Entre siglos. El cuento en Nuevo León (UANL, 2025)
Entre siglos. El cuento en Nuevo León (UANL, 2025) es una antología realizada por Isaac Gasca Mata. Presentamos el texto introductorio de esta compilación

Entre siglos. El cuento en Nuevo León (UANL, 2025) es una antología realizada por Isaac Gasca Mata. Presentamos el texto introductorio de esta compilación

Por Isaac Gasca Mata
Monterrey, Nuevo León, 24 de diciembre de 2025 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 14 minutos
“Un puñado de insensatos jamás habría conseguido transformar un erial en una de las regiones más ricas del país. En otras zonas la naturaleza fue más dadivosa. Aquí hubo que arrancárselo todo, y esta pugna, esta creación sobre la nada es una de las demostraciones más patentes de la cultura y de las posibilidades del espíritu.”
Alfonso Reyes
“Es por eso que soy norteño
de esa tierra de ensueño
que se llama Nuevo León.
Tierra linda que siempre sueño
y que muy dentro llevo, sí señor,
llevo en mi corazón.”
Corrido de Monterrey
“Lo cierto es que los mejores, los más fuertes y audaces de cada región, acuden al sitio en que se está forjando un presente dichoso y próspero. Esto es, entre nosotros, Monterrey; por eso allá se han juntado capacidades de todo el país que están creando una célula, quizás una Metrópoli del México nuevo.”
José Vasconcelos

Para titular sus obras las y los autores piensan en palabras poderosas, trascendentales, estéticas. A fin de cuentas, las y los lectores adquieren un libro por diversas razones: el contenido, la tipografía, los colores e ilustraciones de la portada, la contraportada, el precio… entran demasiados factores en juego. No obstante, en un punto coinciden: el título es la carta de presentación del discurso artístico y depende en gran medida de él para que la obra sea compartida u olvidada en el rasero de la historia.
Todas las épocas tienen características sociales que las definen y cuyo Zeitgeist[1] se proyecta en su arte. Los títulos literarios comunican significados propios de la generación y el sentir de su público. Es decir: los títulos son producto de una era, reflejo ideológico y testimonio cultural del contexto histórico donde nació, creció y se formó el autor o autora. Por lo anterior, medité bien el título de una antología de cuento regiomontano. Para hacer justicia a las y los cuentistas seleccionados de contextos, décadas y estilos diversos decidí que el título fuera sugerente, atractivo y muy norteño. No obstante, una palabra no basta para englobar el contenido de una obra de esta magnitud. Así que, recuperando el concepto de dicotomía lingüística de Ferdinand de Saussure, me incliné a que esta antología llevara por título la encrucijada de un sintagma y un paradigma.
Nuevo
Cerro
______ Rey
Monte
León
Tal ejercicio derivó en cuatro posibles títulos en uno. El significado varía según se acomoden las palabras:
Nuevo Rey: porque la capital de Nuevo León se perfila para ser una urbe de importancia mayúscula a partir de la década actual.
Cerro Rey: por el Cerro de la Silla, amado ícono regiomontano.
Monte Rey: por el nombre de la Sultana del Norte.
León Rey: porque esta urbe orgullosa ruge rampante mientras triunfa.
