El arte de la falsificación (Primera parte)
En El arte de la falsificación, Gabriel Duarte nos habla de Wolfgang Beltracchi, un falsificador de arte quien nos muestra la maestría para hacer pinturas

En El arte de la falsificación, Gabriel Duarte nos habla de Wolfgang Beltracchi, un falsificador de arte quien nos muestra la maestría para hacer pinturas

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 30 de noviembre de 2025 (Neotraba)
Insensatos lectores: se me ha hecho una extraña costumbre escribir esta columna los sábados al cuarto para las ya valió madres porque ya es bien pinches tarde, así que, decidí empezar a hacerlo desde hoy que es jueves.
Llevo algún tiempo queriendo hablarles sobre un documental, que me recomendó mi querido hermano menor, denominado Beltracchi: The Art of Forgery. La verdad está bien depocamadre. Recuerdo haberlo visto algunos años atrás y me dejó hecho un verdadero pendejo.
Pero como dijo Jack el Destripador: “vamos por partes”.
Seguramente se estará preguntando usted, curiosa damita: ¿quién chingados es Beltracchi? Pues le platico, honorable caballero:
Wolfgang Beltracchi nació un 4 de febrero de 1951. Se trata de un pintor alemán que el 27 de octubre de 2011 fue condenado como culpable de uno de los mayores procesos de falsificación de arte en Europa y quizás en el mundo.
Los investigadores suponen que las ganancias del fraude oscilan entre los 20 y los 50 millones de euros.
Durante años produjo y vendió pinturas al estilo de Max Ernst, Heinrich Campendonk y Max Pechstein, entre algunos otros artistas.
Después de un juicio de 40 días se determinó que el sujeto en cuestión era más culpable que Judas y fue condenado a seis años de prisión.
Pero vamos más allá. El individuo era un verdadero máster. Trabajaba con su mujer quien era su compinche, cómplice y todo (y en la calle codo a codo eran mucho más que dos). Su nombre es Helene Beltracchi.
Su modus operandi era una verdadera obra maestra. Resulta que con ese asunto de la Segunda Guerra Mundial hubo infinidad de confiscaciones y cuadros extraviados cuyo paradero es incierto. Seguramente fueron asegurados o destruidos por los nazis.
De tal suerte que estos dos, hijitos de la chingada, tuvieron la brillante idea de falsificar esos cuadros desaparecidos.
Lo curioso es que estaban catalogados, es decir, se sabía que alguna vez existieron, pero ni siquiera se sabía cómo eran con exactitud. Sólo se tenía un vago conocimiento al respecto. En algunos registros aparecían descripciones de las obras y un espacio en blanco donde debería estar el cuadro.
A Beltracchi y a su mujer se les ocurrió crear esos cuadros en virtud de las descripciones que aparecían en los catálogos.
Se juntaron con un marchante de arte y explotó la bomba. Los cuadros de Beltracchi que eran falsificaciones terminaron subastándose en Christie’s y Sotheby’s por cantidades irracionales.
Hay que reconocer que el sujeto era un verdadero genio. Para empezar, en su casa pintar era algo rutinario como lavarse los dientes. Su padre se dedicaba a la remodelación de arte sacro y con el tiempo Beltracchi aprendió a dibujar y a utilizar los pinceles.
Wilhem Fischer, padre del falsificador, también se dedicó a imitar y vender obras de los grandes maestros de la pintura, pero no los hacía pasar como verdaderos y los vendía en ciertos bazares o lugares donde pequeños artistas vendían su trabajo.
Así que de allí nació la semilla de la falsificación.
Algo que me pareció sorprendente es lo siguiente: el modo en el que hacía que sus falsificaciones parecieran auténticas y de la época en la que fueron hechas: compraba cuadros viejos, pertenecientes a la década en la que existió el artista que deseaba imitar.
Después, a través de químicos, limpiaba los lienzos, hacía sus propias pinturas con pigmentos que se utilizaban en el período en que el artista realizó sus cuadros. Pintaba las falsificaciones y una vez que acababa los sometía a diversos procesos como mantenerlos en un horno por determinado tiempo para que la pintura aparentara ser más vieja.
Otro de los procesos consistía en meter la pintura por algunos días rodeada de humo de cigarro para que se perdiera el olor a nuevo de los óleos y también porque antes no había restricciones con respecto al cigarrillo. La gente podía fumar con libertad en galerías, bares o en aquellos lugares donde los cuadros hubiesen estado expuestos. Cierto olor a tabaco era un buen indicio de una obra auténtica.
Por otra parte, conservaba en frascos el polvo de las pinturas que compraba para hacer sus imitaciones. Me refiero al polvo que se acumula entre el marco y el lienzo. Después de terminar sus pinturas introducía de nuevo los residuos que había guardado.
Para tener credibilidad ante las casas de subasta y posibles compradores, se le ocurrió comprar una cámara antigua y caracterizar a su esposa como un personaje que había heredado ciertos cuadros. La vistió con ropa perteneciente a la época en la que los artistas imitados hicieron sus pinturas.
De tal suerte que tomó fotografías en blanco y negro de su mujer con las falsificaciones colgadas en la pared. Imprimió las fotos con revelados que se realizaban en aquellos días y con papel viejo.
Total, que, para finalizar con esta primera parte, les diré que la parejita era un verdadero costal de mañas.
Por ahora aquí le dejo. Para cuando escribo estos renglones de nuevo es sábado por la noche. Me encuentro estropeado. Una jauría de clientes desesperados por comprar trapos en el centro me dejó fulminado y lo único que quiero es acostarme en mi cama y no saber de mí hasta mañana a la 1 pm a la hora de mis sagrados chilaquiles dominicales.
Se me portan bien. No quiero quejas y no olviden que esta historia continuará…
Cualquier duda o sugerencia con esta columna que se queda a medias por causas de fuerza mayor, favor de mandarnos sus comentarios, falsificadora damita, imitador caballero.

Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.
Comments are closed.

Ya quiero leer la segunda parte