Serpientes y escaleras.

8 de marzo de 2017

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Denuncia anónima colocada en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Foto: Teresa Noyola.

Por Alan Robles

El día de ayer –a diferencia de los otros días- tomé el transporte de estudiantes que va de mi casa a Ciudad Universitaria. Iba en camino a cubrir una conferencia sobre la discriminación y erradicación de la violencia. Tras equivocarme de lugar, llegué a la Facultad de Ingeniería. Como no sabía en qué edificio se ubicaba el auditorio, entré a uno donde había mucha gente; leí un letrero que decía “Multiaulas” y noté que –nuevamente- me había equivocado.  Al salir, pasé junto a un grupo de 3 vatos que me veían fijamente; cuando avancé unos pasos después de donde ellos estaban, escuché que uno gritaba ay, sí, que soy putito, ¿verdad? Sus amigos se comenzaron a reír y me detuve un momento, pero decidí que lo más viable era seguir caminando (which one was my mistake this time?)

Encontré el auditorio que buscaba y recordé los días de preparatoria donde, al pasar por esa facultad para ir al Polideportivo con mis amigos a tomar clase de cultura física, varios muchachos se juntaban en los barandales de los pisos superiores para chiflarle a mi amiga que iba en blusa de tirantes para hacer ejercicio. Durante la charla, la especialista definió conceptos como el estereotipo, prejuicio discriminación, fobia e inclusión. En una parte de la exposición, la joven dijo …porque, por ejemplo, las personas que tenemos una orientación sexual distinta a la heterosexual somos discriminadas… ¿qué? Hasta les cambió la cara.

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Denuncia anónima colocada en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Foto: Teresa Noyola.

Salí de la conferencia y me dirigí a clases. Mientras caminaba entre las avenidas con nuevos nombres, jardineras, autos estacionados y escaleras que conforman CU, pensé sobre lo que había escuchado en la plática. A pesar de que para mí los términos de estereotipo, inclusión y diversidad son –relativamente- ya conocidos, me sorprendió un poco que los estudiantes presentes –tanto de la misma facultad como de otra aledaña- no supieran qué responder cuando se les preguntaba alguno de sus derechos humanos. Sentí una cachetadita al darme cuenta de que no: de que, finalmente, a pesar de ser parte de la misma universidad, ciudad y generación, no todos los jóvenes están hartos de escuchar sobre violencia de género porque nunca antes han escuchado de ella.

Desafortunadamente, no todas las personas están colmadas ni tienen súper repasadas las vías para erradicar la discriminación, ni entienden por qué un travesti no es pinche puto ni por qué el pero los hombres también son víctimas de violencia es un argumento que pretende desvirtuar un movimiento que con tan solo conocer un poco –ya no poco: un poquito- sobre la historia de las minorías tiene sentido.

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Denuncia anónima colocada en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Foto: Teresa Noyola.

En la universidad, en redes sociales y en pláticas escuchadas en la calle he oído a la gente decir que las feministas nomás son una bola de viejas locas exageradas, que ningún chile les embona, que a ver, que se carguen el garrafón solitas, que yo creo que los hombres también tiene presión social por el estado de sus cuerpos, que debería ser igualitarismo y no feminismo, que mejor se vayan a la cocina, que sean dóciles con el marido, que los tiempos de dios son perfectos, que una tiene la culpa de que el hombre se vaya por tener la casa cochina, que no seas respondona y mejor no le digas nada, que para qué salió vestida así, que ella se lo buscó, que ni que estuvieras tan buena, que ella me sedujo, que es bien pinche puta.

Me da mucho gusto, en verdad, que muchas de las personas que intentan desvirtuar las acciones encaminadas a erradicar la violencia de género no vivan este tipo de agresiones.

Que no se hayan masturbado junto a ellas en el transporte público, ni que las hayan nalgueado, piropeado, chiflado o seguido hasta sus casas. Que no tengan amigas, hermanas o tías a quienes sus profesores les tocan de forma insistente la espalda, les invitan un café, les piden su número y que vayan solas a sus cubículos para arreglar su calificación.

 

Qué logro –sin ninguna pizca de sarcasmo, en realidad- que sus padres las hayan dejado estudiar lo que quisieran -¡tan solo con dejarlas estudiar!-, que tengan las mismas condiciones laborales que sus pares masculinos y que puedan salir a la calle en vestidos arriba de la rodilla sin que les digan que son putas u ofrecidas. Qué gusto que nunca les hayan dicho maricones por no querer espiar a una chica mientras se cambia en los baños ni por ayudar a sus mamás a cocinar, bordar o hacer tareas domésticas.

A fin de cuentas, la construcción del mundo nace a través de los discursos que configuramos: un 3.1416, un pH 7.13 y un 19.2 km/h no tienen sentido sino a través de las narraciones con que los introducimos al imaginario humano. Desgraciadamente, no todos los agresores (ni todas) están colmados de los discursos relativos a valores como el respeto o la inclusión, ni hartos de lecturas de poesía, foros de debate ni listones morados por todos lados. Además de intolerante, el intento por detener un discurso feminista que ya ha alcanzado victorias para unos cuantos es egoísta.

No podemos, no deberíamos boicotear actos de visibilización de la violencia mientras no podamos caminar por cualquier facultad de ingeniería o nuestra propia ciudad sin que nos griten puto o sabrosa.

Posted on by Alan Robles Posted in Trinitrotolueno

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Peor que un encuestador del INEGI

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