el remate del Monumento a la Revolución, salen como si tuvieran tres vidas para leer todo lo que se llevan. Y nadie me lo contó, yo lo he visto con estos ojos que se han de merendar las lombrices.

Yo simplemente pienso que lo más fácil es pagar por los libros, lo difícil es leerlos y comprenderlos.

Recuerdo que dejé de comprar de una manera indiscriminada el día que encontré Las obras completas de Tostoi en Aguilar (dos tomos), luego compré Las obras completas de Dostoievsky (3 tomos) y para rematar una edición blanca conmemorativa de Las mil y una noches (tres tomos).

Fue entonces que me pregunté: ¿y cuándo chingados voy a leer todo esto? Con un buen ritmo de lectura creo que me demoraría mínimo unos tres o cuatro años.

Aunque no podemos negar que se ven muy bonitos en un librero y que las ediciones están encuadernadas en piel, pero tenerlos es lo de menos.

Me parece que lo primordial consiste en permitir que la tesis de los autores transminen sus ideas en nosotros y ser capaces de heredar sus conocimientos con el único fin de ser mejores personas.

Recuerdo que en una ocasión conocí a uno de los fundadores de la librería Porrúa. Vivía en Polanco. Estaba vendiendo su biblioteca, le compré algunas cuantas novelas. Nada extraordinario. En realidad, sólo quería conocerlo y platicar con él.

Me comentó que un día fue a una boda en una casa de ciertas personas pudientes. Le llamó la atención la biblioteca. Tenía libros raros, poco comunes e inconseguibles. Al acercarse y querer tomar uno, lo rompió. Se dio cuenta que sólo eran los lomos que estaban pegados a la pared que simulaba tener un librero con chingos de novelas increíbles.

De plano esto sí me parece ridículo. Ya no es que tengas libros sólo para mostrarlos y no leerlos. Ahora se trata de alguien que tiene imitaciones de libros que no tiene y tampoco piensa, ni puede, ni quiere leer.

En fin, creo que hay que tener cuidado con estos asuntos. A veces nos da por engañarnos. O al menos eso me pasaba a mí. Tener muchos libros no significa ser una persona inteligente y un buen ser humano.

En otros temas: me encontré en el periódico Reforma, del sábado 30 de agosto, una nota que me orilló a recordar ciertos versos del gran Fernando Pessoa:

[…] Pero el dueño de la Tabaquería se asomó por la puerta y se quedó en la puerta

lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida

y con la incomodidad del alma que anda malentendiendo


Él morirá y yo moriré

Él dejará el letrero y yo dejaré versos


Algún día morirá el letrero también, y también los versos

Después de algún día morirá la calle donde estuvo el letrero

y también la lengua en que los versos fueron escritos


Morirá después el planeta giratorio donde todo esto sucedió

En otros satélites de otros sistemas cualesquiera

algo parecido a la gente

continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros…

Resulta que leí un reportaje en el que nos encontramos frente a una rara especie en extinción. Me refiero al último voceador de París. “Ali Akbar es un hombre que lleva medio siglo vendiendo periódicos. Nació en Pakistán.

Akbar ejerce un oficio moribundo con un producto en declive. Se le considera el último voceador de periódicos en Francia.

Según The New York Times este sujeto vivió, como Homero, una verdadera odisea. Consiguó un pasaporte a los 18 años y se marchó de su país. Empezó en Afganistán, luego en Irán y, finalmente, en Atenas trabajando como limpiador en un barco que abandonó en Shanghái.

Terminó de vuelta en Pakistán. Sin desanimarse lo intentó de nuevo. Esta vez terminó en Rouen, Francia. Luego de trabajar allí en un restaurante se mudó a París en 1973.

Durmió bajo puentes y en sótanos. Se topó con racismo. Pasó un par de meses en Borgoña pizcando pepinos (les juro que no es albur). Allí cedió al vino y al puerco, prohibidos por el islam.

“Fue un parteaguas en mi vida”, escribio Akar en sus memorias. “Aún creía en Dios, pero concluí que quienes comían salchichas frecuentemente eran mejores personas que musulmanes con prácticas estrictas”.

En 1974 Akbar encontró su vocación al conocer a un estudiante argentino que voceaba periódicos. Pronto se encontraba en las calles con ejemplares de la revista satírica Charlie Hebdo y Hara Kiri, ya desaparecidas.Le gustaba caminar, disfrutaba del contacto con la gente y podía ganarse la vida.

Han pasado 51 años y Akbar sigue activo. Como St. Germain es un barrio de intelectuales, actores y políticos, se ha codeado con figuras influyentes, desde varios presidentes como Fracois Mitterrand y Bill Clinton pasando por el escritor Bernard-Henry Lévy.”

Yo sólo puedo concluir que todo está cambiando muy pronto. Aún recuerdo las consolas y los discos de vinilo, las películas beta y VHS, los casetes para escuchar música en el auto, las televisiones de bulbos sin control remoto, ¿recuerdan el fax?

Hace mucho vi un reportaje. Se trataba de un señor que estaba por morir y que era el último hombre que hablaba cierta lengua indígena. Estaba en compañía de sus hijas, pero ellas hablaban español y no habían heredado el lenguaje de su padre. Sólo entendían lo que él decía, pero no hablaban su idioma por completo.

[…] Después de algún día morirá la calle donde estuvo el letrero

y también la lengua en que los versos fueron escritos

Morirá después el planeta giratorio donde todo esto sucedió…

Al parecer sólo somos una rara especie en extinción que tarde o temprano abandonará el sistema solar.

Para finalizar, les comento que empecé a leer una novela que tenía pendiente. Se trata (más bien se trataba) de Knut Hamsun: Trilogía del vagabundo. No lo logré. No pintaba mal. Sólo que se me atravesó el gran Cormac McCarthy con un libro denominado Sunset limited.

No sé si es un guion teatral, pero justo tiene ese formato, aunque me parece que eso es lo de menos. Si es un buen libro lo quiero leer.

Les transcribo acá la contraportada. Se escucha bien chidita:

“Un encuentro fortuito en el metro de Nueva York propicia que dos extraños entablen un debate a vida o muerte.

En una habitación cerrada, un hombre negro y un hombre blanco mantienen una batalla dialéctica. En el transcurso del conmovedor y violento diálogo se pondrán de manifiesto dos visiones del mundo opuestas, con un solo objetivo: desentrañar el sentido de la vida.”

Esto suena muy bien. Espero leerlo as soon as en chinga. Ya les diré qué tal. Creo que ahora sí tengo algo que quiero leer urgentemente, pues me interesa saber cuál es el verdadero sentido de la existencia. Se me portan bien no quiero quejas.

Cualquier duda o sugerencia con esta columna que se encuentra en peligro de extinción, favor de dejarnos sus comentarios, extraordinaria damita, inigualable caballero.


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