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Ciudad de México, 21 de noviembre de 2025 (Neotraba)

Hace 16 años tuve un local en Balderas, en el corredor de librerías, era un estante metálico donde exhibía quinientos libros de autores reconocidos y editoriales de prestigio, con ello atraía a clientes exigentes de distintas clases sociales y de estudios enfocados en filosofía, arte, historia y literatura. Por mi puesto pasaron personajes tan entrañables como excéntricos, pero hubo dos lectores que quiero destacar, ambos rondaban la tercera edad, Don Z y el Dr. A.

Don Z no tuvo oportunidad de recibir educación, debió trabajar desde pequeño, nació en pueblo de Zacatecas y cómo varias familias de la época se trasladó a la capital en busca de un mejor futuro, tuvo varios oficios, pero se estableció cómo cargador materialista, es decir, cargaba materiales para construcción, sus carencias no limitaron su gusto por la lectura, enfocado principalmente en la filosofía, con el tiempo demandaba poseer excelentes traducciones y versiones con estudios adicionales, sólo leía en Trotta, Gredos, Cátedra, Herder, Akal, entre otras. Leía en el camión de carga, sobre los montes de arena y grava o en la banqueta mientras la revolvedora terminaba la mezcla de la cimbra. Don Z era un gran personaje, muy platicador y muy orgulloso de sus gustos, en sus ratos libres vendía libros como actividad secundaria, le encantaba caminar por toda la ciudad con los encargos que le hacía su esposa que tenía un pequeño local de libros dentro de una universidad. Don Z me visitaba cada semana, me solicitaba títulos, platicábamos y jugábamos ajedrez, era muy competitivo y se molestaba si perdía.

Fotografía de Luis Núñez
Fotografía de Luis Núñez

El Dr. A es de las personas que más me impresionó por su cambio, al cumplir sesenta años, se liberó, así lo decía él, se operó los ojos para no usar los lentes que llevó por más de cinco décadas; se tatuó, siempre quiso hacerlo; vistió como siempre quiso, buenas marcas, pero desenfadado y olvidado de los trajes y las corbatas que creía le exigía su trabajo como profesor universitario, sabía varios idiomas, estudió su posgrado en arte en la Sorbona de París, tenía un posdoctorado, era muy humilde y de grata conversación. Acudía a mí local con su grupo en turno y lo mostraba cómo un oasis en la ciudad, halagaba la selección de los títulos y hacía que sus pupilos compraran, me encantaba su actitud. Siempre fue talentoso y privilegiado, vivía en una colonia acomodada, viajaba por todo el mundo y tenía mucho tiempo para la lectura. Leía en cualquier edición, económica o costosa, no se fijaba en ello, siempre y cuando respondiera a sus necesidades y curiosidad. Su esposa era su adoración.

Don Z y el Dr. A se encontraban cada semana en mi local de Balderas, se hicieron amigos y hablaban por horas de Heidegger, Klimt, Nicolas, Corzas o el Gambito Escocés, porque el ajedrez les fascinaba, jugaban partidas donde su lenguaje florido y sus frustraciones salían a relucir mientras compartían una caguama.

Un día el Dr. A llegó cabizbajo, Don Z malhumorado, jugaron una partida sin decir palabra, ensimismados en sus pensamientos, quedaron tablas, se dieron la mano y jamás los volví a ver, ¿qué pasó?, no lo sé. Pocos días después dejé el local y no los volví a ver.


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