Los cuatro expresan significados polisémicos. Sin embargo, mi favorito es el segundo pues evoca al símbolo de la ciudad de las montañas. En todo México solo el gigante de Monterrey es tan significativo como el de Chapultepec. Si bien varias ciudades presumen que dentro de su perímetro se encuentra este o aquel montículo de tierra, ninguno es tan impresionante, ni inspira tantas historias, corridos, fotografías o largometrajes, como el hermoso Cerro de la Silla. Zacatecas tiene el Cerro de la Bufa, Querétaro el de la Campana, Tepoztlán al Tepozteco, Puebla a Los Fuertes… pero por su altura, belleza y armonía, el rey de las montañas es el regiomontano que podríamos empatar con cimas tan imponentes como el Popocatépetl, la Iztaccíhuatl o la Malinche. Es decir, a la altura de volcanes. Es pequeño comparado a los colosos, pero es el rey indiscutible de los otros cerros que junto a él parecen simples accidentes topográficos sin una distinción particular. El de Monterrey tiene forma de silla para montar. Quizá fue la primera metáfora de la literatura regiomontana cuando la ciudad era solo un anhelo. Imaginemos a Diego de Montemayor en 1596 montado en su caballo mientras observa la cima del majestuoso cerro y, boquiabierto, expresar: “¡Albricias! ¡En esta tierra cabalgarán gigantes!”[1]. Desde entonces el Cerro de la Silla atestiguó década tras década, siglo tras siglo, el crecimiento de lo que fue un puñado de casas de adobe que se convirtió en una metrópoli de acero que alza la mano para ser punta de lanza de México.
En Nuevo León ocurren millones de historias protagonizadas por millones de personas que durante cuatro siglos entrecruzaron sus caminos aquí. En la actualidad las peripecias de la población ocurren en la Macroplaza, el Parque Fundidora, el Paseo Santa Lucía, el estadio de Guadalupe, o la Carretera Nacional. Los regios (gentilicio mayestático para los moradores de la ciudad asentada a los pies del rey) al ir a navegar a la Presa de la Boca, a bailar al Barrio Antiguo o estudiar en la Universidad nicolaíta tejen una trama compleja que lleva 429 años entrelazándose para dar sentido al texto cultural de Monterrey.
La jerarquía de las urbes se sostiene por la herencia cultural que paulatinamente escriben sucesivas generaciones de hombres y mujeres que al vivir en ellas construyen una forma de relacionarse con el paisaje y entender el mundo. Tal como escribió el historiador Robert George Collingwood: “El pasado está encapsulado en el presente y constituye una parte de él no inmediatamente evidente para el ojo inexperto”. El pasado de Monterrey está de muchas maneras inscrito en su presente cultural, configurándolo y proponiendo caminos que no comparte con ninguna ciudad debido a que cada sitio construye su propio sendero y se dirige a sus específicas metas por caminos iniciados antaño. Podrán parecerse, pero el desarrollo jamás será igual. Desde el pasado remoto, las tribus nómadas de Huachichiles, Hualahuises y Borrados, que cazaban y recolectaban en la ribera del río Santa Catarina, se deleitaron con los frutos de lo que siglos después sería la gran metrópoli, en la época colonial se construyó la capital del Nuevo Reino de León y recibió a decenas de judíos perseguidos por la intolerancia religiosa católica, luego la época independentista vio vivir a importantes próceres como Fray Servando Teresa de Mier, durante la época decimonónica la ciudad fue baluarte para la defensa de la patria ante la invasión estadounidense en 1846, luego vino la Revolución Mexicana, las vías del tren, el siglo XX con las acereras, la cervecera, la fundidora, los bancos, la industria… Todos aportaron algo a la historia del lugar, incrementaron los hilos de la trama cultural que encontró cobijo y asiento a los pies del espectacular cerro que se alza sobre Monterrey. Para los habitantes de siglos anteriores, como los que ahora respiramos y quienes vendrán, el cerro siempre está ahí, testigo insomne de lo que pasa en su ciudad. Sin embargo, la historia no ha culminado para esta metrópoli próspera. ¿Cómo serán los escenarios del futuro? ¿Qué edificios, parques y avenidas aún no construidas serán el teatro para las historias reales y literarias del futuro?
