Ensalada de verduras
Ensalada de verduras es un cuento y a la vez son dos cuentos de Evelina Iniesta. Una narración en espejo

Ensalada de verduras es un cuento y a la vez son dos cuentos de Evelina Iniesta. Una narración en espejo

Por Evelina Iniesta
Ciudad de México, 4 de febrero de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 2 minutos
–¿Ya estás de regreso? No te oí llegar –dijo ella.
–Nunca te das cuenta, soy como un mueble en esta casa –respondió él.
–Es que no pensé que vendrías a comer. Apenas empecé a picar la verdura, tendremos que ir al restaurante –añadió ella con voz cansada.
–No tengo ganas de salir contigo a ningún lado. En realidad, regresé temprano a decirte que me quiero divorciar –expresó él con el mismo tono en que pediría que le pasara el azúcar.
Ella se quedó inmóvil por unos segundos. De pronto, sobrevino la reacción violenta:
–¡Maldito! ¡Así nomás! ¡Después de treinta años de sacrificios por los hijos y por ti, de lavar ropa y trastes, de encierro! ¡Ahora me sales simplemente con esto!
Parada junto él, bajó la vista a sus manos, que sostenían un platón y un cuchillo. La mano que más temblaba era la del cuchillo, pero la mano que levantó fue la del platón, estrellándolo contra la cabeza de él, que se agachó, pero no pudo librar el golpe.
–Lo merezco –respondió, limpiando un delgado hilo de sangre que empezaba a correr por su frente. Tras una pausa, finalizó:
–Te buscará mi abogado cuando me avises que estás lista para tratar con él.
Y salió de la cocina. Y salió de la vida de ella… para siempre.
–¿Ya estás de regreso? No te oí llegar –dijo él.
–Nunca te das cuenta, soy como un mueble en esta casa, respondió ella.
–Es que no pensé que vendrías a comer. ¿No te da gusto que haya tomado la iniciativa para preparar la cena hoy? Estoy empezando a picar la verdura. Pero bueno, vayamos al restaurante –añadió con voz cansada.
–No tengo ganas de salir contigo a ningún lado. En realidad, regresé temprano a decirte que me quiero divorciar –expresó ella con el mismo tono en que pediría que le pasara el azúcar.
Él se quedó inmóvil por unos segundos. De pronto, sobrevino la reacción violenta:
–¡Maldita! ¡Así nomás! ¡Después de treinta años de sobarme el lomo por los hijos y por ti, de entregarles todo lo que ganaba, de dejar a mis amigos por pasar los fines de semana con ustedes! ¡Seguro que tienes un amante y te quieres ir con él!
Parado junto a ella, bajó la vista a sus manos, que sostenían un platón y un cuchillo. La mano que más temblaba era la del cuchillo… Esa fue la que levantó, solamente un poco para que entrara por debajo de sus costillas, antes de que ella respondiera, antes de que siquiera se diera cuenta. Tuvo la sensación de que el filo abría un músculo tiernito y seguía hundiéndose… Sintió el calor de una caricia cuando la sangre empezó a brotar sobre su mano… Un instante delicioso que duró una eternidad. Después, sintió que el cuerpo de ella jalaba el cuchillo hacia abajo conforme se desplomaba, los ojos muy abiertos pero inexpresivos, las piernas doblándose, los brazos tratando de asirlo.
Ponderó por un momento si debería inclinarse sobre ella y continuar, pero decidió que era demasiado trabajo. Soltó el mango del cuchillo, se lavó las manos, se quitó el delantal, revisó que su ropa no estuviera manchada, tomó las llaves del coche y salió.
