Entrevista a Javier Valdez: He entendido por fin que mi sensibilidad personal, íntima, me ha servido para retratar la tristeza de estas historias, no he podido ser insensible.

 

Javier Valdez, foto tomada de su twitter.

 

Por Carlos Sánchez (@MamboRock_)

Esta entrevista originalmente se publicó en 2013.

 

Sus ojos se sumergen es las páginas de un libro. Bebe café mientras espera la llegada de una de sus fuentes para el reportaje que construye. En la ciudad del sol que es Hermosillo, Sonora, Javier Valdez Cárdenas investiga, recorre los días y sus avatares, los gritos de protesta en contra de los impuestos que recientemente fundó el gobierno de Guillermo Padrés Elías. Estos gritos, estas manifestaciones quedarán de manifiesto en las notas de Valdez. Valdez, quien es autor de Miss narco; Los morros del narco, y Levantones, además, parte toral del periodismo que se ejerce en Río Doce, semanario sinaloense. Resume los motivos de su vocación, su afinidad por las calles y la libreta debajo del brazo.

 

La primera pregunta me parece obligada, al soltarla Javier Valdez juega a la sonrisa, a la despreocupación.

 

Carlos Sánchez. Si escribes temas respecto del narco, ¿por qué no te han matado?

Javier Valdez. No sé por qué no me han matado, creo que habría que preguntarles a ellos, pero sí tengo algunas hipótesis: trabajo en Culiacán, una ciudad controlada por el cártel de Sinaloa, la mayoría de compañeros periodistas que han sido asesinados, trabajaban en zonas de conflicto, en disputa por dos o más cárteles, entonces uno o dos o tres de esos cárteles les daban línea de cómo y qué publicar, no es el caso de Culiacán, no es una amenaza directa del crimen organizado ni es una ciudad en disputa, porque el cártel de Sinaloa tiene el monopolio del crimen en Culiacán como prácticamente en todo el estado, pero sí es una amenaza velada, omnipresente, que no hace falta que te la planteen, uno tiene qué saber qué suelo pisa y qué es lo que va a publicar, si va a investigar el tema del narco o contar una historia del narco, ubicar qué parte de esa historia no vas a publicar, creo que ese es otro factor.

 

 

No sólo es publicar historias del narco, investigar el narco, contar historias del narco, hay que saber cómo publicarlas, yo lo resumo en dos frases: administrar la información para administrar los riesgos, si tú ubicas que ese sesenta por ciento de la información que tienes no lo puedes publicar, tienes que asumir esa responsabilidad de manera consciente, y publicar el cuarenta por ciento, y trascender el conteo de muertos, ese periodismo mediocre del ejecutómetro y contar más allá de la epidermis en lugar de guardar silencio.

 

 

Entonces (el tema del narco), sé que son arenas movedizas muy cabronas, complicadas, y quiero pensar que he sabido moverme en esas arenas movedizas, no aseguro que he estado a salvo de la mirilla de los fusiles automáticos, porque sería mentir, ha habido situaciones muy peligrosas en las que nos hemos envuelto y de las que no hablamos ni damos detalles, porque está tan descompuesta la situación que cualquiera puede aprovechar para hacernos daño, cualquiera, si yo digo que el narco me amenazó, el ejército puede tomar medidas, o la policía, o algún político, incluso un vecino, porque vivimos en una sociedad armada, lamentablemente. Creo que por ahí va la cosa, lo otro es que los narcos son de allí y nosotros somos de allí, como quiera nos conocemos, nos topamos con ellos, es una convivencia inevitable, incluso necesaria, no puedes pintar la raya respecto al narco como lo hacían los culichis en los setenta, todavía en los ochenta, convives con ellos aunque no lo quieras, son los papás de los chavos que van con tus hijos a la escuela, eso también es favorable al trabajo periodístico que realiza Río Doce.

 

CS. Si hay un bagaje y se han acumulado los años en la brega del ejercicio periodístico, con las manos en la cintura podrías elegir otra posición dentro del periodismo, como editor, director, no obstante permaneces en la calle, ¿por qué?

JV. Me gusta la calle, soy de la calle, soy citadino, me gusta contar las historias desde la calle, no me concibo en las oficinas, claro que me gusta la comodidad, me gusta tomarme un buen café, sentarme frente a la computadora, escuchar una buena rola, pero me gusta la vida nocturna, me gusta el trago en una cantina de quinta fila, me gusta andar la ciudad, creo que el periodismo tiene que regresar a gastar las suelas, porque estamos ahora cubriendo edificios, siglas, no contamos historias de personas, pero tenemos que hacer que la gente vuelva a los medios impresos, electrónicos, que se vea en ellos, en sus páginas, que vea su vida contada por estos medios, y creo que la forma de lograrlo es esta: contar la historia de un taxista, en una plazuela, una tarde frente al río, frente al mar, o bien una historia en un barrio descompuesto por la violencia, por los homicidios, por la venta de droga o por la incidencia de la cultura del narco en general, creo que hay que regresar a la calle, hay que retratar eso, para que de verdad las paredes y la gente, las bardas, las banquetas, el suelo, la calle, el chapopote, grite, reclame lo que las oficinas han callado, las oficinas frías, del confort, de las dependencias del gobierno.

 

CS. Por lo que estás leyendo, Paul Auster, A salto de mata, y cuyo subtítulo es Crónica de un fracaso precoz, parecería que todos los caminos te llevan a la crónica, ¿por qué elegir este género para contar historias?