El rey de los cerros no está solo. Enfrente tiene otro igual de imponente: el de las Mitras. Ambos, junto al Topo Chico, la Sierra Madre, la Loma Larga y el Obispado, forman un circo montañoso que gesta en sus entrañas todo tipo de arte: desde las pinturas rupestres de la Ahumada, pasando por las letras de Alfonso Reyes, los murales de Federico Cantú, Crescenciano Garza Rivera y Gustavo O’Glorio, la poesía de Minerva Margarita Villarreal, las buenas obras de José Eleuterio González, los peleas de Blue Demon, las rimas del Cartel de Santa, Los Invasores, los campeonatos de Tigres, Rayados, Ramón y su acordeón, los bailes de Tatiana, las letras de José Alvarado, el impulso de Don Eugenio Garza Sada, la rebeldía musical de Gloria Trevi, el ritmo de Alicia Villarreal, Celso Piña… todos y todas construyeron con sus vidas acumuladas el significado de lo que hoy es esta urbe. Libros como Apártate hermano, de Josephina Niggli, o El peso de vivir en la tierra, de David Toscana, son muestra de que la ciudad palpita y el cerro de acero es el gran corazón desde donde emerge la economía, la industria y el arte.
Luego de un diálogo profundo decidí que el título fuera más formal por la calidad de plumas convocadas. Opté por uno igual de poderoso que engloba la época dinámica que compartieron las autoras y autores que componen este volumen. Por ello, el título es: Entre siglos. El cuento en Nuevo León (UANL, 2025)
Después de leer antologías de cuento siempre queda el regusto de que no están todos los que son ni son todos los que están. Ésta no es la excepción. No obstante, en descargo de responsabilidad debo expresar que la presente antología fue construida con rigor y neutralidad. Eso significa que al ser oriundo de otra urbe mi visión del cuento regiomontano está libre de vicios como los compadrazgos pues en un trabajo de esta índole suelen aparecer más los amigos del antologador que representantes genuinos de estilos y tendencias literarias. Yo no tengo amigos escritores en Monterrey. Por lo tanto, no me vi forzado a incluir plumas por motivos de amistad, cariño o lealtades. Las y los autores seleccionados están por méritos propios, por obras publicadas, por premios y becas recibidas, porque tienen presencia en los espacios culturales neoleoneses. Además, son parte de la vida artística de la entidad. Sin mencionar que muestran grandes dotes narrativas que satisfacen a los lectores y lectoras con distintos gustos e intereses.
El canon literario es una lista de autores modélicos. Es decir, un canon reúne a los mejores exponentes del género. Si bien siempre existirán desavenencias, sobre todo porque cada lector tiene sus predilecciones y en ellas se proyecta más su personalidad y gusto que el campo literario a cabalidad, no es de extrañar que algunas antologías pasen como canónicas si reúnen en sus páginas lo más selecto de la narrativa de un lugar. Tenemos ejemplos como Bogotá 39. Antología del cuento latinoamericano, de Guido Tamayo, El cuento hispanoamericano, de Seymour Menton, o Norte. Una antología, de Eduardo Antonio Parra, por mencionar algunas, donde la lista de convocados coincide con las plumas de mayor prestigio en el panorama literario regional.
Inicié el proyecto desde lo periférico, pero terminé en el centro porque todos los caminos conducen a lo más selecto cuando sus objetivos son claros. La etimología de la palabra antología viene del griego anthos “flor” y –logía “selección”: “selección de flores” o “flores escogidas”, y significa que en ella solo están los mejores. Para encontrarlos utilicé seis criterios de selección:
Una vez organizada la encomienda, me di a la tarea de buscar durante año y medio en librerías, bibliotecas, bazares de libros usados, tertulias literarias, donde lo mismo se presentan escritores profesionales que principiantes, historias que merecen ser leídas en todo el país y más allá de sus fronteras. Durante mi investigación, del tipo detective salvaje, leí autores vivos, muertos, noctámbulos, ebrios, respetables, enfadosos. Me entrevisté con individuos que me sorprendían por su elocuencia o su maldad. Lo mismo en Apodaca, Santa Catarina, San Nicolás, Monterrey, Guadalupe, Juárez, San Pedro, García, Pesquería, Escobedo, Santiago o Linares. Busqué a las y los cuentistas regios en bibliotecas, cantinas y universidades. Compré muchos libros. Me atosigué de letras regias hasta la saciedad. Por ello me percaté, entre otras cosas, que en Monterrey existe la tendencia de escribir realismo antes que fantasía. Es una ciudad pragmática y objetiva como los cuentos que se gestan en sus entrañas.
