Falsos consejos para el examen de admisión.

Oyasumi Punpun imagen tomada de http://punpun.wikia.com/wiki/File:Aiko_c114p10.PNG

Oyasumi Punpun imagen tomada de http://punpun.wikia.com/wiki/File:Aiko_c114p10.PNG

 

Por Brandon Vázquez

 

No voy a pasar. Nace de pronto esta oración en algún sitio oscuro de tu cuerpo. Al mismo tiempo, una alfombra abismal de información se extiende frente a tus ojos y te hace sentir más y más minúsculo: Daniel Bernoulli fue el primero en deducir la relación entre densidad, presión, velocidad y altura para describir la dinámica de fluidos, gracias a la cual, se han podido diseñar válvulas artificiales que remplazan las válvulas enfermas de un corazón; el máximo común divisor de dos o más polinomios cumple en muchas circunstancias la misma función de un mínimo común múltiplo; si existe mucha confusión, se puede distinguir fácilmente entre las fuentes directas de las indirectas porque estás últimas no buscaban ser una fuente de información para la historia.

De este modo, huesos, vestigios, pinturas, poemas, etc. funcionan como fuentes indirectas; una diferencia importante entre la célula animal de la vegetal es que ésta contiene plastidios, que son simplemente orgánulos: leucoplastos, cromoplastos y –quizá los más memorables– cloroplastos, que interactúan en la fotosíntesis; la fuerza de fricción es sólo una razón entre un coeficiente (coeficiente de fricción) y la fuerza normal (la fuerza que empuja hacia arriba cuando un objeto empuja hacia abajo); la hipérbola es el lugar geométrico (¿un qué?) de tal manera que el valor absoluto de la diferencia (o sea, la resta de dos números sin considerar el signo negativo) de sus distancias a dos puntos del plano llamados focos es siempre igual a una cantidad constante (es decir, los puntos siempre equidistan [están a la misma distancia] de los focos), positiva y menor que la distancia entre los focos.

 

“Aquí debería acabar este relato, pero la vida es un poco más dura que la literatura”. Bolaño escribió esto en un cuento del libro Putas Asesinas. No voy a pasar, sigues pensando, porque la vida no es la literatura. Decir que los libros literarios son un modelo a seguir es erróneo, romántico y hasta cursi.

 

“La literatura es experiencia y no conocimiento del mundo” (Ricardo Piglia). Nadie dirá que superó su más triste e inabarcable ruptura amorosa leyendo Alexis o el tratado del inútil combate (Marguerite Yourcenar) ni que se siente más animado cuando Alexis dice que se puede ser feliz sin dejar de estar triste. O que quizá Kiko Amat le ofreció herramientas arcanas para labrar una salida sencilla lejos del duelo amoroso: “Me sobrepuse a la pérdida de Eleonor de las tres únicas maneras que había aprendido hasta entonces: masturbándome como un simio, escuchando discos de Soul y leyendo. Suena pésimo y triste pero qué le voy a hacer”.

 

¿Se puede imaginar un mundo en el que las personas aman de acuerdo a la fórmula de Hecatón? Él dice: “Te voy a enseñar un hechizo amatorio sin drogas, sin ensalmo de bruja alguna: si quieres ser amado, ama”, lo que es lo mismo que amar sin esperar nada a cambio (cliché). Podría ser, aunque de ser así, es posible que cesaran las parejas. “Te amo, sí, y no necesito nada de ti, ni siquiera tu presencia”.

Me imagino a mí mismo –en una situación ridícula– concentrando toda la maravilla de los ojos de la amada citando unos versos de José Hierro: “Abre los ojos, Marta/ que quiero escuchar el mar”.

 

La vida no es la literatura pero qué línea tan delgada es la que las divide. Oyasumi Punpun es sólo un manga que habla sobre la historia de un morrito atormentado. Nada fuera de lo normal: tiene amigos, hay una chica que le gusta, familia; Punpun crece, como todo en el universo, y Punpun aspira a la felicidad como cualquier persona sana. Es fácil resumir la vida así. Pero Punpun no sabe nunca qué es lo que se aproxima. El futuro, en el manga, se precipita sobre el personaje tal como lo haría sobre cualquier persona en el mundo “real”. Es decir, el futuro es un examen de admisión perpetuo para el que nunca termina uno de prepararse (cliché no.2). Y ese no es el problema. Lo fastidioso es que luego de ir por ahí errando una y otra vez –con el enorme dolor de trasero que esto implica–, y acertar sólo en específicas ocasiones (por justicia divina) (así como Punpun) uno piensa: carajo, si hubiera estudiado más, no estaría pasando esto.

 

Esto te hace pensar todavía más. Tratas de darte ánimos tú solito: Cintio Viter escribió en su prólogo a Iluminaciones de A. Rimbaud: Si tenemos que sufrir, si tenemos que pecar, que el sufrimiento y el pecado entreguen un método de conocimiento. ¿Qué importa entonces el tonto examen de admisión? Oh, importa. Has estudiado mucho sin darte cuenta que todo lo que realmente quieres aprender de la universidad lo encontrarías en libros. Libros estúpidos: la vida no es la literatura.

 

No voy a pasar. No puedes quitarte esta idea de la cabeza. Y tampoco dejas de repetirte que la vida no es la literatura. Esto te hace pensar definitivamente que cuando Beckett dice “No puedo seguir, seguiré” se refería precisamente a todas las palabras vacías que escribiste, a que tienes que estudiar, porque tu examen se acerca. O lo que es lo mismo “No voy a pasar, pasaré”.

Posted on by Oscar Alarcon Posted in El Club del Azúcar

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