Guía.

Trenes Foto de Mitzi Hernández

Trenes Foto de Mitzi Hernández

 

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

Pues miren, bien bien no sé cuándo comenzó a andar el tren por todo el país, ah pero eso sí, les puedo decir con harto orgullo que fue mi padre uno de los primeros maquinistas. Él entró por ahí de 1852, aunque para entonces ya había unas cuantas personas trabajando.

Yo todavía era un chamaco, tenía como dos años. Y yo creo que por eso no recuerdo a papá de pequeño, nomás a mamá, porque él andaba de viaje en viaje. Ya de más grande sí me acuerdo de cómo me llevaba a mí y a mis hermanos, que aún estaban muy pequeños, al mar, ah porque no les he dicho que somos de Veracruz; y nos contaba de lo que veía en los recorridos, que eran hartas cosas: casas diferentes, mucha tierra sin cultivar, unos volcanes muy grandes, uno como que con pico y el otro que parecía cerro, gente muy distinta, con más ropa, sus pieles más claritas, y hasta dice que hablaban muy raro, unos como que cantando, otros que ni se les entendía. También nos decía que en las noches veía estrellas que no había en el mar ni de chiste.

 

Después yo mismo vería con mis ojos todo lo que nos contaba, porque por ahí de 1970 empecé yo también de maquinista. A veces él y yo nos encontrábamos en la capital y nos íbamos a conocer un poco antes de regresar. ¡Cómo extraño esos tiempos!, y fíjense que hasta eso mi papá no murió de grande, a él lo mataron en Veracruz una vez que regresaba de un viaje a México.

 

Sentí muy feo, como que el trabajo ya no era igual, hasta me dolía ver el tren que manejaba a cargo de otra persona. Cada vez que veía ese tren, veía su cuerpo cuando lo hayamos muerto, todo tieso y sin color después de varios días de buscarlo.

 

Y pos ya. Me tocó a mí ver cómo llegó el general Porfirio Díaz de presidente, fíjense que a mí y a mi gente nunca nos dio confianza, y menos cuando nos contaban de su bigote y de todo lo que hizo para llegar a la presidencia. Cuando estaba en México soñaba con encontrármelo para ver qué de raro tenía el dichoso bigote, pero ya parece que un señorón como él se iba a andar paseando por esos lugares. Si acaso viajaba en un tren solo para él y sin que nadie lo supiera. Igual y no fue tan malo, si no, ¿por qué entonces duró tantos años de presidente?, a mí se me hace que por eso lo quitaron, porque ya le tenían envidia. Y sea como sea por esos tiempos llegaron nuevos maquinistas y un chorro de trenes nuevos, bien bonitos.

 

La verdá es que la cosa era re bonita, yo me quedé con la casa de mis papás porque mis hermanos se dijuntieron antes de tiempo, sin aún está en pie pues ahí tienen ustedes su casa. Cuando rayaba bien llevaba a mis chamacos al mar, y al igual que mi padre, les contaba todo lo que veía en mis viajes. Con el mismito tono y entusiasmo con el que él no los decía.

 

Aunque las historias eran diferentes, yo también vi a los volcanes pegaditos a las estrellas y sentía chistoso al escuchar cómo hablaban las gentes, pero a mí me tocó ver puro edificio re grandote. Bueno, no tanto como los que ahora ven ustedes, pero de que entonces eran unas cosotas, eran. Y fíjense que por puritito amor a ellos no les contaba que algunas veces, y más cuando estábamos cerca de una estación, veía gachupines tirados en las vías, y pos como no se podía parar la cosa eran aplastados. Estaba feo porque su sangre se salpicaba. Ay dios, mejor ni recordar eso.

 

Ese niño le acaba de preguntar a su papá que por qué ya no hay trenes que lleven a las gentes. Pos la mera verdá no sé. Yo me dijuntí antes; y en mis últimos viajes todavía se usaba pero como que ya no tanto, porque muchos maquinistas se fueron dizque a pelear, y los que viajaban llevaban escopetas y palos y se sentían requeté importantes al decirse revolucionarios, luchando por las causas de… no ya ni me acuerdo cómo se llamaba el mero mero.

 

Yo me morí en 1915, quien sabe si comí algo o agarré un mal por ahí, sabrá dios. Pero en la estación de Puebla, o sea en estas tierras que están pisando, me sentí mal yo, como que la cabeza se me caía y el cuerpo con ella. Alcanzaron a llevarme al hospital general, que por cierto tenía harta gente, yo no sé por qué le dicen museo ahora; ahí escuché al padrecito que le decía a alguien que si estaba enfermo era por mis malos pensamientos o porque engañé a mi esposa con una mujer que habré conocido lejos de mi casa, pero palabra que no fue así. También dijo que si no tenía ya fuerzas para orar estaba yo condenado. Y sí, ahí me juí a morir. Tan lejos de mis muchachos, de mis tierras…

 

Por eso mi alma entra y sale de estos trenes que ya nomás sirven de adorno y atraen a gente como ustedes, tan diferentes que son. Y pos si no me voy  ya a descansar es porque prefiero la compañía de ustedes, y de todos estos trenes que me alimentaron y me hicieron conocer tanto…

 

Papá, ¿me dijiste algo? No, hijo. Y los visitantes voltean constantemente al escuchar un sonido, un murmullo a la distancia que es apagado por el sonido.

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Neotraba

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