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Ciudad de México, 2 de marzo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 6 minutos

Una larga lámpara tubular ilumina sutilmente la habitación. Su pantalla es naranja y hace, en apariencia, más cálido el ambiente. Yo duermo en esa alta cama, en la que alguna vez me acostaste, donde me colgaban las piernas y me cogiste por la espalda, donde cargaste mi cadera contra tu sexo, donde te acercaste y alejaste haciéndome agua, donde escurrí hasta las rodillas. Ahora, ahí duermo contigo, abrazándome.

En esa mesa pegada a la pared, donde había latas vacías, un vaso de agua, ceniceros exóticos y un par de pipas, ¡ah y un troll de juguete!, seguro te dejaría una pila de libros por leer, mis llaves que siempre pierdo y esa lata de crema chantilly pendiente de usarse en la cama, ¿recuerdas ese plan? No lo hicimos.

En la regadera nos bañamos, es el día que le toca a tu cabello que lo laves, lo estás cuidando con esmero y dejas que unos días se hidrate a sí mismo. Metía mis dedos entre tus cabellos mientras comías mis tetas, tu amplia boca y cálida lengua me devoraban con una dulzura exquisita; se arqueaba mi espalda y me deshacía en gemidos y súplicas para que no te detuvieras. Tú respirabas con dificultad, pegado a mí como si de mamarme dependieras para seguir vivo. Mi carne cubría tu rostro y sin embargo más hundías tu nariz en mi piel, esa imagen de ti la deseo infinita en mi mente.

Era una casa pequeña, como si fuera una villa en el sur de la ciudad. Cada departamento parecía una cabaña, aunque los pasillos eran de cemento, las casas frías por fuera y las divisiones entre ellas muy marcadas, era como llegar a un pequeño pueblo amable y cercano. Ahí vivimos.

Es posible que durante horas no nos veamos, tu vida social y la mía son exigentes y comprometidas con el trabajo y con nuestras amistades, nuestro verdadero amor más grande. Pero en la noche la cita es puntual. Llegamos a besarnos, tomas mi cara con tus manos delgadas, amplias, hábiles, respetuosas, temblorosas, fuertes, dulces, perversas y libres. Beso tu boca grande, tierna, húmeda, tibia, joven. Tú lames mi cuello, mis pezones, mis hombros. Aprietas mis tetas, mis nalgas, mis muslos. Acaricio tu pene, tus testículos, tus nalgas, tu pecho. Estamos eternos en un loop de ti y de mi juntos, deseosos, cariñosos, amorosos.

Se me va el aire, te siento volar; eres tan excitante, tan varonil. No aguanto más. Me cargas con tus fuertes y marcados brazos, me llevas a la cama. Te como la punta, el tronco, la base, los testículos. Tu pene es tan grande, tan sorprendente. Te engruesas, palpitas, chorreas. Eres una fantasía sexual, eres como un actor porno, eres tan tierno. Te como, te devoro, no me la creo de tu tamaño. Siento arcadas, es imposible meterte entero en mi boca, en mi garganta. No paras de crecer, estoy impactada. Nunca había comido a alguien como tú, ¡qué delicia, locura, antojo!

Me tomas de las axilas y me subes a la altura de tu cara; aún tengo en los labios tus flujos blanquecinos. Estoy en éxtasis, demasiado excitada, suspiro. Me tumbas de espaldas, levantas mis piernas y las pegas a tu pecho. Tengo un temor de que entres, soy estrecha, eres enorme, soy estrecha, te excité muchísimo, soy estrecha y aunque chorreo, soy estrecha. Ese pensamiento se repite incansablemente en mi cabeza; temo que me lastimes, temo no disfrutar. Te metes suavemente, me paralizas, no puedo ni moverme, eres enorme. Al fin terminas por entrar. Siento que vuelo, es increíble. Necesito gritar, siento demasiado. Estoy llena de ti, no hay sitio para nada más, me miras tan en serio, ni siquiera pareces tú. Eres una versión dura de ti. Cambias el ritmo y me coges con prisa, duro.

Después de tus suaves caricias, linda plática, besos tiernos ahora me das fuerte, te pegas y repegas en mí, te grito que más y parecieras un tren descarrilado, sin frenos, no hay forma, te detendrás sólo hasta hacerme perder de mí misma. Lo sabes hacer, me sabes llevar.

Sudas, sudo, sudamos; las líneas de tu pecho y abdomen, que tanto has trabajado en ese gimnasio donde pasas tus horas, se llenan como senderos de un río. Tienes un cuerpo espectacular. Tu fuerza, tus músculos, tu piel, tú. Estoy en el paraíso, en el infierno, donde se disfrute más.

Soy una hoja de menta, pequeña y frágil que cae en un pozo de agua hirviendo; soy la que se diluye, la que potencializa sus olores y sabores mientras se hunde al fondo rendida al calor y suavidad del agua. Es tanta la intensidad de la temperatura que me rindo y hiervo, sin remedio, hiervo.

Soy el pabilo de la vela que ante el fuego se doblega, se deshace y se pierde convirtiéndose en una potente llama; termino haciendo gotas la dura y erecta cera que me mantiene encendida. Nos volvemos un fuego fatuo donde ambos morimos con el afán de mantenerlo vivo. Nos sacrificamos para que él sobreviva.

Soy el pétalo de una rosa que se quema entre un par de dedos que presionan atinadamente, que van suavizando mi dureza y marchitando mi terso acabado a su paso. Voy aromatizando esos dedos; me deshago, nos perfumo con mi olor más íntimo. Ahora soy el pétalo ya quebrado que intenso se queda en la piel, en tu piel.

Somos un grito sincronizado y seco en el orgasmo, un abrazo fraternal al despedirnos, la ducha juntos con besos tiernos de aderezo, somos esa risa franca y honesta, infaltable. Somos una plática de dos horas sobre nuestra vida, a la que el otro no pertenece, salvo por estos episodios de profunda intimidad. Somos la fantasía de que esto se hubiera puesto serio, ¿cómo serios tú y yo? Imposible.

Ya no vives en esa habitación, ni en la villa al sur de la ciudad. Tampoco “nosotros”. La cama, la lámpara y la mesa se fueron en una mudanza a otro sitio y luego a otro. Ya no tenemos entre nosotros citas, reuniones, visitas sorpresas, ni nada.

Déjame imaginarme que duermo y vivo en el mismo sitio que tú, cosa que nunca pasó, y que nada malo ha pasado, que nos podemos encontrar en una acera de mi mente en donde estamos juntos, donde siempre todo sale bien y la vida no nos atropella con tantos cambios. Donde te mantienes en los veintes y yo en los treintas. Donde las separaciones, los rompimientos, los vacíos, el llanto, las pérdidas, las enfermedades, los nuestros en crisis y el dinero, el maldito dinero, no importa y podemos seguir siendo amantes de paso, de esos que nunca dejan de pasar.

Déjame irme y llevarte conmigo al nirvana de tu recuerdo en donde no envejecemos, donde tú tan halagador me dices sobre nuestro coincidir: los sueños se hacen realidad.


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