Los textos que ocupan un sitio en Entre siglos. El cuento en Nuevo León (UANL, 2025) fueron elegidos por su calidad estética, sus tramas, su lenguaje y porque cada uno muestra una perspectiva distinta de la ciudad de las montañas. Por lo tanto, tenemos un cuento acerca de una mujer ahogada durante una de las muchas inundaciones que sufrió la capital neoleonesa, el cuento de la encargada de recursos humanos de una empresa que busca en la vida personal de un empleado hasta encontrar el origen de su dieta, una reflexión filosófica sobre el efímero tiempo humano, una señora abusada sexualmente por un fantasma, la violencia que sufre una pequeña en manos de su padrastro, el secuestro de unos huercos por parte de su tía enloquecida por el desamor… Las historias difieren entre sí en cuanto a sus tramas, pero todas tienen como telón de fondo el promontorio que las cobija. Tres escapan de la región: “Infortunios de un ovejero kazajo”, de Daniel Salinas Basave, “Dos fantasías”, de Patricia Laurent Kullick, y “Oquedad”, de Antonio Ramos Revillas. Sin embargo, en general son testimonios de la cultura que se desarrolla a los pies del Cerro de la Silla. Tenemos la descripción de un obrero que saluda al presidente de México, los segundos fatales de un accidente automovilístico, cabezas cortadas y abandonadas en la ciudad por los carteles del narcotráfico, conductores de ambulancia que pasan por unos tacos de trompo en medio de una emergencia, la momia de un prócer nacional, una medio hermana que parece bato, las instrucciones para devorar a un bebé, la historia de una prostituta cuyos orgasmos son legendarios… En fin, la antología es tan diversa como la herencia cultural de la compleja metrópoli.
Sin más que agregar, entrego al lector estas páginas. Espero que las disfrute con una cheve, un cabrito o una carne asada. ¡Salud!
El mágico hilo de la vida. Ramiro Garza
Cruz de fuego. Hugo L. del Río
Carnicería. Eligio Coronado
Número equivocado. Cris Villarreal Navarro
La botella verde. Ricardo Elizondo Elizondo
La noche que lo vimos llegar. Aidé Cavazos González
Mier en el planeta Oveja. Mario Anteo
Monterrey news. Héctor Alvarado
La familia pequeña vive mejor. Zacarías Jiménez
El error de la memoria. David Toscana
Veinte estampas a color de un decenio. Joaquín Hurtado
Dos fantasías. Patricia Laurent Kullick
“Aquí yacen las ganas de Concha”. Adriana Concepción Flores Tanguma
Cómo se pasa la vida. Eduardo Antonio Parra
Compadre. Pedro de Isla
Los soldados de la incertidumbre. Ramón López Castro
Ciudad de nadie. Gabriela Riveros
Infortunios de un ovejero kazajo. Daniel Salinas Basave
Cuerpo habitado. Vanessa Garza Marín
Oquedad. Antonio Ramos Revillas
El legado de Swift. Luis Panini
Bato me pidió que la acompañara al centro. Orfa Alarcón
El gato, o ser pobre me va como anillo al dedo. Alejandro Vázquez Ortiz
Nueve hieleras. Efrén Ordoñez Garza
Huele a trufa. Mónica Ceballos
Mujer con botarga. Irasema Corpus
[1] “Yo, Diego de Montemayor en nombre de su Majestad Real el Rey Don Felipe Nuestro Señor, hago fundación de ciudad metropolitana junto a un monte grande y ojos de agua que llaman Santa Lucía y se ha de intitular e intitulé la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, y en fe y testimonio de verdad lo otorgué y fundé en el Valle de Extremadura Ojos de Santa Lucía jurisdicción del Nuevo Reyno de León, en veinte días del mes de septiembre de mil quinientos y noventa y seis…” (Acta de Fundación de Monterrey)
[1] Germanismo que significa “Espíritu del tiempo”.
