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Puebla, México, 20 de agosto de 2025 (Neotraba)

Para: Mariel, Luís, Sara y Anahí

Hace poco más de un año, caminando por Donceles mirando librerías, me topé con uno de los letreros más bellos que he visto –no por la forma en sí, sino por el mensaje: “Se solicita aprendiz de librería”. No pude evitar una sonrisa, porque hace muchos años, sin saberlo, me dispuse a ocupar ese puesto, aunque no pude dejar de sentir un poco de amargura porque también es difícil el mundo de los libros.

Hace casi diez años llegué a trabajar a una papelería y librería en el centro de Puebla. Necesitaba ganar unos pesos; en su momento fue una buena opción para combinar el trabajo, los estudios y la maternidad. No tenía vocación, solo necesitaba dinero.

Con el paso de los años llegué a una de las librerías más importantes de México, esa de color amarillo. Lo mismo: se pagaba mejor que en otros trabajos. Afortunadamente ahí se encontraba el jefe del área de ficción y no ficción de la librería, uno de esos locos soñadores que afortunadamente todavía existen y piensan que pueden cambiar el mundo. Emmanuel me mostró que el universo de los libros es maravilloso. Luchando contra el sistema –incluso el de la misma librería– buscaba que su equipo no viera el trabajo como algo que se sufre, sino que se disfrute.

Con el tiempo, cuando me desempeñé como jefa de librería, me tocaba ser la responsable de convertir personas exactamente como yo había sido en algo que se pareciera a un librero; ya llevaba bien plantada la semilla gracias a Emmanuel. Muchas veces me pregunté si quienes llegaban a solicitar el empleo sabrían realmente qué es ser un librero, porque siendo honestos: ¿Alguna vez han escuchado a un niño decir que quiere ser librero cuando sea mayor? Emmanuel escribió alguna vez que éramos como fantasmas y creo que tiene razón; estábamos ocultos en el papel de vendedores.

El proceso era el habitual, simple y cruel: Manual de ventas, acomodo y exhibición, objetivos de venta casi imposibles, convertirse en un vendedor, sin más. Si sobrevives a los tres meses de prueba, genial. Si no, el que sigue.

Pero había más, tenía que haber más. De “Vender el alma”, uno de los libros que revisé cuando aún estaba aprendiendo y trata sobre el oficio, se dice: “En toda librería se venden almas: por un lado, cada libro en venta encierra el espíritu de su autor y por el otro el encargado del negocio –sea el dueño, un gerente o alguno de los vendedores– responde a un pacto al estilo de Fausto, que a cambio de sabiduría ofreció su alma a Mefistófeles”. Pero la realidad corporativa no contempla almas, solo números.

Así llegó marzo de 2020 y casi todo se detuvo.

Lo desconocido, la pandemia, esa que tanto nos estaba arrebatando, me dio algo realmente inesperado: tiempo. Para hacer algo que no se había contemplado en la capacitación: hablar de ser libreros. Y es que cuando estamos encerrados y a disposición de la empresa uno puede elegir entre endurecer el carácter y odiar todo o formar comunidad, esa que se hizo a partir de la necesidad de aprender de nuestro trabajo. Con el visto bueno del gerente iniciamos.

Primero vino una pregunta básica, pero que después de años en el trabajo no nos habían respondido –o no en las sucursales en las que me había desempeñado ni en los manuales de capacitación: ¿Quién carajos fue Mauricio Achar? Porque claro, trabajábamos en una librería que él fundó y lleva (¿llevaba?) su sello; no se nos había dicho bien que este señor no solo quería vender libros, también acercar la cultura a la gente mediante espacios que se convirtieron en refugio para lectores cuando las librerías no estaban acostumbradas a ello. Así vimos videos, leímos artículos y escuchamos anécdotas sobre este señor de cabello blanco y ánimo dicharachero.

Después vino reforzar lo técnico, ley del libro y el hábitat de la librería; cada área era la oportunidad de que los chicos dieran cátedra informal de lo que iban investigando, uno con la literatura iberoamericana, otra con filosofía, otro más con biografías. Nos estábamos apropiando del espacio y del oficio. Lo sorprendente no fue que aprendieran rápido, lo sorprendente fue verlos emocionados, volverse expertos en alguna área, pasar del “no sé” al “déjame recomendarte esto que te va a encantar”, dejar de ser el número de vendedor tal o fantasmas. Finalmente estaban llevando a cabo ese pacto fáustico, intercambiando su experiencia por almas, conscientes de qué estaban negociando.

Esto se puede leer muy bonito, pero no, el ser librero sigue jodido. Este tipo de relatos no deberían ser excepcionales, no se debería necesitar una tragedia de talla mundial para formarnos como libreros, no deberíamos estar explicando y tratando de convencer por qué el oficio de librero importa culturalmente, cuando es bien sabido que la falta de atención en este sentido ha mermado la captación de nuevos lectores y la permanencia de algunos.

El sistema de capacitación de muchas librerías –si es que lo hay– es un insulto tanto para el empleado como para el oficio. No es mediante un manual genérico ni poniendo objetivos de venta que ignoran el contexto cultural de cada persona –llámese librero o lector– que se llega a ejercer debidamente el oficio. Es más, se corre el riesgo de que quien practica este trabajo por primera vez se convenza de que a eso se reduce esta noble tarea.

Un librero no es un ser que casualmente vende libros, se vuelve parte de esta cadena de mediadores y promotores culturales, curadores de experiencias, alguien que, aunque ustedes no lo crean puede cambiar la vida de una persona con la conversación y la recomendación correcta. Personas que entienden que cada venta es un intercambio de un pedacito del alma del otro, que cada persona va dejando, así, de a poquito, trocito a trocito a cambio de ese conocimiento y sabiduría que da conocer íntimamente miles de historias, y no me refiero sólo a las que se plasman en el papel. Eso no se aprende en un manual corporativo.

Al final del día, ser librero no se trata solamente de memorizar títulos, autores, códigos de barras o si el libro tiene que ir en forma de zigzag en el acomodo, mucho menos de cumplir metas mensuales; se trata más de entender que se está en un negocio que conecta personas con historias que necesitan ser contadas y escuchadas, encerradas entre libros y almas que se buscan.


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