JV. No ha sido una elección, como no lo ha sido ser periodista o escritor, creo que se han dado las cosas, la vida me ha puesto trampas, encrucijadas, celadas, y he caído en ellas gustosamente, me he quedado en este género, en este oficio porque me apasiona, porque es mi vida. Alguna vez me vi dando clases, quise ser investigador académico, estar en las luchas sociales, hubiera querido irme al sureste antes del zapatismo, porque pensé que los cambios en este país iban a venir de aquella región de la república, como sociólogo quería estar inmerso en esos conflictos, aportar algo, era soñador, sigo siéndolo, pero ahora como periodista no ha sido una elección, más bien el género, las historias, la prosa, el periodismo, la pasión, me han escogido y estoy atrapado gozosamente.

Lo que también puedo decir es que recuerdo que en la secundaria escribía una especie de diario, escribía pensamientos, poemas entre comillas, pero siempre desde que tengo la razón o sinrazón, criticaba las entrevistas sin recreación, las entrevistas de preguntas y respuestas, aburridas, siempre veía la pobreza del lenguaje de los periódicos, sobre todo cuando empecé a leer, y pensé que era una buena manera mía de contribuir al género, no creo que lo haya logrado, pero sí intento mirar con otros ojos la realidad, y contarla.

 

Me acuerdo que hice pininos haciendo crónicas de la ciudad en Culiacán, y donde la gente veía un edificio yo miraba hacia arriba y miraba una fachada fantástica, impresionante, y donde la gente veía una rutina acartonada yo veía indigentes en fila india en una especie de ritual colectivo, solidario, y donde la gente veía parejas besándose yo veía una suerte de nido para el amor y para la convivencia, para el encuentro en una ciudad, entonces quería ir más allá de eso aparentemente superficial o aparentemente cotidiano porque de tan cotidiano era más bien trascendente. Me gustó eso y lo quise hacer y las cosas me fueron llevando a lo que soy ahora, lo que he escrito.

 

 

Cuando yo le propuse a Ismael Bojórquez en Río Doce, escribir crónicas del narco, no sabía lo que estaba diciendo, y empecé contando historias hasta chuscas, del narco. Recuerdo que de las primeras hubo una que se llamó El bailador, donde el Mayo Zambada era el personaje principal, y esto es cierto, ya no lo hace, pero lo hacía, organizaba un concurso y el que aguantara más tiempo bailando ganaba un buen dinero y una buena cantidad de cerveza, él no bailaba, él era jurado. Después vino lo del dos mil ocho, todo se resquebrajó, todo se echó a perder, vinieron los operativos, la guerra, entonces mis historias se quedaban muy lejos y yo me quedaba mirando, espantado, y he intentado acercarme al horror, a este infierno que ahora tenemos en casi todo el país, entonces como digo, son coyunturas, he caído en ellas y lo he hecho placenteramente.

 

CS. ¿Cuánto tiempo haciendo periodismo?

JV. Veintidós años, que no es nada porque esto nace y muere todos los días, y cada historia es diferente, pero haciendo crónica más o menos unos quince años, quizá dieciocho.

 

CS. ¿Qué te deja uno de tus libros, Miss narco, qué te aporta, qué recuerdas de él?

JV. Miss narco es un libro que creo rescata mucho del patio trasero de la vida de las mujeres en este país. Lejos del título del libro que se antoja así, es un libro sobre narcas, sobre cabronas, mujeres en el narco, están las otras historias, por ejemplo la de esta mujer que es integrante de una familia de muchas generaciones de narcotraficantes en Sinaloa, que no quería ese destino para ella, ni para sus hijas, que luchó contra su familia y el narco para salirse de ese ambiente. Abandonó a su esposo para salvar a sus hijas de este escenario de destrucción y apocalipsis.

 

Esta señora tiene por su cuenta un negocio muy pequeño y se rescata a sí misma, eso, y lo otro de las narcas de la perdición, de la mayor participación de las mujeres y por lo mismo la mayor presencia de ellas en los panteones, son historias también incluidas, pero este otro aspecto de la mujer heroica me llamó mucho la atención.

 

 

CS. Y en Levantones, ¿cómo tener el temple para tocar un tema tan complejo?, el sólo título es una palabra que encoje el corazón.

JV. He entendido por fin que mi sensibilidad personal, íntima, me ha servido para retratar la tristeza de estas historias, no he podido ser insensible, apartarme de estas tragedias, es muy difícil contar una historia de muerte sin cadáver, esta es la frase que mejor reúne a este libro de Levantones, es una muerte sin cadáver, pero me gustaría mucho que al final me pasara con los lectores lo que me pasó con la primera lectora que leyó mi libro, me dijo: “Al final me hubiera gustado encontrarme con los familiares de las víctimas, abrazarlos y decirles que no están solos”.

 

Para mí eso es calzar los huaraches que a esta señora de Coahuila se le destrozaron de tanto buscar por esa carretera donde fue visto su hijo. Me gustaría mucho que la gente calzara esos huaraches, esa heroicidad, esa esperanza sin esperanza en un país en el que te atrapa la desolación.

 

 

 

Esta entrevista fue publicada en Spleen Journal! y en Nuestra Aparente Rendición. Agradecemos a Carlos Sánchez las facilidades otorgadas para su publicación en Neotraba.

Posted on by Oscar Alarcon Posted in Entrevistas

Add a Comment